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La conversión de las aguas de lluvia en aguas fecales

Espiño Meilán, José Manuel - domingo, 28 de junio de 2026
Un "milagro" municipal

Dedicado con asombro a los responsables de la Red de Saneamiento de los barrancos en Telde,
relativo al control de las aguas residuales por su "milagrosa" capacidad para convertir las aguas
limpias infiltradas en el subsuelo, procedentes de las lluvias de los últimos meses, en aguas fecales
que discurren ahora por los barrancos de Telde, provocando no sólo malos olores sino contaminación
del acuífero y riesgo de infecciones a la población.

A la red de saneamiento en los barrancos teldenses le pasa algo. No puede ser otra la razón del porqué cuando no es aquí es allá, y nos levantamos con el aviso de algún vecino o algún senderista notificándonos que por este barranco o por el otro, discurren aguas fecales sin control alguno.
La conversión de las aguas de lluvia en aguas fecales Me es difícil entender que desde la corporación municipal tal hecho lo consideren normal y por ello es más pausible pensar que, cuando sale a los medios, intentan justificarlo con razones como éstas: "es cierto lo de las aguas residuales pero es que las lluvias han hecho muchos destrozos", cuando no utilizan esta otra: "es normal que sucedan estos vertidos de cuando en cuando, se saltan las alcantarillas y los arreglos correspondientes van despacio".
Razones de este tipo no nos sirven ni ninguna otra similar por una sencilla razón, la red sanitaria de un municipio debe mantenerse vigilada siempre y disponer de planes específicos para sitiuaciones extraordinarias, sin esperar a que sucedan episodios como grandes avenidas de agua o esperar sentados a que algún vecino, un pastor o un senderista alerte del vertido y llame, pues la verdad es que uno patea barrancos a menudo y nunca ve operario alguno vigilando o revisando un cauce.
Es éste un mal endémico que no sólo es aplicable a esta entidad municipal sino al Cabildo Insular y al inexistente servicio de control de barrancos pues, tras las lluvias pasadas, tras las danas sufridas y tras lo que ustedes quieran que haya sucedido en los últimos años con las aguas del cielo, operarios y vigilantes, ya no digamos técnicos de categorías superiores o algún consejero, jamás han pisado el cauce de un barranco.
¿Y por qué asevero esto con tanta rotundidad?
Pues por tantos ejemplos que se observan y que excuso hacer una relación amplia de ellos. Dos nos servirán para justificar tan rotunda afirmación:
El barranco de Sacateclas, de las Manolitas o de Salinetas, todos los nombres sirven, sigue igual que cuando se inundaron los garajes de las viviendas que hay en su desembocadura hace más de un año. Es tan inútil la actuación cabildicia que el barranco se encontrará en las mismas condiciones cuando llegue la próxima dana, a saber, cegados los túneles o tubos de desagüe del barranco a la altura de Las Huesas, desaparecido su cauce a la altura del núcleo de enlace de la GC-1 con el vial costero, destrozadas las barandas de protección del túnel que comunica con la playa de Salinetas y sin la abertura suficiente para tragar tanta agua...
Al barranco del Negro, ese barranco cercano al anterior y que desemboca en la playa de Melenara, le sucede lo mismo, es decir, abandono total: montañas de restos orgánicos acumulados en los bordes del cauce, túnel de desagüe sin limpiar, vegetación sin poda ni control alguno y, durante semanas -observen la foto que inicia este artículo-, aguas fecales discurriendo por su cauce.
Pero volviendo a las aguas residuales, no es normal que su presencia sea habitual en el barranco de Silva, en el barranco del Negro, en los barrancos que confluyen en el barranco Real de Telde o en la mismísima desembocadura de este barranco a la altura del bosque de tarajales, o en el barranco de Jinámar a su salida por un barranquillo adyacente procedente del centro comercial El Mirador.
La conversión de las aguas de lluvia en aguas fecales ¿Cuántos más habrá que no vemos?
Lo cierto es que los vecinos que llevan sus mascotas al cauce del barranco Real, se preguntan como puede estar rota esta red de saneamiento y mantenerse así una semana tras otra. Comentan, indignados, que si aparece algún operario le hacen un apaño a la tubería y pasadas unas semanas vuelve a tener filtraciones. Algunas de las fotos que acompañan este artículo me las enviaron vecinos del Valle de los Nueve Alto y del Valle de los Nueve Bajo. Son tan actuales que las han realizado esta semana. Al parecer llevan así entre dos y tres meses, corriendo las aguas fecales barranco abajo.
