Dedicado a quienes, con mirar y actuar pausado, han permitido y permiten que en Lugo
ciudad convivan paisajes urbanos con paisajes de monte y aldea.
No es fácil en una sociedad que prioriza el urbanismo, la ocupación y transformación del suelo
y el silencio de la vida natural. Tal vez por eso es más admirable su labor.

Pero, ¿qué entendemos en verdad por túnel del tiempo? No me refiero, por supuesto, a una serie de televisión norteamericana conocida por tal nombre, ni tampoco a la construcción enigmática que, en Camaná, Arequipa, existe y sobra la que se afirma que en su interior se experimentan fenómenos extraños, la percepción de que el tiempo transcurre mucho más lento y la sensación de recuperar fracciones de tiempo perdido.
En el caso que voy a tratar no se trata de sugestión y menos de ciencia ficción, se trata de realismo puro. Si acaso, por buscar alguna analogía con los casos arriba señalados rescato una sensación común: la percepción de que el tiempo transcurre más lentamente.
Pero, si es así, ¿a qué se debe el experimentar dicha sensación en esta ciudad, una percepción extraña pero agradable, sorprendente en todo caso? Dejen que les cuente y que cada lector extraiga sus propias conclusiones.
En primer lugar no extraña a nadie que Lugo se haya convertido en los últimos años en una ciudad de referencia, analizada desde muchos y variados puntos de vista. Cierto es que los tres patrimonios de la Humanidad, fiestas como el Arde Lucus que te devuelven a un pasado bimilenario o las del patrono San Froilán ayudan a esta visión, también suma que los bosques aún lleguen hasta las puertas de la ciudad y los jabalíes y los corzos sorprendan a los lucenses en sus paseos periféricos, pero hay mucho más cuando salimos del cinturón amurallado para deambular por las inmediaciones del urbe histórico.
Se entiende entonces porque no es difícil encontrar reseñas sobre esta ciudad en periódicos nacionales e internacionales, en cadenas de televisión, emisoras de radio y, ¡cómo no!, en redes sociales y en el boca a boca.
Y cuando esto sucede no es casual, obedece a razones que a muchas personas se les escapan pero que muchas otras son capaces de identificar, ver y transmitir.
A mí me sucedió la mañana del pasado uno de mayo, tal como se lo relato.
Me disponía a dar un paseo por la ciudad, sólo que deseaba que fuera diferente a otros realizados, apeteciéndome llegar hasta el río Miño. Y así, sin nada preconcebido de antemano, sin una ruta programada, me dejé llevar.
Pocos minutos tardé en encontrarme bajo el arco de la puerta Miñá, antigua puerta romana que permite abandonar la ciudad siguiendo el trayecto del Camino Primitivo, aquel que desde la catedral de Oviedo realizó Alfonso II, en el siglo IX -año 829-, camino del sepulcro del Apóstol, tras recibir noticias del hallazgo de los restos de Santiago el Mayor.
Y, sin saberlo, ahí mismo iba a comenzar mi aventura. Una aventura desarrollada sobre un trayecto mínimo pues apenas alcanza un kilómetro la distancia existente entre el Punto Kilométrico 98,850 km., que observamos en forma de mojón jacobeo, en la plaza que se encuentra frente a la sala de exposiciones Porta Miñá, justo al cruzar la avenida de la Ronda de la Muralla y dejar a nuestra espalda el bastión defensivo romano, y el PK 97,822 km. situado junto al río, al comienzo del puente romano. Un periplo de ida y vuelta que, sin apurarse mucho, apenas necesita media hora para realizarse.
Y, sin embargo, sentí en este trayecto la placentera sensación de túnel del tiempo. Las

instantáneas que acompañan este relato atestiguan la veraz existencia de los espacios transitados y dan fe de las sensaciones percibidas.
