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El olvido de los jóvenes

Timiraos, Ricardo - jueves, 28 de mayo de 2026
A Quique, un joven emigrante y camarero que se vino a Madrid.

Si una persona mayor recuerda su juventud, quizás piense en lo difícil que le resultaba encontrar un trabajo medianamente digno en su tierra y las alternativas que se le presentaban: aceptar trabajos eventuales mal pagados, con ciertas posibilidades de ser fijo dependiendo de la docilidad, o coger el camino de sus hermanos o vecinos y emigrar. Para la mayoría, no había otra. Y así mucha gente se mantuvo aceptando la realidad de su terruño o, por el contrario, cogió la maleta y emigró a otras tierras donde existían más posibilidades de encontrar trabajo, aunque tampoco se libraran de la explotación. Decimos en Galicia: "Cambiarás de capador, pero non de ladrón". En la emigración se gana más quizás, pero la vida también es más cara. Evidentemente, las circunstancias y aspiraciones de cada uno ponen las gafas de la realidad que toca vivir.

Esta somera descripción de aquella realidad viene a colación porque es muy habitual en la gente mayor, con una experiencia tan negativa como la que pudo vivir cada cual, mofarse, reírse y hasta menospreciar las razones de los jóvenes cuando se quejan de la precariedad laboral o de las dificultades que tienen para acceder a los estudios, a la vivienda o a cualquier ilusión. Es realmente una actitud poco empática. Los tiempos cambiaron, pero la precariedad y los abusos permanecen. Cambiaron cosas, pero para peor y eso no debiéramos olvidarlo y menos permitirlo. La solidaridad y la lucha social están en franco declive. El primero, porque hemos entronizado el dinero de una manera salvaje y el segundo, porque los acomodados huyen de su responsabilidad de preocuparse por el futuro, aunque sea de los propios. Esos viejos mantras de resignación que oímos y leemos todos los días hacen un daño atroz a una juventud que no lo merece.

No son tontos los chavales, ni merecen que los hayamos dejados solos con sus problemas, se les ha mentido con la educación convenciéndolos para que fuesen ricos; se les ha enseñado a no compartir para tener más; se les ha formado para competir, y, sin embargo, no se les ha dicho que para ser buena persona no hace falte ganar. Se han criado y hasta están convencidos de que tienen principios, y no siendo generalizada esta carencia, convendría recordar que el movimiento se demuestra andando. Si se dan por supuesto los principios y se guardan en la nevera, no se usan. Por eso, muchos jóvenes están desnortados, porque no encuentran referentes ejemplares. La droga hace mucho tiempo que hace estragos y la incoherencia de quien debiera encauzarlos puede desembocar en sentir vergüenza de nuestros referentes sociales y dirigentes.

Los mayores podemos recordar la generosidad de compartir, de apreciar los esfuerzos ajenos, de haber aprendido a respetar a los demás y eso conlleva muchas veces a valorar el esfuerzo de quien trabaja, de su derecho a vivir en condiciones dignas, de soñar con tener hijos- hoy proliferan los perros y es un buen indicador de lo que estamos viendo- de desarrollarse íntegramente como personas sin manipulaciones de ningún tipo.

Suerte, chavales, mi generación vivió equivocada. Y bueno sería ponernos las pilas.
Timiraos, Ricardo
Timiraos, Ricardo


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