Dedicado a todas aquellas personas que, por un desconocido olvido instantáneo
y ceguera institucional, son capaces de ver el color azul en una bandera negra.
A Diego Jesús Espiño Placeres por ver la bandera negra en lo alto del mástil y fotografiarla.
La madrugada del miércoles, día uno de julio, a eso de las siete amaneció la playa de Salinetas sin su bandera azul.

Una bandera azul izada la mañana del día anterior, treinta de junio, por las inocentes manos de un grupo de niñas y niños del campamento Costa Verano que se desarrolla en el litoral teldense.
Me sorprendió su desaparición, una vez que el día anterior había sido izada bajo la mirada de varios agentes de la Policía Local, técnicos de playas, y políticos responsables.
¿Les habría dado vergüenza a los responsables del símbolo y sobre la marcha ordenaron su retirada? -pensé, no sin una justificación coherente pues la playa de Salinetas había sufrido durante varios meses la contaminación de sus aguas y arena con el consiguiente cierre al baño y, a pesar de ello, por otras razones muy importantes pero de menor peso como la limpieza, la existencia de duchas y lavapiés, la presencia de socorristas y baños, había sido premiada con una bandera azul. Al parecer la crisis ecológica que había sacudido la playa en octubre del pasado año con la muerte de centenares de miles de lubinas no había existido y el cierre posterior de diecisiete playas de Gran Canaria, tampoco. Parecía como si aquel episodio hubiera sido fruto de la calenturienta imaginación de unos cuántos usuarios y vecinos insatisfechos. Pero la realidad era otra. El primer parámetro a tener en cuenta es precisamente la calidad del agua. Leo textualmente en los criterios exigidos para que una playa sea merecedora de la Bandera Azul: Calidad del agua: El agua de baño debe ser calificada como "excelente" mediante análisis periódicos, sin vertidos contaminantes ni residuos peligrosos. Pues bien la playa de Salinetas no cumplió este requisito durante más de medio año pero, por lo visto, los análisis dejaron de ser periódicos y los contamientes y residuos peligrosos nunca existieron.
Pero volvamos al sorprendente hecho de la desaparición de la bandera. Ante la ausencia manifiesta de la bandera azul, decidí preguntar a los vecinos si sabían algo de la mencionada enseña y fueron tan curiosas sus respuestas que me vi obligado a recogerlas y plasmarlas en este artículo tanto por su originalidad como por el hecho de ser merecedoras de enviárselas al famoso periodista Iker Jiménez por si encontrara de interés presentar el fenómeno en su programa Cuarto Milenio.
El primero entrevistado fue el señor Insomnio, un hombre de avanzada edad nacido y criado en esta playa y que sabe de ella lo que no está escrito. Me manifiesta que esa noche vió con claridad todo lo que había sucedido. Conocido en la playa por su extrema dificultad para coger el sueño, a eso de las dos de la madrugada acostumbra a pasear por la avenida de la playa. El paseo es siempre el mismo: del desfibrilador y la salida del barranco de Sacateclas al mirador de Dolores Álvarez Jiménez y así, una y otra vez, hasta que siente la necesidad de irse para la cama porque le entra el sueño.
Según sus declaraciones, en una de esas vueltas sin fin, escuchó una calenturienta discusión. Con el ruido de fondo de unas telas en movimiento, observó como una bandera negra se aproximaba a la base del mástil e interpelaba a la bandera azul con estas palabras.
- No lo puedo creer. Al final es cierto lo que me han contado. ¿No te da vergüenza estar ahí?
- ¿Aquí? -respondió la bandera azul, bajando la vista y mirándola con desdén.
- ¡Aquí, aquí! ¡Pues claro! ¿Dónde va a ser? Justo ahí, en lo alto del mástil -gritó la bandera negra.
- ¿Y por qué he de sentir vergüenza?
- Pues está bien claro, porque desde donde tu estás se ven las jaulas marinas y si miras mar adentro observarás el rastro grasiento de la contaminación que provocan miles de lubinas hacinadas en los jaulones.
- Aquí en la playa no observo contaminación alguna -repuso la bandera Azul, sin levantar la vista y observando únicamente la arena que se extendía bajo su mástil.
- Claro, como que los alisios soplan durante el verano como nunca y da la sensación real de que la playa se encuentra en buen estado, pero el entorno marino no. Las heces de las toneladas de peces hacinados en las jaulas y los piensos no consumidos bien que dejan un rastro de grasa hacia el sur que se extiende decenas de metros.
- ¿Heces? ¿Qué son las heces? -acertó a preguntar la bandera azul.
