Dedicado a Sergio Placeres Rodríguez en quien la luz sigue presente en cada actriz,
en cada actor que compartieron con él ilusión, vivencias y pasión por el teatro.
Luz que perdura también en el corazón de cientos de espectadores.
La semana pasada, en la Feria del Libro en Telde, en una de las carpas destinadas a presentaciones de nueva obra editorial, se realizaba un sentido homenaje a través de una publicación cuyo título era: "Cuando la luz se apaga. Apuntes para la historia del teatro aficionado en Telde".
No hubo preguntas al término del acto pues la emoción y las lágrimas silenciaron las palabras de los presentes.
Pero había cariño y satisfacción, había gratitud en la cara de cada actriz y actor que durante una veintena de años compartieron con su querido director, amigo, confidente, sus sueños e ilusiones en el mundo de las artes escénicas.
Al término, tras una emocional sesión de firmas donde actores y actrices de grupos de teatro aficionado teldense recibían un ejemplar de la publicación presentada, recorrí la plaza de San Juan con calma, impregnándome de la desbordante alegría que manifestaban decenas de niñas y niños, sus padres y acompañantes, ante el colorido narrativo y musical de cuentos y leyendas, de piezas musicales, de cantos colectivos y narraciones compartidas bajo el prisma de un continente a quien se había dedicado la Feria del presente año: África.

En mi paseo sosegado, observando casetas llenas de ilusión y vida, llenas de aventuras escritas esperando los inquietos y curiosos ojos de un lector, se encontraban bajo uno de los hermosos laureles de Indias que señorean la plaza, sentadas en el banco circular que rodeando el parterre protegen al árbol, varias actrices de los grupos Roque Azucarero y Jinamarte. Unas hojeaban el libro recibido, otras se encontraban enfrascadas en alguno de sus capítulos y un par de ellas, con rostro de satisfacción contenida, protegían su ejemplar como si se tratase de una joya querida, próximo a sus corazones, amparándolo tal vez con el ritmo de sus latidos.
Desde la distancia las observé con calma. No deseaba romper aquel momento íntimo, el encuentro de cada una de ellas con su historia teatral, con sus vivencias artísticas, con sus pasiones. Pasaron los minutos y me vieron observándolas, sonriente y feliz. Las saludé con un breve movimiento de la cabeza y me acerqué a ellas. Sonreían. Todas sonreían. Era su manera de mostrar su satisfacción, de hacerme llegar su gratitud que, sin lugar a dudas, era recíproca.
Unos días después, es posible que en el inicio de esta semana, a través de wasaps me llegarían las palabras de algunas de ellas, pensamientos expresados con tanta sinceridad y sentimiento que reconozco me llenaron de orgullo y ¡cómo no!, me emocionaron.
Agradecían su presencia en la publicación, destacando aquellos capítulos dedicados a su labor de tantos años y a la valoración de la persona que les había dirigido, tutelado, animado, formado y sentido. Luego culminaban el breve texto invitándome, de todo corazón, a sus ensayos, encuentros y futuras representaciones.
Me gustó su ilusión de futuro, pues en verdad nada había terminado. Serían nuevos directores o directoras quienes les acompañarían en un nuevo e ilusionante periplo.
No tardé mucho en responderles que sí, que la pasión y el amor por el teatro que sentían cada una de ellas y de ellos, me reconfortaban en cada espectáculo, alegraban mi corazón y regocijaban mi espíritu.
Nada había cambiado -pensé-. La historia de la vida, tanto en el teatro como en cualquier otro registro social, cultural o artístico, se escribía siempre con un punto y seguido.
Nadie suponía un punto final. Nadie era eterno y sólo la soberbia y un narcisismo insensato podía pretender en algún idealista tan imposible quimera. Sólo era eso, engañarse a sí mismo. La realidad era otra: nadie era imprescindible, nadie había escrito la última palabra. La vida se encargaba siempre de demostrarlo y la historia daba fe de ello.
Todas ellas y todos ellos, actrices y actores, seguirían jugando al teatro, "un juego de niños que se nos permite a los adultos". Eran palabras del director homenajeado, del ser humano de luz brillante que seguirá vivo en el recuerdo de todos pero que ahora, en esta nueva etapa de su vida, la disfrutará desde otros derroteros, bajo otros prismas sensoriales, otros caminos, otras sendas, regresando al teatro que nunca abandonará para sentir la obra y escucharla, para percibir el clamor de la escena y recibir la fuerza y el poder del escenario. Será entonces, desde un lugar diferente, con menos responsabilidad, tensiones y agobio, pues será desde el patio de butacas entre un público entregado a la emoción de la escena y a la destreza de todos los activos humanos del teatro: actores, tramollistas, guionistas, directores, adaptadores, iluminadores, especialistas en sonido, personal de vestuario, montadores de escena... y tantos otros, cuando sienta la valía del esfuerzo realizado, de su docencia, de la importancia de las enseñanzas de Alberto Wainer, Marina Wainer, Denis Rafter, Vicente León, Guillermo Heras, José Luis Gómez, Samuel Nemirovsky y tantos otros.
Sentirá entonces que esa pasión despertada en cada espectador, esos aplausos, esos minutos de pie emocionados, también son para él por su aportación a la escena como actor, como director, como guionista, como adaptador de obras al mundo del teatro aficionado.
Es mi deseo que los grupos de teatro vuelvan a crecer en número, surjan con fuerza en cada asociación de vecinos, en cada barrio, en cada instituto.
Es mi deseo que se visibilice la creatividad de nuestras dramaturgas y dramaturgos, de las escritoras aficionadas que formando parte de estas asociaciones (La Pardilla, San Antonio, Jinámar, Las Remudas, Roque Azucarero...), personas, anónimas muchas veces, han visto representadas sus obras, cosechado reconocimientos y premios y recompensadas con las risas y el buen humor de los espectadores que acuden a esos actos, mostrándose satisfechos y complacidos.
También es mi deseo que desde la concejalía de Cultura y los departamentos a su cargo, las puertas sigan abiertas a nuevos grupos, nuevas tendencias, nuevas inquietudes, nuevas publicaciones.
Y es mi más ferviente deseo que se representen una y otra vez las obras teatrales de nuestros escritores teldenses, tanto nuevos como consagrados. Ponerlas en valor y sacarlas a la luz es de obligado cumplimiento, convirtiéndose en débito inexcusable para cualquier director y grupo de teatro teldense que se precie como tal.
No obstante, el mayor deseo que sobre las artes escénicas alberga mi corazón, ante la labor que se ha venido desarrollando en nuestro municipio durante tantos años, es que nunca caiga sobre ellas el telón del olvido.
José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y la vida. Escritor y educador ambiental.