El director de HISPANIDAD Eulogio López, abrió el acto presentando a los seis conferenciantes
que disertaron sobre la relación entre los valores cristianos y la gestión empresarial de izda a decha:
Ángel Ron; Sandra Segimón; Ismael Clemente; Javier Marín; Héctor Flórez y Antonio Garamendi.
El pasado 25 de marzo 2026 se ha llevado a cabo una cita histórica -con más de 250 invitados- para celebrar el 30 aniversario de su fundación del diario HISPANIDAD, decano de la prensa digital, evento que tuvo lugar en el emblemático espacio cultural de CaixaForum de la capital de España, pero no solo se conmemoró una trayectoria periodística, sino también una forma de entender la empresa y la vida: poner a la persona en el centro, desde valores profundamente cristianos.
El acto estuvo presidido por el director del medio, Eulogio López, que lo resumió con una idea sencilla pero poderosa: hoy, ser original es comportarse como cristiano, Y eso se traduce, según los ponentes, en algo muy concreto: actuar con coherencia, servir a los demás y respetar la dignidad de cada persona.
Uno de los momentos centrales del acto fue sin duda alguna las destacadas intervenciones de los ponentes que compartieron cómo la fe, vivida con naturalidad y respeto, puede transformar la gestión y las relaciones humanas en el ámbito profesional y que también contó este acto con la brillante intervención del presidente del Centro de Estudios Económicos Diego de Covarrubias D. Rubén Manso.
Antonio Garamendi defendió el diálogo, la escucha y la participación social como pilares de una empresa sana. Recordó que todos cuentan, desde el presidente hasta quien atiende el teléfono. Esa mirada, profundamente humana, refleja una verdad esencial: cada persona tiene un valor único y merece ser tratada con respeto.
En la misma línea, Héctor Flórez destacó que los valores cristianos no solo son éticos, sino también eficaces. Un liderazgo basado en el servicio donde el jefe no manda, sino que ayuda genera equipos más comprometidos y empresas más sólidas. Compartir beneficios o reconocer el esfuerzo colectivo son ejemplos de una gestión más justa y humana.
Javier Marín insistió en la importancia de la humildad y la generosidad. Escuchar, reconocer errores y confiar en los demás permite liberar el talento de los equipos. Pero también lanzó un mensaje clave: debemos comportarnos igual en el trabajo que en casa, con la misma paciencia, comprensión y cariño.
Quizá uno de los testimonios más impactantes fue el de Ismael Clemente, quien prefirió renunciar a su puesto antes que actuar contra sus principios. También durante la pandemia optó por perdonar deudas a sus clientes, priorizando a las personas por encima del beneficio inmediato. Un ejemplo claro de que la fe se demuestra en decisiones concretas.
Por su parte, Sandra Segimón subrayó que los valores no se declaran, se viven. Apostar por la formación, dar oportunidades a los más vulnerables y liderar con humildad son formas reales de «evangelizar» desde la empresa. Escuchar a cada trabajador, uno a uno, puede transformar conflictos en confianza.
El mensaje final es claro: dirigir con valores cristianos no es una teoría, es una práctica diaria. Implica respeto, servicio, coherencia y amor al prójimo. Y, sobre todo, nos recuerda qué tanto en el trabajo como en la vida, lo más importante no son los resultados, sino las personas.
Ángel Ron defendió que la empresa tiene una función social: ayudar a las personas a sacar adelante sus proyectos de vida. Subrayó que un buen dirigente debe actuar siempre según su conciencia, aunque eso tenga costes. Reivindicó el respeto a la dignidad de cada persona como base de la gestión. Y concluyó que el líder cristiano se realiza cuando dirige con coherencia a sus valores.
Así, en un tiempo donde tantas veces se olvida lo esencial, este aniversario deja una lección luminosa: que la empresa puede ser también un lugar de encuentro, de servicio y de esperanza. Cuando el trabajo se vive desde la fe, con humildad y amor al prójimo, no solo crecen los proyectos, crecen las personas. Y es ahí donde todo cobra sentido. Porque, al final, el verdadero éxito no se mide en cifras, sino en el bien que dejamos en los demás. Un camino exigente, sí, pero también profundamente hermoso, que invita a construir un mundo más justo, más humano y, en definitiva, más cristiano.