El deterioro de lo público
Timiraos, Ricardo - lunes, 06 de julio de 2026
Cuando oigo a los nostálgicos o a los simplistas decir que la culpa del deterioro de los servicios públicos es de la democracia, me parece que se confunden de enemigo. Pero si lo dudan, es conveniente recordarles que la democracia ha traído la libertad y con ella la posibilidad de opinar y de hasta decir tonterías sin consecuencia alguna. Lo difícil, en cambio, es saber usar esa libertad para poder buscar las causas de los problemas con ecuanimidad y mesura, cosa que uno desearía, aunque no lo pueda garantizar.
Las escuelas de hace sesenta años, según mi opinión, además de ser casi todas púbicas, funcionaban bien o al menos aceptablemente. La enseñanza privada, elitista ella, siendo cara, al desarrollar con un programa similar al de la pública, no garantizaba grandes diferencias. Mucha de ella se impartía en internados dirigidos por curas y monjas. A mayores, viviendo en la atmósfera del nacional -catolicismo, abundaban los seminarios con un gran papel en formación humanística y en uno de ellos tuve la fortuna de estudiar. En los pueblos para la preparación del bachiller existían academias y en las capitales de provincias o ciudades grandes los institutos. La universidad era un artículo de lujo a donde sólo accedían los vástagos de las clases más pudientes. Ir a la universidad era un signo de distinción, no sólo por el estatus económico que representaba, sino también por la casi garantía de un buen puesto de trabajo al acabar los estudios. Las universidades librándose paulatinamente del control ideológico, eran casi todas públicas y gozaban también de aceptable reputación, aunque no por ello exentas de fuerte endogamia. Nada que ver con muchas de las que proliferaron después, orientadas la mayoría, más al negocio que a la verdadera formación. Las becas, ya por expediente o ayuda personal, eran la única posibilidad de que la gente humilde pudiera acceder a ella y así aprovechar los grandes talentos de la gente trabajadora.
Por su parte, la sanidad pública comenzaba a levantar vuelo y, si bien en los pueblos sólo había ambulatorios, en cambio en las ciudades comenzaban a construirse los primeros hospitales públicos que reforzaban los ímprobos esfuerzos de los de la beneficencia, que hasta entonces eran los únicos existentes, y donde trabajaban generosos médicos, especialistas y cirujanos en connivencia con las órdenes religiosas. Personas que primaban el servicio público al lucro personal. ¡Cómo cambiaron los tiempos! Aquí conviene recordarles, a ingratos y desmemoriados, la gran labor asistencial de hospitales, asilos y asociaciones caritativas donde desarrollaban su labor monjas, curas y personal humanitario con encomiable ejemplaridad. Teniendo en cuenta que gran parte de la población estaba todavía sin asegurar y no existían prácticamente las pensiones, el acceso a la medicina era un gran logro. ¡ Bien que se agradecía la visita gratuita de un médico, el regalo de un medicamento o el ingreso en un asilo!. Por su parte, existían los pequeños sanatorios privados, para privilegiados, pequeños, familiares, pródigos en atenciones, pero con muchas limitaciones y carentes del instrumental que pudiera requerir una causa compleja.
El gran cambio llegó en 1967 con la implantación de la Seguridad Social que obligaba al empresariado a asegurar a sus empleados y de este modo podían ser asistidos, además de cotizar para la pensión. Es conveniente recordar que hasta entonces sólo existían mutualidades y organizaciones similares, que poco solucionaban.
A vuela pluma ahí va mi somera descripción del punto de partida.
Con ese panorama partiremos y recordaremos que la probación de España era de cerca de 33 millones de habitantes y que en la década del 60 al 70 del pasado siglo, apremiados por la necesidad, emigraron más de millón y medio de españoles. Los cambios que se avecinaban con la implantación de la sanidad pública y educación obligatoria pública masificó hospitales y colegios de tal modo que hubo que recurrir a la creación de ambulatorios, trasferencias a las comunidades, así como a conciertos educativos (40 alumnos por aula) para ir atendiendo las demandas.
