Dicen que lo importante se conserva en la memoria colectiva, pero hay detalles, vivencias o historias que solo puede transmitir aquel que las experimentó.
Creo que todos conocían como era Javier, que no fue solo ultramarinero, alcalde e incluso jugador de fútbol, sino padre, hermano, tío, sobrino y, especialmente, abuelo. Había una cosa por la que destacaba, y no lo digo yo, sino toda la gente que lo conoció: su humildad.
A pesar de haber conseguido tantos logros importantes para Melide, nunca los sacó a relucir, todo lo contrario, quedaron en su memoria y se fueron con él. Los hechos son visibles, las historias detrás de cada uno de ellos, no.
Y hoy no quiero yo tampoco sacar a relucir logros, puesto que estaría llevando a cabo un ejercicio de incoherencia. Lo único que me gustaría hacer es recordar ciertas historias que quedaron en su recuerdo y que a pesar de no haberlas dejado escritas, ahora también están en mi memoria.
Cada vez que hablábamos de política local, valorando el mandato de uno u otro, las decisiones que se tomaban o la forma de ver y gestionar la administración local, había algo que me llamaba mucho la atención: el abuelo nunca me hablaba de su etapa en el ayuntamiento como algo personal, sino como un proyecto colectivo. Y así deberíamos valorar la política, como un logro de los gobernantes pero también de los ciudadanos, un acto colectivo.
Probablemente, lo hacía también porque quienes verdaderamente actuaban eran todos y cada uno de los vecinos, no solo el alcalde o los concejales. Ahora se entenderá a qué me refiero.
En los años 70, Melide era un lugar pobre, o incluso me atrevo a decir, muy pobre en comparación con otros municipios de la provincia, pero solo en lo económico. Se me vienen a la cabeza unas palabras que pronunció el abuelo durante la entrega de la Medalla de Oro de Melide a la Biblioteca Municipal Xosé Vazquez Pintor y al IES de Melide (aún recuerdo lo nervioso que estaba ese día, puesto que salir a hablar era lo que menos le gustaba), y decían así: Non podo evitar volver atrás 50 anos. A maioria de vos non vivistedes aquel momento.
E recordar un Melide pobre, sin recursos, a maioria das calles sin asfaltar, sin luz, sin auga, sin alumbrado, sin carreteras ás parroquias, sin enerxía eléctrica nalgunhas parroquias, sin medios económicos, supoño que como a maioría da Galicia interior, pero hai algo que sempre tuvo Melide: xente con inquietudes culturales, xente con plena convicción de que o progreso dos pobos parte da cultura, e sempre a tuvo.
Y es cierto, Melide es un pueblo de gente activa, con inquietudes, y no solo culturales, porque gran parte del desarrollo de la localidad fue gracias a ellos, a los habitantes de la localidad.
Pondré un pequeño ejemplo: Desde pequeño, fui un apasionado por las emergencias, algo que aún conservo, y una de las preguntas recurrentes al abuelo era sobre el primer camión de bomberos que tuvo la localidad.
Nunca me habló de su coste o capacidad, sino de las personas que lo manejaban. Es más, hasta hace poco tiempo pensaba que era otro vehículo.
Pues bien, el servicio de motobomba para incendios o baldeos, sin existir de forma oficial, estaba ahí cuando lo necesitaba la gente.

El primer conductor fue Pepe de Senín, quien de forma voluntaria, llevaba ese AVIA matrícula C-3575-V sobre el que años después, y gracias al Museo Terra de Melide, pude conocer más
datos.
Para el pueblo y la zona había sido todo un acontecimiento la llegada de ese vehículo, ¡hasta la televisión se había hecho eco de la noticia! Se trataba de uno de los primeros camiones cisterna con los que contaba un ayuntamiento de características similares a Melide, con capacidad para 5000 litros de agua.
Y en la particular historia de uno de los primeros vehículos con los que contó el Ayuntamiento de Melide, también destaca otro hecho: la corporación municipal de Melide había renunciado a todas sus asignaciones y dietas (que no eran muchas, ya que en aquellos momentos no se cobraban sueldos ni había dedicaciones exclusivas) para sufragar el gasto íntegro del vehículo.
No se trataba de un caso aislado: para la construcción del instituto de la localidad, se decidió vender parte del patrimonio municipal y así poder pagar los gastos derivados de esta gran obra. La compra de un camión o la construcción de un edificio son hoy simples trámites para un ayuntamiento como el de Melide. Quizás, por este motivo, no valoramos el esfuerzo que existió detrás de cada logro.
En aquellos tiempos difíciles, de muchos cambios y poco dinero, el motor del pueblo no fueron los gobernantes, sino los propios vecinos: juntos, ayudaron a crear y dar vida a un Melide que fue Mellid, sin asfaltar y apenas iluminado, con servicios muy limitados y carente incluso de infraestructuras tan básicas como un buen centro de salud.
Hoy, 50 años después, todas las parroquias tienen luz, agua y unos accesos asfaltados, lujos para aquella época. Entre medias, un largo proceso que iré relatando en los próximos artículos.