"¡Ay de quien escandalice a uno de estos pequeños!" (Mt 18,6)
Como sacerdote gallego, siento la obligación moral y evangélica de levantar mi voz ante las informaciones publicadas estos días sobre la presunta ocultación y encubrimiento de casos de abusos sexuales a menores por parte de altos cargos de la Iglesia. Según las investigaciones periodísticas difundidas recientemente, decenas de obispos, cardenales y responsables eclesiásticos fueron señalados por no actuar, ocultar denuncias o proteger abusadores durante décadas. Entre ellos aparecen también nombres vinculados a Galicia.
No escribo movido por el odio, sino por la fidelidad al Evangelio y por la defensa de las víctimas.

Jesús no fue ambiguo en este asunto. Cuando puso a un niño en medio de sus discípulos, pronunció una de las condenas más duras de todo el Evangelio: "Más le valdría que le colgaran al cuello una piedra de molino y lo hundieran en el fondo del mar". No era una metáfora amable. Era una advertencia solemne contra quien daña a los pequeños y contra quien permite ese daño.
Por eso afirmo con dolor y con vergüenza que no solo pecan los abusadores. También cargan con una gravísima responsabilidad moral aquellos que callaron, miraron para otro lado, desacreditaron a las víctimas o pusieron el prestigio de la institución por encima de la protección de los niños.
Un niño violado lleva una herida que puede acompañarlo toda la vida. Una familia rota por el dolor lleva una cruz que ninguna estadística puede medir. Una sociedad que descubre que quien debía proteger a los más vulnerables los abandonó, pierde confianza no solo en la Iglesia, sino también en los valores que esta dice representar.
Resulta insoportable que algunos responsables eclesiásticos hablen de prudencia, de procedimientos o de contextos históricos cuando hay personas que llevan décadas conviviendo con el trauma, el miedo y el silencio. La primera preocupación de una Iglesia fiel a Cristo debería ser la víctima, nunca la reputación del cargo, de la diócesis o de la institución.
Como sacerdote, me siento avergonzado de cada caso de abuso y de cada caso de encubrimiento. Pido perdón a las víctimas por el sufrimiento causado y también por el silencio de tantos que no estuvieron a la altura del Evangelio.
La Iglesia no puede predicar la verdad mientras oculta la verdad. No puede hablar de misericordia mientras abandona a las víctimas. No puede presentar a Jesús como defensor de los pequeños y al mismo tiempo proteger a los poderosos.
Ha llegado la hora de la transparencia total, de la colaboración plena con la justicia, de la reparación a las víctimas y de la asunción de responsabilidades por parte de todos los que encubrieron, permitieron o silenciaron estos crímenes.
Si la Iglesia quiere recuperar credibilidad, tendrá que ponerse de rodillas ante las víctimas antes que sentarse en los lugares de honor.
Porque delante de Dios no habrá mitras, ni báculos, ni títulos. Habrá solo una pregunta: ¿Qué hiciste con los pequeños que te fueron confiados?
Asinado: cura de Xestoso y de Momán