Fue entonces, al regreso, cuando comprendí todas y cada una de las miradas puestas en la ciudad amurallada, todos los piropos, alabanzas, reconocimientos a una ciudad que más allá de su muralla luce con orgullo el hecho de ser una ciudad arropada por un cinturán verde de bosques y huertos, imágenes y circunstancias que nos transportan a tiempos de la Edad Media y, aún más allá, a tiempos del imperio romano.
Fue así como el trayecto de apenas dos kilómetros de ida y vuelta se convirtió en un viaje pausado donde el tiempo perdió su importancia y el periplo se alargó dos o tres horas, acaso más.
Y es que, desengañémonos, cuando nos ponemos a andar no son las piernas las únicas que hacen el camino, son la vista y el oído, el tacto y el gusto, el olfato y el equilibrio, la propiocepción y la nocicepción, la kinestesia y la mecanorrecepción, la termocepción e la interocepción
Se trata en suma de un caminar donde todos y cada uno de los sentidos del ser humano se manifiestan en grado sumo, todos perciben, todos actúan para, en la coordinación global de todos ellos, obtener un percepción multidimensional de lo sucedido, de lo realizado, de lo que se nos presenta ante nosotros, regalándonos en el entretanto con el disfrute de una experiencia única.
Y así, bajo esta apertura integral del cuerpo y el espíritu, las sensaciones son diferentes y cada estímulo externo articula una respuesta concreta y multidimensional, siempre enriquecedora. Es necesario mantener la mente muy abierta. Ningún estímulo ofertado por el entorno durante el transcurso del periplo es gratuito o superfluo.
Como decíamos, apenas iniciado el camino encontramos el poste kilométrico con una distancia labrada y pintada en piedra: 98 kilómetros 850 metros. Me indica que estamos a unos cien kilómetros de Santiago de Compostela, pero también me remite a una amplia información que del Camino acude a mi mente, cuerpo y campo emocional. No en vano es un mojón del Camino similar a decenas de ellos que se han presentado a mi paso durante tantos años por múltiples Caminos jacobeos.
Recorro la plaza donde se encuentra y observo una escultura en bronce. Representa a una peregrina. Disfruto de ella, de su belleza escultórica, de la pureza espiritual que emana de su figura estilizada, de la sensación táctil que provoca en mí su pulida piel broncilínea. Y recuerdo entonces el nombre de su autor y sé de otras obras escultóricas suyas y admiro su destreza, su pasión, su arte.
Tras la escultura un monolito pétreo identifica el nombre del lugar: Regueiro dos Hortos. Y sé, porque aparece tallado en la piedra, que en este preciso lugar, en los alrededores del solar que ocupa la capilla de la cofradía de la Virgen del Carmen, en la baja Edad Media conocida como capilla de la Virgen del Camino, nació en el año 833 el patrón de Lugo, San Froilán. Palpo la rugosidad de la piedra de granito y con mis dedos repaso la cabeza de un lobo. Es el lobo que acompañó al santo por las montañas lucenses portándole las alforjas, como penitencia al hecho de que la fiera hubiera devorado al asno que acompañaba a Froilán. En la piedra el lobo tiene los ojos cerrados, señal clara de sumisión y mansedumbre. Recorro visualmente, como si se tratase de un laberinto geométrico, el recorrido rectilíneo al principio y espiral al término, del báculo obispal. Respiro hondo.
Bajo la garganta del lobo, el vientre y entre las patas traseras, una docena de gruesos caracoles han encontrado un abrigo seguro donde refugiarse del crudo invierno. Viéndolos a distancia, semejan leonadas ubres y mi mente atrapa en la memoria otras imágenes, las de la loba que amamantó a los gemelos Rómulo y Remo, míticos fundadores de Roma.
Frente a este parque un edificio nos permite una inmersión total en el mundo romano: La sala de exposiciones recibe el nombre de la puerta que acabamos de cruzar: Porta Miñá.
