María, madre palestina bajo las bombas del genocidio.
Este 13 de mayo, millones de cristianos levantan flores a la Virgen de Fátima. Pero mientras los altares se llenan de rosas y cánticos, en Gaza las flores tienen nombre de niño muerto. Son cuerpos pequeños envueltos en sábanas blancas.

Son rostros cubiertos de polvo y sangre. Son miles de vidas arrancadas por el genocidio perpetrado por el Estado de Israel ante la complicidad y el silencio de gran parte del mundo.
María apareció en Fátima a tres niños pobres, hijos de pastores. No eligió reyes ni poderosos. Eligió la inocencia herida de la tierra humilde. También Palestina es tierra de pastores y de niños. Tierra donde María vivió, caminó y amó. Tierra donde hoy las madres cargan a sus hijos despedazados entre ruinas y hospitales destruidos.
¿Qué diría la Virgen de Fátima al contemplar a tantas madres palestinas abrazando los cuerpos sin vida de sus hijos? ¿Qué oración puede pronunciarse mientras miles de niños son asesinados bajo bombas financiadas y justificadas por los poderosos?
No podemos rezar el Rosario mirando hacia otro lado. No podemos coronar imágenes de María mientras permanecemos indiferentes ante el exterminio de un pueblo. Porque María no está del lado de los imperios ni de los ejércitos que aplastan la vida. María está bajo los escombros, junto a las madres que gritan, junto a los niños mutilados, junto a quienes huyen con hambre y miedo.
Como sacerdotes formados en la Teología de la Liberación sabemos que la fe no puede separarse de la justicia. El Dios de Jesús escucha el clamor de los oprimidos y toma partido por las víctimas de la historia. El Evangelio no es neutral frente al sufrimiento de los pobres. Y callar ante el genocidio es traicionar el Magnificat de María.

Porque María ya cantó hace siglos lo que hoy sigue estremeciendo a los poderosos:
"Derribó de sus tronos a los poderosos
y exaltó a los humildes.
A los hambrientos los colmó de bienes
y a los ricos los despidió vacíos."
Ese canto resuena hoy en Palestina como un grito de resistencia y dignidad.
La Virgen de Fátima pidió oración y conversión. Pero la verdadera conversión comienza cuando dejamos de justificar la muerte de inocentes, cuando rompemos el silencio cómplice y denunciamos toda política de exterminio. No hay espiritualidad auténtica mientras se bendicen bombas o se normaliza la masacre de niños.
Hoy María no necesita coronas de oro. Necesita conciencia. Necesita voces proféticas. Necesita cristianos capaces de llorar con las madres palestinas y de denunciar el pecado estructural de la guerra, de la ocupación y de la deshumanización.
Este 13 de mayo, Fátima no puede celebrarse lejos de Gaza. Porque la Madre de Jesús sigue apareciéndose en el rostro de cada niño herido, de cada madre rota por el dolor y de cada pueblo crucificado por la violencia de los poderosos.
Y quizás *el milagro que el mundo necesita no sea ver bailar el sol, sino detener la maquinaria de muerte que sigue asesinando niños bajo el cielo de Palestina.
FÁTIMA CHORA POLOS NENOS DE GAZA
Neste 13 de maio, día da Virxe de Fátima, non podo ofrecer flores a María sen pensar nos milleiros de nenos palestinos asasinados en Gaza polo exército do Estado de Israel. Hoxe as flores de María teñen nome de infancia esmagada polas bombas, de nais que abrazan os corpos sen vida dos seus fillos, de pequenos enterrados baixo os cascallos mentres o mundo mira para outro lado.
A Virxe apareceu en Fátima a tres nenos pobres, fillos de pastores. Tamén Palestina é terra de pastores e de nenos inocentes. E hoxe eses nenos están sendo masacrados.
Como sacerdote e como seguidor de Xesús de Nazaret, non podo calar diante deste xenocidio infantil. O Evanxeo obríganos a estar do lado das vítimas, non da violencia dos poderosos. Calar diante da morte de nenos é converter a fe en hipocrisía.
María, nai palestina, chora hoxe en Gaza. E quen teña conciencia humana non pode permanecer indiferente diante desta barbarie.