- ¿En verdad no lo sabes? ¡Cómo se nota que las banderas azules no os enteráis de nada! Se trata de los excrementos, las deposiciones, la mierda que eliminan tantas toneladas de peces y que terminan bajo las jaulas y sus alrededores, dejando sin vida todo el entorno, una especie de desierto marino.

La bandera azul observó entonces el horizonte y vio la mancha grasienta que se extendía más allá de las jaulas marinas. ¡Qué asco! Guardó silencio. A ella la habían colocado allí esa misma mañana y había escuchado elogios sobre la bondad de las playas teldenses, de sus arenas y aguas limpias, de su mantenimiento y cuidado. Por eso preguntó a la bandera negra:
- ¿Y que pintas tú en todo esto?
- Pues pinto tanto que estoy aquí para ocupar tu lugar. Soy la única bandera negra que le han otorgado a esta playa en el litoral de la isla de Gran Canaria, precisamente por los reiterados episodios de contaminación vinculados a las jaulas de la acuicultura industrial.
- ¿Y por qué?
- Parece que eres tonta. Razones no faltan, pero con decirte que esta playa estuvo varios meses cerrada pues sus aguas, riscos y arena se encontraban contaminadas y que decenas de bañistas sufrieron de algún tipo de infección antes de que la cerraran, debería ser suficiente.
La bandera azul no se lo podía creer. Guardó silencio. Luego manifestó:
- Lo siento de veras. No sabía nada. Coge la driza y ayúdame a bajar.
No sé que pasó luego -continuó el señor Insomnio-, me entró sueño y regresé a casa. Hasta el día siguiente nada supe, fue luego, a eso de las diez de la mañana, cuando volví al Paseo y la bandera azul no estaba en lo alto del mástil.
Me despedío del señor Insomnio y me acerqué a una mujer que llevaba un tiempo disimulando junto a unas plantas como que las observaba, aunque en realidad estaba pendiente de nuestra conversación.
- ¿Que hay señora? -saludé-. Me parece que usted sabe algo más de la bandera.
- Así es mi niño. Ese señor que se pasa las noches sin pegar ojo no sabe de la misa la mitad -apostilló satisfecha, sonriendo.
- Y eso?
- Pues que lo mejor vino luego. Cierto es lo que le ha contado, pero cuando se fue, a eso de las cuatro de la madrugada, escuché gritos y vi como se enzarzaban las dos banderas. Al parecer la bandera azul se arrepintió de bajar y pugnaban ambas por quedarse en el mástil, la azul deseaba mantenerse y la negra peleaba por arrebatarle el sitio y subir a lo más alto, pues consideraba una indignidad que la azul siguiera allí arriba. El caso es que trasteando, trasteando, las dos cayeron sobre la arena y allí continuaron la agarrada.
No daba crédito alguno a aquello que estaba escuchando pero no podía negar que era de los más curioso y divertido.
- Siga señora, siga -le animé, con una leve sonrisa.
- Unas veces la arena se cubría de negro, pues era éste el color de la bandera que ganaba la luchada, pero luego era la azul quien le daba un revolcón, no me pregunte si usando una pardelera, un cango, una burra o una tronchada.
Al parecer la señora conocía diferentes mañas de la lucha canaria y mi interés por escucharla fue mayor.
- Continúe.
- Asi estuvieron hasta las cinco más o menos, hora en que subió la marea y una ola atrevida les dio un revolcón a las dos, llevándoselas mar adentro.
Más allá de esta aventura, lo cierto es que al levantarme al día siguiente la bandera azul volvía a ondear sobre la playa. Supe entonces que el servicio de Socorrismo se encargaba de izarla y arriarla cada jornada.
Pero aquel encuentro irreal con personajes inventados me sirvió de reflexión. Era innegable que junto a la bandera Azul que luce la playa también luce aunque no se vea, la bandera Negra que le han otorgado la Confederación Nacional de Ecologistas en Acción, bandera que se encuentra en los corazones de cada residente y usuario pues saben que pasados estos meses veraniegos, si las jaulas siguen ahí, indignamente a menos de trescientos metros y en una zona considerada prohibida para la acuicultura por el Gobierno de Canarias, la contaminanción volverá a esta playa y la suciedad y los restos grasientos de los alimentos no consumidos por los peces mancharán sus arenas dejándola impracticable para el baño.
Sólo será necesario que sople el viento sur y, al igual que en el anterior episodio de dos mil veinticinco y en las dos décadas anteriores, nadie será responsable.
José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y la vida. Escritor y educador ambiental.