Recorro sus salas. La sucesión cronológica me permite avanzar en el devenir de la ciudad con el paso del tiempo. Así, de la civitas de los Copori, época anterior a nuestra era, cuando los pobladores antiguos que encontraron en su avance de conquista los romanos, hasta el Lucus Augusti del imperio de Roma. Cuatro siglos de romanización que dieron paso a los suevos. Esta exposición se centra en los tiempos del Imperio, y así, la urbe con sus construcciones, calzadas, foros, acueductos, termas, hipocaustos, necrópolis se analiza sobre y bajo tierra. También el ajuar, la loza, piezas de juegos, elementos artesanales y ornamentales propios. Y así platos, vasos, cuencos, bandejas, lucernas de barro o de bronce, cántaros, ánforas, morteros, muelas de molino, pesas y fusaiolas para telares, lanzaderas, agujas de bronce, de hueso, anillos, pulseras, collares
, se suceden en las diferentes vitrinas. Pero en el subsuelo del museo se encuentra una joya arqueológica de extraordinario valor: el Espacio Cloaca Romana -Sub Terra Aquae-, un viaje al subsuelo y al descubrimiento de un tramo de la cloaca que discurría bajo el decumanus maximus, la vía romana que unía el Foro romano con la puerta que acabamos de traspasar, en descenso claro hasta el río. ¡Qué maestría arquitectónica hay en esta canalización de las aguas residuales! No en vano prestó sus servicios hasta hace pocos años. De la pizarra como materia constructiva al PVC. PP y PE. De la belleza de la piedra a la antiestética del plástico. De la eternidad de materiales milenarios a la obsolescencia de los materiales plásticos. En fin, parte de esa disfunción sobrevenida con el progreso donde la generación de residuos imposibles de tratar por la naturaleza, contrastan con los materiales nobles cuyo reciclaje natural se efectúa con el paso del tiempo sin añadir al medio toxicidad alguna.
Salgo de esta inmersión en el pasado imperial para ponerme en camino. Pero aún disfrutaré con otro recuerdo del pasado ocurrido hace dos mil años antes a la vista de A castrexa, un gigantesco mural que ocupa toda la medianera de un alto edificio, tras los magnolios de la finca colindante. Tras salir del centro museístico nos recuerda a las tribus de los Copori.
No olvido que mi destino es el río Miño y el periplo a realizar lo decidirá el camino.
Apenas recorro medio centenar de metros de esta bajada nominada Rúa do Carmen, cuando me encuentro con un cruce y una bifurcación. La bifurcación nos permite seguir por el Camino Primitivo que se encuentra bien señalizado con su mojón correspondiente o bien discurrir por una senda paralela situada justo a su lado. Se trata del camino histórico Vía XIX, vía romana que unía Bracara Augusta (Braga), Lucus Augusti (Lugo) y Asturica Augusta (Astorga).
Ninguno de los dos caminos consideré una opción a seguir y no tanto porque los haya recorrido varias veces sino por mi curiosidad innata, por mi atención cautiva de un desvío que surge en este mismo lugar, a mi izquierda, un camino que entre casas antiguas y desvencijadas donde observo techumbres hundidas, ventanas rotas, puertas arruinadas por la humedad y el paso del tiempo y donde la vegetación ha iniciado hace mucho tiempo la colonización de sus ruinas, espacios antaño habitados, me invita a cogerlo, a transitarlo, a descubrirlo.
Y es, precisamente ahí, donde comienza el verdadero viaje en el tiempo, una inesperada inmersión en el mundo rural que nos retrae a la edad Media, a los chantos hincados profundamente en la tierra, delimitando huertas y arboledas, a los pasillos verdes flanqueados por muros centenarios donde, entre sus piedras, prosperan y crecen los ombligos de Venus y a los doseles arbóreos que me obligan a agacharme y asombrarme ante antiguas enredaderas con lianas de grosores increíbles, que abrazan robustos árboles, retorciéndose en sus troncos ascendiendo sin pausa y creciendo hasta alcanzar su copa en busca de la luz solar, siguiendo su desarrollo en busca de las copas de otros árboles cercanos, a los nacientes donde brota el agua y a los regueiros, verdaderos caminos por donde discurre el preciado líquido en busca del padre Miño, fertilizando en su trayecto las feraces tierras por donde discurre, a la sinfonía de decenas de pájaros que hacen de la senda que recorro una sinfonía sin igual. Y es entonces cuando uno se percata de que prácticamente no ha salido de la ciudad, que apenas ha recorrido doscientos metros desde que abandonó la Muralla.
