De la diversidad de escuchas a la necesidad del silencio
Alén, Pilar - lunes, 06 de julio de 2026
Sucedió inesperadamente y ha dejado destruido a un pueblo lejano y, a la vez, vecino. Es urgente ayudarlo. Venezuela llora y todos estamos con ella, como no podía ser menos.
Antes de eso, entre bellos amaneceres y tórridas tardes de un junio para la historia, por motivos varios asistí a diversos conciertos de música clásica. Les cuento mis impresiones, con algunas deducciones.
Lo más significativo: constato que hay un público entregado y otro que nos saca los colores. Mientras los intérpretes se someten a pruebas continuas, a los oyentes podemos dividirlos entre los que escuchan con esmero, los que oyen, pero no escuchan y los que parece que escuchan como excusa. En resumen: hay una escucha activa, una escucha pasiva y una escucha... perifrástica. Para centrarles, unos ejemplos bastan. Suena la Novena Sinfonía de Shostacóvich a bombo y platillo sobre el escenario: unos la siguen marcando el paso, otros desconectan al instante y los hay que, al margen de lo que pasa, hacen planes mentalmente o emprenden el primer sueño sentados. Al día siguiente, es el turno de una pasión bachiana: unos -los aplicados- siguen el texto casi canturreándola, otros -los que cumplen cual meros invitados- miran el contexto y, los más, pierden el hilo nada más retumban los primeros compases; ni escanear el QR, ni oportuna búsqueda en el móvil de la letra; más cómodo: no complicarse la vida y dejar pasar dos horas y media pensando en las musarañas. No lo digo a modo de crítica sino como espectadora rasa, eso sí, contrariada, aunque hechos como estos no son, tristemente, casos aislados.
Empiezan las vacaciones para algunos afortunados y, en cierto modo, se pueden extrapolar a ellas algunas de esas apreciaciones: los que las viven en primera persona, los que casi lloran por las esquinas o se sumergen en oscuros pensamientos, y los que ni se inmutan porque no se sienten directamente interpelados (léase, los pasotas y, como no, parados y/o gente sin trabajo). Y es lógico: ¡hay de todo en todas partes!
Playa, montaña, piscina rural o urbana, conocer otras culturas o profundizar en las conocidas. Planes variados con tal de romper rutinas. Lo precisamos. Pocos procuran el silencio aun siendo lo que, creo, más descansa. Parón de las clases de mindfullness y yoga. Sería bueno optar por un retiro en un convento o monasterio. ¿Se puede? Depende, pero compensa intentarlo. Sepan que deben aceptar huéspedes por un tiempo y hay que concienciarse de que no son hoteles al uso ya que en su mayoría poseen sus propias normas y reglas con el fin de garantizar su esencia. El que más conozco: el de S. Martín Pinario en Santiago, con su hospedería en la Azabachería. ¿Lo que más disuade a la hora de escogerlo? Precisamente el estar en pleno centro histórico, con un continuo ir y venir de turistas y peregrinos. Eso lo relega a posponerlo para fechas no veraniegas. Para otoño es perfecto.
Me he ido lejos de mi primer asunto, pero pienso que es buena manera de cerrar el círculo. Y es que me inclino a reivindicar el valor de escapar, como sea, de este mundanal ruido con tanto trasiego, sugiriéndoles que procuren actividades que no sean absorbentes y que contribuyan a desvincularles de lo de siempre. Y parte de lo de siempre es dejar de ver en la pantalla a más de un canalla y a algún excéntrico personaje que no da la talla. Pienso en el inquilino de la Casa Blanca del que espero que, tras conmemorar el 250 aniversario del Día de la Declaración de Independencia de su país, deje esos aposentos y nos deje vivir sin continuos sobresaltos, no sin lógicamente, seguir apoyando a Venezuela y a su gente. Se lo debe y, además, gratuitamente.

Alén, Pilar