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Comulgamos para amar

Agrelo, Santiago - domingo, 14 de junio de 2026
Hablamos de Dios, del pueblo de Dios, de los pobres de Dios.

El Señor, nuestro Dios, lo soñó así: "Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa".

El pueblo lo confesó así: "Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño".

Y Jesús lo encontró así: "Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor»".

Lo que el Señor soñó, y lo que el pueblo confesó, describe el comienzo de una relación cercana, entrañable, amistosa, entre Dios y su pueblo, relación que en la Sagrada Escritura asume la forma de una alianza de amor, algo parecido a un compromiso nupcial. En ese contexto de alianza, la relación de Dios con su pueblo tiene aire de paraíso terrenal; de ahí el canto de alabanza: "Aclama al Señor, tierra entera… El Señor es bueno, su misericordia es eterna, su fidelidad, por todas las edades".

Pero lo que Jesús vio, tiene el viejo y acostumbrado aire de la humanidad que se mueve lejos de la paz, lejos del bien, muy lejos del paraíso… Puede que esa humanidad haya olvidado ya la bondad del Señor, su misericordia y su fidelidad… Puede que, añorándolas, haya salido en su busca, se haya echado a los caminos, pues no olvida lo que Dios es, lo que Dios ha dicho, la alianza que Dios ha sellado con su pueblo… El hecho es que la bondad de Dios, su misericordia y su fidelidad han salido siempre al encuentro de la humanidad, y ahora, en Cristo Jesús, bondad, misericordia y fidelidad de Dios se hicieron carne, para sanar heridas, curar enfermos, limpiar leprosos, arrojar demonios, resucitar muertos…

Ésa fue la misión de Jesús, su vocación: "El Espíritu del Señor está sobre mí. Él me ha ungido y me ha enviado a llevar a los pobres la buena noticia".

Ésa es la misión de los discípulos de Jesús, la del cuerpo de Cristo Jesús, la de la Iglesia: «la mies es abundante… los trabajadores son pocos… rogad al dueño de la mies que mande trabajadores a su mies».

Como Cristo Jesús, también nosotros hemos sido ungidos para la lucha contra el mal que aflige a la humanidad: ungidos -cristos- para liberar, para sanar, para resucitar, para ser, en el mundo, una presencia viva de Cristo Jesús.

El apóstol lo dijo así: "Dios nos mostró su amor, en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros"; que es como si dijera: la bondad de Dios nos buscó; la misericordia de Dios nos curó; la fidelidad de Dios nos resucitó; el amor de Dios nos liberó; la gracia de Dios nos dio vida eterna…

Hoy, en la hora de nuestro ofrecimiento con Cristo al Padre, en la hora de nuestra comunión con Cristo Jesús, el mismo Espíritu que ungió a Jesús, hace resonar en medio de la comunidad eclesial, en lo íntimo de nuestro corazón las palabras del mandato: Limpiad leprosos, curad enfermos, resucitad muertos… Todo lo habéis recibido, recibiendo a Cristo Jesús: santidad, salud, vida… Dadlo todo… Recibimos para dar… Comulgamos para amar…

Que, encarnado en nuestro corazón, en nuestra mirada, en nuestras manos, en nuestra vida, a todos alcance el amor que es Dios: su bondad, su misericordia, su fidelidad… ¡A todos!

P.S.:

El 7 de junio de 2026, «al menos diez migrantes han muerto tras un naufragio ocurrido en aguas del Mediterráneo, cerca de Malta … La Guardia Costera italiana ha confirmado el rescate de otras 48 personas.»

Según Caminando Fronteras, desde enero hasta mayo de 2026, «1.317 migrantes han muerto intentando llegar a las costas españolas».

Comulgamos para amarlos a todos.

(Fr. Santiago Agrelo es Arzobispo emérito de Tánger)
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Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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