No tarda mucho este sendero entre huertos y manantiales, donde nuestras pisadas silenciosas discurren sobre un mantillo de hojarasca, en unirse a la senda mucho más definida de la Vía XIX. En ella siguen las huertas, unas cultivadas otras convertidas en terrenos asilvestrados. Y son estos terrenos, donde prosperan zarzas, ortigas, margaritas, lenguas de buey, celidonias, saúcos y una multitud de plantas asociadas, donde el agua se escucha discurriendo bajo tanta vegetación herbácea. Están a monte, bautizan los lugareños a estos terrenos salvajes, llenos de vida. A monte se conocen como tales en Galicia, una buena parte de los terrenos que conforman este cinturón verde, orgullo de la ciudad. Nogales, castaños, pinos y robles son árboles que destacan por su tamaño en el interior de estos espacios. A ellos se une una vegetación arbustiva y arbórea de menor porte.
Llego a la Ronda del Carmen, la vía que circunvala en parte la ciudad. Se trata de cruzarla y seguir el Camino en busca del río. Pero hay un parque a visitar antes de acceder a ella. Se trata del Parque da lembranza, un homenaje a las victimas y a los profesionales que lucharon contra el COVID y que afectó con tanta virulencia a la poblacion más anciana. Una escultura compuesta por elementos múltiples que semejan árboles, tal vez seres humanos, es posible que aquello que idee cada uno de nosotros, se eleva en el interior de un jardín en cuya flora, autóctona en su mayoría, destaca un breve paseo de acebos.
Tras disfrutar de este espacio verde, buscamos el paso peatonal que nos permite cruzar sin peligro la Ronda del Carmen. De día no hay dificultad alguna por su buena visibilidad, y cuando la luz es poca, franjas luminosas delimitan el paso de cebra.
Los hitos del Camino, los mojones que nos indican el paso y la distancia, se suceden. Al llegar al puente romano aparece el que nos ratifica la escasa distancia recorrida: un kilómetro y veintiocho metros. Esta distancia tan corta la hemos realizado a través de un túnel del tiempo, dos mil años en un instante. Un periplo donde abundan los llamados muros a xunta seca, que no son otra cosa que muros de pizarra -lousa en gallego-, realizados colocando pizarra sobre pizarra, ensamblando pieza con pieza hasta convertirlos en un valor histórico tal que están reconocidos como Patrimonio Mundial de la Unesco-, el agua, las plantas, reptiles, anfibios, aves, insectos
Cuando observo las aguas del Miño, cuando me acerco a ellas con orgullo y respeto, discurriendo sobre una alfombra de pétalos procedentes de la extraordinaria floración de los sauces centenarios que flanquean ambas orillas del río vistiendo de blanco los paseos circundantes, siento el orgullo del lucense o el lugués pues ambos términos son válidos según la lengua usada y, sentándome sobre el tocón de un viejo sauce dejo que la vista se deslice río abajo, tras la corriente tranquila que, aún lejos de su desembocadura, entregará sus aguas al atlántico océano.
Perdida ya la vista en el horizonte, el oído se agudiza y realiza un pormenorizado registro auditivo del entorno inmediato. Chapotea el mirlo acuático aquí al lado y regresa con un insecto en el pico. Su cuerpo se balancea en el flexible tallo de una espadaña. Más cerca, a mis pies, una lavandera blanca corretea tras la búsqueda de minúsculos invertebrados mientras su cola sube y baja rítmicamente. Allá más lejos, aún visible frente al balneario romano, juega una nutria con un pez. Es este un río de truchas y mustélidos, un río sano, el río de mi infancia y de mis sueños.
José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y la vida. Escritor y educador ambiental.