Música por doquier
Alén, Pilar - viernes, 19 de junio de 2026
Convivo con la música y, como todo lo que resulta cercano o familiar, no reparo en el valor que tiene hasta que acontece algo que me lleve a pararme a reflexionar, como me ha sucedido últimamente. ¿Se fijaron, aunque haya sido de soslayo, en su papel en la reciente visita papal? Sirvió tanto para acompañar el lógico e inevitable jolgorio como para facilitar el elocuente y necesario silencio. Solo le faltó invadir o intervenir en el Congreso, pero ahí eran las palabras y gestos, la solemnidad y el mensaje, muy atinado, el que debía acaparar todo el protagonismo. Y lo ha conseguido como hemos visto y oído. Si ya tenía claro -como apuntaba en la última columna comentando que el papa está sobradamente capacitado para dar lecciones como hace en su «Magnificat humanitas»- siguiéndole en su periplo por España constato que no yerro. Su humanitas ha quedado en evidencia. Su liderazgo es patente.
Me pregunto de nuevo: ¿qué sería del mundo sin el fenómeno musical, tan poliédrico, mágico y, queramos o no, tan 'nuestro'? Lo llevamos dentro. Por eso, antaño, ante los alumnos que se justificaban diciéndome que la música no era lo 'suyo', o que no tenían oído, invariablemente les respondía que era vana excusa usada a modo de parapeto.
Volviendo al interrogante, sinceramente, no tengo respuesta. La música, si es lo que es y está como está ligada al ser humano, hay que darla por bien hecha. Así sea por los siglos de los siglos. Amén [Lo sé: me he contagiado del vocabulario litúrgico sin pretenderlo].
En este contexto considero muy válidas las palabras de Thomas Carlyle (1795-1881), escritor e historiador, afín al actual pontífice por ser durante un tiempo profesor de matemáticas: «¿Quién hay que pueda, en palabras lógicas, expresar el efecto que tiene la música sobre nosotros? Una especie de discurso inarticulado e insondable, que nos conduce al filo del Infinito y que por unos instantes nos permite su contemplación» ('Los héroes', 1841).
Aunque no lo haya expresado nunca, tratándose de un agustino, es factible que León XIV conozca y guste que se practique lo que el santo de Hipona (354-430) escribe sobre la inefabilidad de algunos cantos: «Aquellos que cantan durante la siega, o durante la vendimia, o durante cualquier otro duro trabajo, primero advierten el placer que suscita el texto de los cantos, pero más tarde, cuando la emoción crece, sienten que no pueden expresarla en palabras y entonces se desahogan en una sola modulación de notas. Este canto lo denominamos 'júbilo'» (Comentario al Salmo 32) ¡Cuántos han cantado con palabras estos días en Madrid, Barcelona y Canarias, tras largos ensayos! ¡Cuántos se han unido a esas melodías sin saber nada de ellas, arrastrados por el entusiasmo desbordante en tan multitudinarios encuentros! ¡Y -'sotto voce'- cuántos se habrán desconcertado al oír la 'Misa en re menor a la Virgen de la Candelaria' de Julio Navarro Grau (1910-1988) en el puerto de S.C. de Tenerife! Para mi gusto, compleja y excesivamente larga para interpretarla esa mañana bajo un sol de justicia y en una explanada.
A ver qué nos depara 'O Son Do Camiño' (18, 19 y 20 de junio) y la celebración del 50 aniversario del 'Día Europeo de la Música', el domingo. Es una jornada para que los músicos salgan a las calles, mostrando su saber y deleitando a los que quieran escucharlos sin percibir nada a cambio, salvo, como es de recibo, el lógico aplauso a su perseverancia, a la callada labor de su docencia, y al constante y cotidiano aprendizaje de este arte.
Música, música y más música. Imprescindible en ceremonias civiles y religiosas, y en improvisados escenarios que el próximo domingo esperamos ver llenos de oyentes. Estén atentos.

Alén, Pilar