¿Qué ha pasado pues en estos últimos sesenta años para que estos servicios entonces tan masificados, pero que iban mejorando la situación, hayan llegado al actual estado de deterioro? Pues, a mi entender, una enorme falta de inversión en el sector, ya sea falta de mantenimiento, ya por no cubrir la demanda, ya por imponerse, políticamente hablando, la idea de abrirle campo a la iniciativa privada con conciertos y otros subterfugios. Y responsables de ello fueron los partidos políticos de uno y otro signo.
Eso conlleva cada día más gasto de dinero público, que no siempre se invierte suficientemente en los hospitales y colegios públicos, condenándolos al abandono y a los guetos. Mientras se alimentan generosamente los intereses de la empresa privada. Ese es meollo de la cuestión.
En estos sesenta años a mí me parece que hemos evolucionado muy poco. Viniendo como veníamos de una sociedad pobre, hemos abrazado el Capitalismo sin cortapisa alguna y por el camino hemos perdido otros principios inherentes al ser humano como la justicia social, los derechos humanos, la solidaridad...Vivíamos con unos valores que parecen haberse diluido con la avaricia del dinero y caminamos con una conciencia excesivamente laxa hasta permitir que el erario público o la propia Seguridad Social sean saqueadas por los golfos. ¿Somos todos tontos?.Si hasta el papa Francisco avisó diciendo que el Capitalismo mata. Y si lo dudan, vean las calles de San Francisco, Filadelfia, donde no hay sanidad pública ...dejando a sus ciudadanos en la penuria y víctimas del fentanilo. El comportamiento del Capìtalismo y los Estados Unidos es paradigmático. Y la Historia está ahí para aprenderla.
En cuanto a nuestra educación y sanidad debemos reconocer que todo obedece a disputas ideológicas. Mientras la derecha aboga por el desmantelamiento del sector público por considerarlo un pozo sin fondo y sin control, la izquierda afirma defenderlo por considerarlo el sostén de las oportunidades de las clase más desfavorecidas. Mientras la derecha exige austeridad y apoya a la iniciativa privada para asumir esas actividades,la izquierda aboga por el uso de los recursos públicos para practicar una política igualitaria que incluya a los más desfavorecidos. Y aquí se encuentra el meollo de la cuestión. Mientras los primeros achacan a sus oponentes gasto desmedido y la baja calidad de los servicios, las izquierdas acusan a sus adversarios de abandonar a los necesitados para dar los negocios a sus amigos. Lo que resulta evidente es que el erario público debe ser mantenido con impuestos equilibrados y, por supuesto, ser sagrado. Es necesario y urgente que tantos patriotas defraudadores sean tratados absolutamente igual al resto de contribuyentes.
En este contexto conviene también ser conscientes de los valores que decimos poseer y usarlos en la medida que se nos requiera. Y aquí me van a permitir que diga algunas cosas que no están de moda, pero que se asientan en esos principios:
Hemos de combatir para que Hacienda, la Seguridad Social, los Derechos Humanos, y la Justicia Social sirvan para solucionar esos problemas. No podemos dejarnos arrastrar por ese Capitalismo que arrasa y deja en la cuneta a millones de personas, no podemos dejar ni nuestro erario público, ni nuestros hospitales y escuelas abandonados porque ni unos ni otros son lugares de negocio. No podemos olvidar a nuestros ancianos en las residencias de fondos de inversión, no es justo ni humano abandonar a nuestros necesitados.
Y ese es el panorama actual. Eso me lleva a pensar que quizás estamos sufriendo la resaca de una educación orientada a la consecución de dinero, de buscar prestigio social basado en él, de relajar los valores en aras de un estatus, de abandonar a los demás para aumentar nuestro egoísmo...Y por el camino hemos ido cediendo y perdiendo los verdaderos valores humanos. No recuerdo tiempos de mayor paz y libertad, siendo todavía condicional, ni tampoco de tanta soberbia y escasa gratitud, ni tampoco de tanto egoísmo y tanta irreflexión. Y creo que este camino no es el adecuado.

Timiraos, Ricardo