Dedicado con muchísimo cariño a María, quien desde la galería acristalada de su habitación,
disfruta del transcurrir del tiempo observando la pétrea imagen de la bimilenaria Muralla Romana
de Lugo, uno de los Patrimonios de la Humanidad que luce con orgullo la ciudad.
No hay duda alguna, es un verdadero lujo.
Siempre, como si fuera una promesa a la Historia, un débito emocional a tantos siglos que forjaron esta ciudad,

desde las ventanas de la casa familiar saludo al conjunto patrimonial que observo frente a mí.
Se trata de un simple saludo visual, es cierto, pero suficiente como preámbulo a mi nueva visita, como si notificara a las piedras milenarias que acabo de llegar. Es como si deseara que los patrimonios históricos supieran de mi regreso, de mi vuelta al túnel del tiempo donde transcurrió mi infancia, mis lugares de juego, mis estudios, mis primeros escarceos amorosos, mis viejos amigos.
Es como si les manifestase: -Estoy aquí y mañana, apenas despunte el día, voy a veros. Caminaré sobre las viejas piedras del Camino Primitivo de Santiago, uno de los Patrimonios de la Humanidad que oferta la ciudad, las sentiré bajo mi piel, aspiraré con intensa fruicción antiguos olores que me permitirán rescatar y reconocer el paso del tiempo a través de tapias y muros centenarios. Disfrutaré luego con la visión de las plantas que nacen libres, salvajes en rincones inolvidables, sentiré los inconfundibles aromas de sus floraciones. Todas ellas me recuerdan la famosa publicación: "Lo pequeño es hermoso" de E.F.Schumacher. Se trata de minúsculas plantas que hicieron de la Muralla romana -segundo Patrimonio de la Humanidad que observo-, y los muros de piedra que protegen cultivos y veredas ancestrales, su espacio vital. Recorreré su adarve y, desde su altura, me sentiré ave voladora capaz de observar la ciudad antigua a vista de pájaro. Bajaré luego por la rampa que desciende en la Puerta de Santiago para encontrarme con el atrio de la catedral y su bella fachada neoclásica, tercer patrimonio de la Humanidad que luce con orgullo mi ciudad lucense.
La vivienda es amplia. Goza de un privilegio que muy pocas viviendas pueden presumir de atesorar. Desde sus ventanas y galerías, abiertas a tres puntos cardinales, se observa a menos de un centenar de metros, tres Patrimonios de la Humanidad.
En dirección Sur-sudeste se encuentran a un tiro de piedra las tres torres de la Iglesia Catedral de Santa María, más conocida como la catedral de Lugo. Una buena parte del cuerpo arquitectónico de la catedral sobresale sobre el barrio medieval de El Carmen, permitiendo verse desde lugar tan privilegiado.
En esta misma orientación geográfica discurre, pasando junto a la catedral, el Camino Primitivo de Santiago que atraviesa el barrio de El Carmen, el segundo Patrimonio Mundial reconocido, del que goza la ciudad del Sacramento.
Intuyo su trazado desde la ventana, pues las fachadas de las casas de piedra, enlosados sus techos con pizarra,

no me permiten ver la rua empedrada que se dirige, en suave cuesta, en busca de la puerta Miñá. Es esta la histórica salida de la ciudad amurallada en busca del río Miño. Una placa así lo confirma: Porta do Carmen ou Porta Miñá. Justo por esta puerta entro enamorado el trovador Fernando Esquío por el año mil doscientos, dicen las crónicas.
Volviendo a la casa, en primer plano, un plano que permite que la amplia visión de todo lo explicitado se observe con claridad y detalle, observamos una extensa finca de robustos nogales. Son estos árboles una lección viva del transcurrir estacional. Marcan el ritmo natural del año a través de imágenes renovodoras, muy precisas. Justo ahora, en pleno mes de febrero, desprovistos de toda hoja y sujetos a los rigores climáticos de este comienzo de año que ha dejado chico en volumen de agua los famosos cuarenta días del Diluvio Universal -no fueron menos de un centenar de días de lluvia en Galicia desde el comienzo del tren de borrascas-, los nogales gozan de un belleza increíble. Sus troncos y ramas se muestran cubiertos de líquenes y musgos. Son ellos quienes uniformizan su librea cromática con los colores del viejo barrio medieval, forjando una imagen que atraen a pintores y escritores románticos, a las personas amantes de lo auténtico, a los que gozan de paisajes lavados, paisajes que parecen diluirse en el agua que los bendice y baña de un modo inmisericorde, constante y eterno, a los amantes del sonido monocorde del agua que fluye de un paisaje nuboso que nunca se despeja, que siempre está ahí, sin hacer daño, es cierto, pero saturando la tierra hasta que son incapaces de absorber más agua, alimentando el gran río hasta desbordarlo de una forma tranquila y suave, sin grandes daños, empapando pastizales que observo en la lejanía, también desde aquí, desde la acogedora y cálida galería de María, mi madre, aunque la presencia de la Muralla y el desnivel del valle que se esconde tras ella, no me permitan gozar del discurrir del río que se encuentra a sus pies.