Y yo me pregunto: ¿Pero hay alguien con dos dedos de frente que sepa lo que significa llevar la concejalía que debe encargarse de este saneamiento? ¿Acaso no se utilizan los materiales apropiados para arreglar una avería para mucho tiempo o se trata simplemente de ir escapando con un apaño? ¿Se analiza con profundidad un problema cuando se produce de cara a darle una respuesta válida a largo plazo o acaso se trata de ir tirando un par de años y luego ya veremos qué sucede en las urnas?
Lo cierto es que los que pateamos los barrancos pensábamos que éste era un problema del pasado, de hace varias décadas en que las aguas fecales discurrían libremente por el fondo de algunos cauces, el barranco de Las Bachilleras era uno de ellos y el otro el barranco de Jinámar.
Y me viene a la memoria como el colegio público Esteban Navarro Sánchez, donde he impartido clases un par de décadas, tenía que mantener cerradas las ventanas de sus aulas para minimizar los malos olores y evitar la entrada de mosquitos.
Y recuerdo, en mis visitas a centros educativos de Jinámar, en aquel entonces llevando programas de educación ambiental, como sus alumnos habían bautizado una balsa enorme de aguas fecales en la mismísima desembocadura del barranco de Jinámar. ¿Cuál era el nombre impuesto? Muy fácil. Para ellos se trataba del lago Pipicaca y cómo la llegada de aguas fecales era continua, un pequeño riachuelo se abría desde esta balsa para verter las aguas al océano. Lo cierto es que en aquellos años ochenta, con poner una bandera roja sobre un palo en medio de la playa prohibiendo el baño, era justificación suficiente para los gobernantes ante la población.
Pero ahora, a mediados del año dos mil veintiseis, pasado ya el primer cuarto del siglo XXI, muchos pensábamos que esto había pasado a la historia. Que existiría en verdad una red de saneamiento controlada, una canalización sólida y segura, un control tal sobre las aguas residuales que el cien por cien de su volumen llegaría sin problema alguno a las depuradoras existentes y, una vez en ellas, recibiría el tratamiento adecuado.
Y resulta que no. Resulta que asistimos a denuncias relativas a este problema, un día sí y otro también y, desconfiados los vecinos ante las denuncias presentadas en los Registros de la Corporación municipal y cabildicia, los vecinos manifiestan sus quejas de las aguas fecales que discurren por los barrancos en otros medios: diarios en papel, medios on line, asociaciones de defensa de la naturaleza, colectivos ecologistas y ambientales...
Debería ser el momento de una revisión profunda, sistemática y exhaustiva de toda la red de saneamiento del municipio y de la elaboración de un proyecto específico y riguros que detecte las debilidades del sistema y explicite el tratamiento necesario para que los vertidos que ahora son habituales, dejan de producirse.
Ayer, sin ir más lejos, trataba esto con vecinos de la zona de San Juan y Punto Fielato próximos al barranco Real, uno se encontraba junto al puente de los Siete Ojos y el otro sentado junto a los lavaderos, a la altura de San José de Las Longueras. Estas fueron sus palabras:
- Pero ¿tan difícil es restaurar el tramo roto y protegerlo luego de pequeños desprendimientos?
- Imposible caballero, eso es como pedirle peras al olmo. ¿Pero usted ha hablado alguna vez con alguno de esos batatas?
A quién se refería con el término batata, lo dejo a su imaginación.
El segundo vecino, acostumbrado a llevar sus perros al barranco, me confesó:
- Caballero, si muchos de ellos -refiriéndose a los munícipes responsables- no han pisado en su vida el cauce de un barranco si no es a Guayadeque para ir de tenderete.
Y, tras un silencio que me sirvió para constatar como las acacias espinosas invaden y ocupan el cauce del barranco Real de Telde en detrimento de las aromáticas retamas blancas, continuó:
- Caballero, ya lo dice el refrán: "De donde no hay no se puede sacar".

José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y la vida. Escritor y educador ambiental. Miembro de la Plataforma Litoral Limpio, activista y presidente honorífico del Colectivo Ecologista Turcón.
Espiño Meilán, José Manuel
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