Dedicado a Gregoria, quien nos abrió la puertas del cielo en la iglesia de San Vicente Ferrer
en Valleseco y las de su corazón con su sabiduría, humildad y entrega. Muchas gracias.
Hay veces en que uno se da de bruces con un tesoro oculto en el corazón de una persona. Pienso que no es fruto de la casualidad sino de la providencia. De la providencia definida en la primera acepción del diccionario de la RAE.
Y esto es así porque no estaba allí por casualidad, hubo una disposición anticipada, una determinación prevista a encontrarme, precisamente, en aquel lugar ese día y a esa hora.

Claro que luego se dieron un cúmulo de circunstancias que llevaron al hecho acaecido, pero ninguna de esas circunstancias hubiera sido posible si no hubiera estado en aquel preciso lugar, si no hubiera decidido que ese día quería conocer Valleseco, recorrer su casco urbano, calle a calle, edificio tras edificio, con la intención premeditada de trabar conocimiento con sus valores arquitectónicos, naturales, paisajísticos, culturales y tomar el pulso, aunque fuera con la premura que procura un tiempo tan limitado, un máximo de dos horas, a la vida cotidiana de sus habitantes.
Y fue así como, sin esperarlo, entré en la iglesia de San Vicente Ferrer. Mi interés era básico. Conocer de una modo somero y simple la estructura interna del templo, observar el retablo de su altar mayor, ver las imágenes que encontraría en sus naves laterales y paredes interiores y salir luego.
Nada más buscaba porque la idea era así de simple: entrar en la iglesia, recorrer luego su plaza, observar los árboles y callejear.
Pero de pronto sucedió un imprevisto.
- ¿Que Virgen es la que preside el retablo del altar mayor? -preguntó Sergio, mi compañero de periplos urbanos.
- Ni idea -respondí.- Es la primera vez que veo una imagen como ésta, vestida totalmente de blanco.
Observamos de pronto que, tras una de las robustas columnas que permiten la división del templo en tres naves, al pie de un banco de recia madera se encontraban dos señoras arrodilladas.
- ¿Y si les preguntamos? Ellas sabrán, sugirió mi amigo.
- Perfecto -respondí al pronto, dirigiéndome a ellas.
Justo en ese preciso momento se levantó una de ellas y, luciendo una beatífica sonrisa, se despidió de su compañera que, puesta en marcha, iba en busca de la puerta principal. Dicha señora había escuchado nuestra pregunta y, sin esperar a que la verbalizáramos de nuevo, respondió:
- Es la Virgen de la Encarnación, copatrona de Valleseco.
- Es muy bella -reconoció mi amigo.
- Es cierto -aseveró ella-. Presenta un rostro que transmite paz y serenidad al tiempo que gozo y alegría. El escultor fue capaz de insuflarle vida.
- El rostro habla por sí sólo, no necesita palabra alguna -confirmé-. Cierto es que también favorece tal sensación el traje blanco que lleva por vestimenta.
La mujer escuchó con esa sonrisa que manifiestan quienes conviven con sus queridas y reverenciadas imágenes, llenos de la fe que sienten y profesan y, en ese estado tan espiritual, la señora nos hizo partícipes de un secreto que desconocíamos por una elemental razón: la costumbre de entrar en una iglesia sin información previa alguna:
- ¿Desean ver los restos de la antigua ermita? Ésta, donde ustedes se encuentran, no es la primera que se contruyó.
Aceptamos al momento. Sonrió.
- Pero antes quiero que me acepten un regalo -manifestó.
Y extendiendo su mano entregó a cada uno una bolsita de plástico. Con acertado orden y claridad expositiva, contenían idénticos elementos vegetales en su interior.
- La dádiva consiste en una rosa blanca de Valleseco, un pensamiento y dos hojas de orobal. Cada vegetal tiene su simbolismo y cada uno de los que reciben tan singular presente reconocerá el significado personal que para él posee, pues más allá de aquello que cada planta ofrece, siempre existe un significado especial para cada uno de nosotros.

