En este Viernes Santo me dirijo a vosotros, creyentes y también a quienes no compartís la fe, pero sí conocéis el peso del dolor, la injusticia y el sufrimiento.
Hoy contemplamos la cruz, y en ella reconocemos algo profundamente humano: el sufrimiento de un inocente condenado por un sistema injusto. Esa cruz no pertenece solo al pasado.

Está viva en nuestro presente: en los pobres olvidados, en quienes son descartados, en las víctimas de la violencia, en los que cargan con el peso de decisiones injustas que destruyen vidas y desgarran nuestra sociedad.
Como sacerdote, no puedo ni quiero hablar de este día sin escuchar primero el clamor de los que sufren. Ese clamor es sagrado. Nos interpela a todos, creamos o no, porque habla de dignidad humana herida.
Y precisamente por eso, no puedo callar ante ciertas formas en que expresamos públicamente nuestra fe. Resulta profundamente contradictorio contemplar al Crucificado -víctima de la violencia y del poder injusto- mientras su imagen es acompañada por símbolos de fuerza armada o estructuras que, aunque legítimas en su ámbito, evocan coerción y poder. No se trata de cuestionar a las personas ni su entrega, sino el signo que ofrecemos.
El Evangelio es claro: Cristo no se impone, no se defiende con la espada, no necesita protección armada. Su fuerza es el amor que se entrega, su autoridad es la verdad que se ofrece sin violencia. Por eso, asociar su imagen a formas que pueden oscurecer este mensaje no solo es anacrónico; corre el riesgo de ser abiertamente antievangélico.
No todo lo que hemos heredado ilumina hoy el rostro de Cristo con claridad. Hay tradiciones que necesitan ser purificadas para no convertirse en obstáculo. Cuando lo cultural o lo institucional ocupa el lugar de lo esencial, la fe se desdibuja y el signo pierde su transparencia.
A los creyentes, os digo: nuestra fe no puede ser incoherente. No basta con acompañar procesiones ni con emocionarnos ante imágenes sagradas; estamos llamados a vivir y a mostrar un Cristo despojado de poder, cercano a los crucificados de hoy. Un Cristo que no se alía con la fuerza, sino que se pone del lado de las víctimas.
Y a quienes no creéis, pero sentís indignación ante el sufrimiento de los más vulnerables, os digo: ahí hay verdad, hay humanidad, hay un anhelo profundo de justicia que nos une. En ese compromiso compartido podemos encontrarnos.
Este Viernes Santo no es solo memoria de dolor, sino también una llamada urgente: a no acostumbrarnos al sufrimiento ajeno, a no justificar lo injustificable, y también a revisar con honestidad nuestras propias expresiones religiosas cuando dejan de ser signo claro del Evangelio.
Que el silencio de hoy nos haga escuchar mejor.
Que el dolor que contemplamos nos mueva por dentro.
Y que, desde lo más hondo, nazca en nosotros una esperanza que no sea pasiva, sino transformadora.
Paz y bien.