Dedicado a los tarajales y saladares, formaciones vegetales
a quienes poco o nada reconocemos su importancia.

Martes, seis de la tarde. Aquello que observaba frente a mí, discurriendo por el barranco Real de Telde, era lo más parecido a un río.
La borrasca Thérèse había hecho correr los barrancos y la tarde de este martes, veinticuatro de marzo, la desembocadura del barranco Real transportaba agua ocupando el cauce de lado a lado.
Como se puede apreciar en las fotos, la riada arrastraba tierra y piedras a su paso, excavando pequeños riachuelos que discurrían con mayor velocidad por cuatro zonas del amplio cauce.
Una buena parte del suelo fértil llegaba al océano, formándose una franja de color ocre que se diluía en contacto con las aguas marinas.
Se trataba de disfrutar del episodio por lo inusual del mismo, pero también de observar con calma, leer el paisaje provocado por la arroyada, ver que estaba sucediendo y porqué.
Y así, pudimos comprobar desde un principio como las aguas discurrían más lentas en aquellas zonas donde existía vegetación. Se encharcaban en un principio y, debido a ello, la corriente se detenía, se ralentizaba, dificultado su paso por las intrincadas zonas arbustivas y arboladas.
Esta observación es muy importante pues las zonas desprovistas de cualquier tipo de vegetacion rápidamente comenzaron a perder el suelo, formándose en ellas surcos donde las piedras surgían y permanecían las mayores al término de la riada, como testigos claros de las barranqueras formadas, revelando que estos nuevos suelos, pedregosos y estériles, no permitirían el asiento durante mucho tiempo de vegetación alguna.
Sin embargo, otras zonas se comportaban de un modo totalmente diferente.
Una de ellas fue el manchón de salados, magarzas de costa, incienso, botoneras y otras plantas asociadas que, situadas en la margen izquierda del barranco, ejerció de zona de freno a la fuerza y velocidad del agua, ralentizando su vigor, favoreciendo la creación de espacios entre ellas donde las aguas permanecían embalsadas antes de continuar su marcha, una marcha más pausada, a veces poco perceptible, hacia la desembocadura.
El ejemplo más claro de retención de las aguas, facilitando la absorción radicular y una mayor penetración de las mismas en el subsuelo, lo ofreció el pequeño bosque de tarajales que, también en la margen izquierda del cauce, observamos a la altura de las primeras casas aborígenes del yacimiento arqueológico de La Restinga.
La lectura del panel interpretativo que se encuentra justo en este lugar, nos revela el porqué de esta ubicación del poblado:
"... además de situarse al resguardo de los vientos dominantes del norte, tendrían un aceso directo al cauce del barranco, por el que podría discurrir agua durante prácticamente todo el año".
En esta zona, el suelo se encharcó para convertirse en una especie de pantano que dejaba discurrir el agua muy lentamente.

Esto sucedía el martes, justo cuando la fuerza del barranco era mayor, cuando el caudal del agua permitía fuertes arroyadas, cuando por los cuatro barranqueras el agua arrastraba pequeñas piedras hasta la desembocadura.
Al día siguiente, miércoles veinticinco de marzo, mientras seguía corriendo el barranco -correr el barranco es una expresión canaria utilizada cuando el barranco lleva agua-, por dos barranqueras centrales desprovistas de vegetación, el bosquete de tarajales había absorbido la mayor parte del agua acumulada entre sus árboles. Apenas quedaban vestigios de los amplios charcones que había observado entre ellos -ver imágenes adjuntas-. Similar suceso se observaba en la zona de vegetación arbustiva presente en su proximidad, la formada por magarzas, botoneras, salados, saladillos, incienso y otras plantas.
Era testigo de la importancia de la vegetación en los fondos de barrancos y en especial en sus desembocaduras, papel que interpretó de manera similar el tupido saladar desarrollado justo en la desembocadura, tras el cordón de callaos que separa el cauce del barranco de la marea.
Justo en esta zona, el martes el agua se embalsaba cubriendo por completo toda la vegetación del saladar, antes de discurrir hacia el océano bien a través del cordón de callaos, bien desbordándolo en momentos de mayor caudal.
Pero también aquí el agua se filtraba en la tierra gracias al extenso sistema radicular del saladar y una buena parte de la misma se quedaba en el subsuelo.