Tan intenso era el aroma de la rosa de Valleseco que la bolsa era incapaz de retenerlo en su interior, perfumando mi mano y más tarde la mochila que, sobre la espalda, me acompañaba siempre.
Me recordó sobre la marcha la pureza de la Virgen del retablo Mayor. Aquella rosa simbolizaba la Virgen de la Encarnación, sin lugar a dudas.
La flor del pensamiento, con sus pétalos blancos llenos de colorido por las pinceladas moradas y carmines de su interior, me recordaban lo efímero de la belleza. Nos recordaba que la belleza del cuerpo es fugaz y temporal y que sólo la belleza del espíritu es capaz de mantenerse imperturbable.
Conocía también su simbolismo en el mundo floral. Se trataba de un pensamiento blanco y eso significaba pureza e inocencia. Regresábamos pues a la Virgen allí presente, pero también era símbolo de las buenas intenciones, de la generosidad, respeto y sinceridad de aquella persona que nos ofertaba y abría las puertas de un tesoro escondido en el interior de la iglesia. Nos conducía así, sin nosotros habérselo planteado, a otras joyas escultóricas más antiguas, a desconocidos instrumentos de liturgia, a ex-votos, trajes, ornatos varios... en fin, a la historia antigua de una ermita.
Las hojas del orobal eran símbolo de salud. Es el orobal prodigiosa planta capaz de curar infinidad de dolencias, planta conocida y utilizada ya por la población aborigen hasta el punto de reconocerla como una planta sagrada, remedio indiscutible para los yerberos de las islas, antaño y ahora.
Simbolizaban pues, las hojas de orobal, la fortaleza del cuerpo y la importancia de la salud y su conservación.
Lo cierto es que aquella singular dádiva había cautivado nuestros corazones, agradecidos ante las atenciones de aquella mujer.
Y así la visita a los vestigios de la vieja ermita, acompañada de una rigurosa e interesantísima historia cronológica de aquel templo y del pago donde nos encontrábamos, estuvo acompañada del respeto y estima hacia tan buena señora.
Abandonando nosotros el templo, salió ella. Un taxi la esperaba en la entrada de la plaza para llevarla a Teror. Cerró la iglesia y supimos entonces que, de no haber ido ella expresamente al templo, nosotros no habríamos encontrado la iglesia abierta y el disfrute contemplando su interior no se hubiera producido.
La acompañamos hasta el taxi como muestra de gratitud. Me sorprendió entonces una bella escultura que representaba una pareja mimándose, satisfecha del cariño que les proporcionaba la complicidad y cercanía de sus cuerpos, con la mirada oculta bajo un paraguas. La observé con calma, conjugaba a la vez belleza y modernidad, al tiempo que se identificaba con el paisaje envolvente, sugiriendo los ocasionales rigores otoñales e invernales de la villa Valleseco.
- Veo que le gusta la escultura. El escultor que la hizo tiene otra allí abajo, en la misma plaza, frente a un lateral de la iglesia. Es natural de Valleseco, pero desde muy pequeño se marchó y reside en Francia. Fue ahora, ya adulto, cuando vino a conocer el pueblo donde había nacido. Cuando llegó a verlo lo encontró auténtico y hermoso, lleno de energía y creatividad, por eso quiso entregar estas muestras de su arte. Son las esculturas que todos vemos y disfrutamos en la plaza.
El taxi llevaba tiempo esperando. Apenas Gregoria se acomodó en el asiento trasero y bloqueó el cinto de seguridad, salió raudo en dirección a Teror. No supimos de sus apellidos aunque sí de su entrega y dedicación a labores religiosas, tanto en este templo como en la basílica de Teror.
Sonreí. Son éstas las circunstancias que te sorprenden en cualquier lugar, permitiéndote saborear momentos únicos, a sabiendas de que esos encuentros casuales o providenciales se producen sólo algunas veces, con tanta intensidad, con tanta fuerza que, o bien te olvidas de tus actividades programadas y los disfrutas, o pasarán raudos, apenas sin percatarte, y desaparecerán para siempre.
José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y la vida. Escritor y educador ambiental.