Imagen del último artículo publicado en El Progreso por Jorge Vivero
Como les decía el otro día, estuve unos días de vacaciones y presté una atención tangencial a la actualidad, aunque bien es cierto que era jugosa y me distrajo más de lo que pretendía. Sin embargo, hubo una noticia que quise comentar con ustedes, mis queridos lectores, y se me pasó completamente a mi vuelta, lo que es imperdonable dada la importancia de la misma: el fallecimiento de Jorge de Vivero.
Fue mi profesor de literatura en el Ojos Grandes (más conocido como "el femenino") y recuerdo de él que era de esos maestros que te apetecía escuchar, que es mucho decir en la preadolescencia en que nos enfrentábamos al madrugón. Nos hablaba como a adultos, cosa que se agradecía enormemente, y cumplía una función que debería ser fundamental en la enseñanza: nos animaba a leer.
Pero más allá de los habituales "clásicos", que para un chaval de 15 años son un coñazo, nos recomendaba libros más ligeros, asumibles a nuestra edad, y disfrutaba con nosotros comentándolos en clase.
Como profesor sólo hay algo negativo que achacarle: ¡qué frío pasábamos en sus clases! En cuanto llegaba abría de par en par la ventana y nos decía que hay que acostumbrarse a las bajas temperaturas para evitar resfriados. No sé, nunca vi eso claro y menos en un piso alto de Lugo a tempranas horas de un mes de enero. Cuando tocaba literatura, tocaba llevar ropa de mucho abrigo.
Pasados los años lo reencontré como columnista en El Progreso y autor de libros de viajes magníficos que me dan una envidia terrible, porque reflejan unas aventuras rollo road-movie que es un lujo poder hacer, y que encima te paguen por ello. De esos trabajos que son más un placer que otra cosa.
En la última presentación de un libro suyo a la que asistí me hizo el honor de recordarme y dedicarme el ejemplar que, aunque es algo que no suelo hacer (sólo pido firma de libros si la obra me gusta de verdad o si conozco al escritor) guardaré con mucho cariño en mi biblioteca.
Su última columna en El Progreso hizo lo que tan bien se le daba: enseñarnos. Nos dejó como colaboración de despedida una lección, y es que la voz del pato es el parpeo (ni me sonaba el término).
Se despidió con una frase que, lamentablemente se quedará como una promesa que no podrá cumplir: "Bueno, pues la próxima semana, como decían nuestros admirados Tip y Coll, hablaremos (mal) del Gobierno".
Echaré de menos sus breves columnas, condensación de reflexiones y apuntes sobre el día a día que, como siempre hizo en clase, nos hacían pensar o, al menos, detenernos un momento a respirar y sonreír.
Muchas gracias, profesor.