Cierto es que nada se veía del saladar, pero al día siguiente cuando la cantidad de agua aportada por el barranco fue menor, volvió a resurgir, espléndido, turgente su follaje, en condiciones óptimas para seguir desarrollando con éxito una función esencial, evitar las arroyadas finales, los desbordamientos destructivos y garantizar la filtración paulatina de la máxima cantidad de agua.
¿Cómo es posible que ante estos hechos contrastados el Consejo Insular de Aguas del Cabildo de Gran Canaria no haya iniciado desde hace muchos años la reforestación masiva de todos los cauces públicos?
¿Dónde estan los técnicos de esta institución, dónde los del Gobierno de Canarias que no son capaces de, ante las ventajas y fortalezas que dichas repoblaciones aportan, desarrollar proyectos específicos?
¿Cómo se puede ser tan ciego para no ver y comprender que estamos perdiendo uno de los capitales más importantes de una isla, que no es otro que el suelo fértil, sin que se tome medida alguna que favorezca la retención del mismo, que lo mantengan estable mientras el agua corre, que lo fijen al terreno con sistemas radiculares profundos, potentes y bien entramados?
Recuerdo de mi penúltima publicación: El arte de caminar y el placer de sentir, un párrafo dedicado a este barranco, el barranco Real de Telde:
Esta es mi lucha. Insisto a las autoridades para que lleven a cabo una masiva repoblación de tarajales en la desembocadura, limiten a una pista de tierra el acceso a la costa, permitiendo que el saladar colonice las sendas innnecesarias y repueblen recuperando los perfiles originarios del cauce y las laderas del barranco en la parte superior de la autovía; pero falta interés. El compromiso en la lucha contra el cambio climático cuenta con mucha verborea pero es pobre en acciones. Mucho postureo, pero ningún plan firme que se lleve a cabo.
Pues bien, la naturaleza nos habló en la última borrasca, brindándonos una oportunidad de oro.
Thérèse no sólo trajo agua y bendiciones para nuestras sedientas islas, reconfiguró la desembocadura del barranco Real haciendo desaparecer las inútiles pistas de tierra que destrozaban el saladar para llegar, sin necesidad alguna, pescadores y curiosos a la costa.
Aprovechemos pues la ocasión y plantemos no uno ni diez tarajales, cientos de ellos.
Sabemos de su adaptación a situaciones climáticas extremas, de su exitosa respuesta en labores de repoblación, de su fortaleza a la hora de afrontar las riadas, de su capacidad para mantenerse firmes y seguir de pie tras el paso de la arroyada.
Sabemos de su valor a la hora de frenar la fuerza del agua, de permitir que el agua llegue mansa al saladar y a la desembocadura decantándose en el paso entre los tarajales buena parte de la tierra que arrastra, una tierra fértil que permanecerá en el suelo mientras que el agua, filtrándose, llegará menos turbia al océano.
Sabemos de las aves que frecuentan los tarajales, que anidan en ellos, sabemos de insectos que los colonizan y sabemos de plantas que aprovechan su sombra y cobijo para prosperar.
También sabemos que obrando de este modo, es decir repoblando masivamente los cauces, estos espacios naturales, espacios biológicos de cauces de barrancos que no necesitan de figura reconocida para saber de su valor, se volverán a llenar de vida.
En verdad pienso que no sé si estoy predicando en el desierto, no sé si mis palabras tendrán eco alguno en un clase dirigente sorda, negada por sistema a la regeneración de estos espacios y es una pena pues mi esperanza y la esperanza de todos los que vemos en los cauces de los barrancos una oportunidad de oro para regenerar verdaderos pulmones verdes, está puesta en ellos.
Podrán ironizar ante proyectos ilusionantes como éste: La reforestación de todos los cauces de barrancos, un proyecto de baja inversión, fácil ejecución e indiscutibles ventajas. Por señalar tres esenciales, y se me ocurren un centenar de ellas, frenan la erosión, generan espacios arbolados y por lo tanto pasillos biológicos de altísimo valor y permiten la filtración de una mayor cantidad de agua en el subsuelo con la consiguiente recarga del acuífero insular.
Ironizar cuando están acostumbrados a apostar por proyectos de inversión multimillonaria con dudosos resultados de futuro.
Pero si fuera así, si en verdad considerasen que la función más importante que les confiere los cargos que ostentan es el servicio a la población que les dio su confianza, este proyecto que supone una isla más verde, un mayor aprovechamiento del agua de las riadas y dotar de pulmones verdes la red insular de barrancos, darían a este proyecto máxima prioridad y ordenarían su ejecución inmediata.
José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y la vida. Escritor y educador ambiental.