A mil en un mayo febril
Alén, Pilar - martes, 26 de mayo de 2026
Estamos a medio camino entre el primero y el cuarenta de mayo. ¡Y vaya mayo tan raro! Curioso espacio entre dos fechas en que lo normal es pasar por la proverbial inestabilidad primaveral. Éche o que hai, verdade? Frente a esto, pese a no querer ponerme cultureta, quiero volver a una temática que realmente me satisface. Retomo así ese cariz musical que intento transmitir de vez en cuando.
18 de mayo de 1911, muere Gustav Mahler en Viena con apenas 50 años. La causa: una enfermedad cardíaca que le amargó la última etapa de su vida. No lo traería a colación si no fuera porque este domingo 24 se celebra el fin de la Pascua: será Pentecostés, o sea, el día de la venida del Espíritu Santo. Lenguas de fuego descendieron en el Cenáculo. Es un pasaje de suma importancia que no se pasa por alto, más en lugares como Francia donde es festivo incluso el lunes en un país con una sociedad que hace gala de su condición laical: ¡coherencia total!
Mahler, israelita en tierra lejana, tuvo como constante de su trayectoria la cercanía con la muerte, de la que estuvo rodeado desde la infancia al ir falleciendo, uno tras otro, diez de los catorce hermanos. No obstante, y con todo en contra, aprendió a convivir a partes iguales con la vida y con esa otra realidad, como caras de una misma moneda. Su padre, un alcohólico maltratador, no le impidió dedicarse a la música por sus dotes, de la las que era sabedor. Compositor de notorio reconocimiento, en su juventud fue aclamado como grande -y exigente- director, tanto en Viena, como en Hamburgo y Nueva York. Entre su valiosa obra es de rigor citar aquí y ahora su 'Octava Sinfonía' pues está toda ella pilotando entre una misma idea: la venida del Espíritu Santo y su amor. Dividida en dos partes, no es una sinfonía 'con' solistas, coros y orquesta, sino una sinfonía 'para' solistas, coros y orquesta por el requerimiento que supone para todos, cada cual en su faceta. A mayores, su logística estremece: precisa de tal cantidad de medios que el empresario que promovió su estreno en 1910 la bautizó como «Sinfonía de los Mil». Todo está duplicado: dos sopranos, dos contraltos, un tenor, un barítono, un bajo, coro de niños, doble coro de adultos y una orquesta sobre el escenario de grandes dimensiones reforzada por trombones y trompetas entre bastidores. Desde el principio al final, también dos textos: uno en latín y otro en alemán. Toma el himno del s. IX «Veni Creator» y un fragmento de la pieza de Goethe «Fausto». La esperanza y la imposición de la luz es entre ellos el vínculo de unión. Transmite la ilusión a la que se aferraba Mahler en una etapa en la que estaba de total bajón por el boicot y despido de su trabajo como director -debido al odio antisemita-, la pérdida de su hija mayor -rompiéndose así la frágil relación que tuvo con su esposa Alma-, y el resultado de la revisión médica en la que se confirmó la fatal afección de su corazón. Optó entonces por una vida solitaria y metódica y por el refugio en la composición.
Les trasmito unas palabras suyas para que se hagan idea de lo que esta grandiosa y optimista obra supuso para el autor: «Acabo de terminar mi 'Octava Sinfonía', que es lo más importante que he escrito hasta ahora. El contenido y la forma son tales que me sería imposible describirlos. Imaginad el universo entero sonando y resonando. No se trata ya de voces humanas, sino de soles y planetas en plena rotación» (Carta a W. Mengelberg, 1906). Así pues, tras 120 años de esta confesión, les propongo su audición, compatible con acudir al 170 aniversario del Banquete de Conxo y/o, si tienen tiempo para todo, llevar rosas a Sta. Rita y asistir también en Santiago a su nueva procesión.

Alén, Pilar
Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los
autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora