Javier Arias en los pasillos de la Xunta. Foto: El Progreso
Javier Arias dejó ayer su cargo al frente la delegación de la Xunta de Galicia en Lugo, que ejerce ya Alfonso Villares. Aunque lo tradicional en estas cosas es hablar bien del que entra por si puede hacerte algún favor, tengo que reconocer que no conozco el funcionamiento del nuevo Delegado como para poder decir algo.
Lo único que tengo claro es que malo no debe de ser cuando la oposición y los trolls se han puesto locos a insultarlo y llamarle de violador para arriba, cuando la titular del juzgado número 2 de Ferrol ha archivado la causa, lo que ha sido ratificado por la Audiencia de A Coruña con el apoyo de la Fiscalía y sin que la denunciante haya recurrido. Si para Zapatero se pide, con razón, la presunción de inocencia, para este señor, que ha pasado ya al menos por dos sedes judiciales, imagínense.
Pero hoy les quiero hablar de Javier Arias. Tengo que reconocer que me ha sorprendido su marcha de la Delegación, donde le veía cómodo a pesar del coñazo de puesto que es. Sí, se lo digo como lo pienso.
A veces damos por sentado que la gente que se dedica a la política tiene que ser una especie de superhéroe que no tiene vida privada, ni familia, amigos o aficiones. Han de estar en turnos de 24 horas y 7 días a la semana pendientes absolutamente de todo, y pocos cargos son tan esclavos como el de la Delegación territorial de la Xunta, y más en una provincia tan mal comunicada como la nuestra.
El puesto implica desayunar en Burela, comer en Monforte y cenar en Villalba, y eso dando por sentado que tienes tiempo para desayunar, comer o cenar. Todo el día metido en el coche de la ceca para la meca... Para eso hay que valer. Yo ni loco querría estar ahí, aunque tampoco hay riesgo de que nadie me lo ofrezca, claro está.
La renuncia a la vida familiar que suponen este tipo de puestos nunca es apreciada, porque todo el mundo da por sentado que "si está ahí es porque quiere". Nada que objetar a ese argumento, pero una cosa no quita la otra. La renuncia es real, efectiva y comprobable.
Javier ha sido un magnífico delegado provincial en Lugo. En mi opinión (sin desmerecer a nadie), el mejor que hemos tenido. Siempre con una sonrisa, pero dispuesto a dar la cara cuando hace falta. Amable con todo el mundo, sobre todo con los adversarios, y elegante en formas y fondos.
Creo yo que se ha ganado el respeto y el aprecio de muchísima gente durante estos seis años que ha estado al frente de la Delegación y le deseo, con toda sinceridad, el futuro brillante que se merece.
Hace falta más gente como Javier Arias.