Muy estimado Papa León XIV:
Le escribo desde la Galicia rural, desde pueblos donde cada año cierran escuelas, consultorios médicos, oficinas bancarias y servicios públicos mientras nuestros gobernantes llenan discursos hablando de progreso y humanidad.
Le escribo desde una tierra envejecida y cansada de sentirse olvidada.
Aquí hay personas mayores esperando meses por una consulta médica. Hay enfermos que mueren antes de recibir atención digna.

Hay niños que tienen que recorrer kilómetros para estudiar porque cierran escuelas rurales mientras se habla de modernidad desde los despachos.
Y mientras todo esto sucede, muchos representantes políticos que se llaman católicos acuden a misas solemnes, besan imágenes religiosas y se envuelven en símbolos cristianos mientras gobiernan contra los más débiles.
No basta con llevar una cruz al cuello para seguir a Jesús.
El Evangelio no se defiende con palabras vacías ni con fotografías en primera fila de las procesiones. El Evangelio se defiende garantizando sanidad pública, educación digna, vivienda, justicia social y respeto a la vida humana desde la cuna hasta la vejez.
Jesús jamás habría aceptado que se abandonase a los enfermos por falta de recursos mientras aumentan privilegios y gastos innecesarios. Nunca habría tolerado que se condenase al rural a morir lentamente por intereses económicos o cálculos electorales.
Galicia sangra en silencio.
Nuestros jóvenes emigran porque no encuentran futuro. Nuestros mayores viven solos. Se cierran camas hospitalarias, faltan médicos y se convierte la salud en un negocio donde quien tiene dinero vive mejor y quien no lo tiene espera o desespera.
Y duele profundamente ver cómo algunos responsables políticos utilizan el nombre de Dios mientras aprueban recortes que golpean precisamente a quienes Jesús puso siempre en el centro: los pobres, los enfermos, los humildes y los olvidados.
El mayor escándalo no es que la gente pierda la fe.
El mayor escándalo es que muchos pierdan la esperanza.
Por eso necesitamos una Iglesia libre y valiente. Una Iglesia que no tenga miedo a denunciar la injusticia venga de donde venga. Una Iglesia que no bendiga el poder mientras el pueblo sufre.
Necesitamos pastores con olor a pueblo y no administradores de privilegios.
La Iglesia no puede callar mientras se privatiza el dolor humano. No puede mirar hacia otro lado mientras miles de familias viven con miedo al futuro, mientras aumentan la pobreza, la precariedad y la soledad.
Papa León XIV: no venga solo a recibir homenajes oficiales. Venga a escuchar el silencio de las aldeas vacías, el cansancio de nuestros sanitarios, el sufrimiento de quienes esperan una operación, el miedo de quienes no llegan a fin de mes.
Venga a recordar a todos los poderosos que llamarse cristiano exige mucho más que asistir a ceremonias religiosas.
Exige defender la dignidad humana por encima del dinero, del partido y del poder.
Porque donde se abandona al débil, allí se traiciona el Evangelio.
Y porque una Iglesia que no incomoda a los poderosos cuando el pueblo sufre, corre el riesgo de dejar de parecerse a Jesús.
Con respeto, pero también con la firmeza de quien ama al pueblo y al Evangelio.
El Cura de Xestoso
Galicia, mayo de 2026