Sin embargo, no es necesaria una percepción tan precisa como realista. Si cierro los ojos veo el río. Y lo veo porque mi imaginación transita por los pasos del Camino. Por el camino antiguo que sale de la Puerta de El Carmen, la puerta más antigua y mejor conservada del monumento romano. Es un camino antiguo porque es milenario. Su trazado coincide con la Vía Antonina, la Vía XIX. Sobre estas piedras que ahora recorro mentalmente, discurrieron las legiones romanas, y tras ellas todo un abanico de comerciantes con sus carruajes y mercancías.
Pero recupero la vista para detener el vuelo de mi imaginación y describir solamente lo que veo. Y así, sobre el primer cubo de la muralla, en dirección sur, disfruto con el mural de una mujer castreña. Se trata de una verdadera obra de arte del muralista Manuel Pallín, que tituló: "A castrexa". Es un homenaje a la cultura castreña, civilización prerromana caracterizada por los castros, poblados fortificados con murallas y casas de piedra, abundantes por toda Galicia y situados siempre en lugares estratégicos.
En estos mismos ventanales, en dirección sur-suroeste, ante mis ojos un amplio paño de la Muralla Romana. Cinco cubos perimetrales, tres de forma semicilíndrica y dos de semipirámide truncada, se observan tras el adarve. Un adarve por donde María, la señora que me acompaña ahora y que se encuentra en esta galería acristalada, recibe el sol del atardecer durante todo el año.
Para ella, la Muralla es su televisor particular. Es la forma más natural de observar la vida ciudadana lucense. Por el adarve pasan ciudadanos, turistas, deportistas, madres con sus bebés y con sus niños, curiosos de toda índole, haciendo de este periplo circular un espectáculo que varía con cada época del año. Me agrada sobremanera que María, caminando su vida sin prisa hacia el siglo de existencia, disfrute como una niña y sonría ante el paso de la misma sobre la muralla romana.
En dirección Norte, desde la amplia galería acristalada de la cocina, se observa el resto del barrio medieval perteneciente a la Ruanova. Un moderno edificio de viviendas imposibilita mayor visión, al igual que un hospital y un instituto de Enseñanza Secundaria la imposibilitan por el oeste. Pero sí observo las calles peatonales que rodean este edificio y sé que me encuentro en el corazón de la ciudad amurallada.
Por eso, a sabiendas de ello, me calzo las botas, cojo un paraguas y me echo a la calle. Me espera el camino Primitivo empedrado, la Catedral de Santa María y el adarve de la Muralla Romana. Tres Patrimonios de la Humanidad en apenas quinientos metros de recorrido.
Al llegar a la calle inspiro con intensidad manifiesta. Se trata del aire vivificador que ha alimentado mis pulmones desde mi primer soplo de vida.
Hay charcos sobre los espacios pendientes de ser objeto de investigaciones arqueológicas. Se trata de una ciudad imperial romana donde cualquier solar es una puerta abierta a nuevos descubrimientos.
Voy tras una churrería en la Plaza Mayor. Es tiempo de chocolate con churros al calor de una estufa, de leer la prensa diaria y disfrutarla bajo los olores del chocolate y los churros recién hechos.
A mi paso por la Plaza mayor, una música suena. Sin conocer el lugar de procedencia, prosigo en busca de un cálido abrigo.
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Como chove miudiño, como miudiño chove...
Los versos musicados de Rosalía de Castro suean a bendición eterna sobre las losetas de la Plaza Mayor.
Sonrío. A mi regreso buscaré en "Cantares gallegos" el poema: "Como chove miudiño" de mi admirada y entrañable poetisa.
Luego Spotify me acercará la música de un cantautor que estimo y aprecio desde mi juventud más identitaria: Amancio Prada. Escucharé de su CD: "Vida e morte", la magistral interpretación que realiza de esta canción.
Lo haré a mi regreso, junto a María. Al lado de mi madre, escucharé la canción. Sólo voz y guitarra regalando nuestros oídos, rescatando lazos emocionales olvidados, de tiempos en que, muy pequeño, la abrazaba y besaba con cariño en los verdes pastizales que se extienden por ambas orillas del padre río, el río que discurre también por el corazón todos los gallegos.
José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y de la vida. Escritor y educador ambiental.