Jugando a las procesiones
Timiraos, Ricardo - martes, 31 de marzo de 2026
En el calendario vivariense la Semana Santa es el evento más importante del año. Resulta llamativo y curioso que un pequeño Pueblo pueda montar tantas y magnas procesiones implicando no sólo a la gran mayoría de sus habitantes, sino también a gente foránea con lazos efectivos o religiosos. El fenómeno es digno de un estudio sociológico.
Por ello, antes de tal auge, allá por los años cincuenta del pasado siglo, recogiendo la simiente de las órdenes religiosas asentadas en la Ciudad, que antaño procesionaban con elementos mucho más humildes, los niños terminadas las mismas, jugásemos a imitar a los mayores. Para ello, con más ingenio que medios, creábamos nuestras propias procesiones por barrios con Cristos reciclados de cajas de difuntos, barrotes y tablas de embalajes, clavos o puntas torcidas y oxidadas, cartones de cualquier tipo, trapos caseros, flores de múltiples lugares... e imágenes diminutas de nuestras casas con la complicidad temerosa de nuestras madres. Allí aparecían la cruz con sus ciriales, santos tan variopintos como Santa Rita, la Virgen del Pilar, quizás alguna Dolorosa, y hasta una copa de madera de mi casa, que tanto valía para jugarla al fútbol- nunca la entregaba-, como para la procesión. ¡Felices e ingenuos niños!
Desde entonces llevando ya los clavos y participando en las procesiones de mayores, raro sería que no nos hubiésemos implicado en ellas. Así durante muchos años, desde los siete a los sesenta más o menos, uno vive una serie de situaciones muy diversas, muchas vivencias, muchas experiencias, mucho caminar... tras un Cristo que siempre vale la pena.
Detrás de aquello está ya el hombre mayor, ajeno a todo aquello que no tiene sentido, crítico con la suntuosidad y el boato, y que inspirándose en aquel Cristo que buscaba Martín Valmaseda, en aquel hermosísimo poema, atribuido falsamente a Gabriela Mistral, titulado: ¿DE QUÉ QUIERE USTED LA IMAGEN?
E interpreto así:
Yo no necesito una imagen,
ni de oro ni de diamantes,
la quiero como son los hombres
de barro y caminantes.
Tampoco la quiero en andas,
me sobran tantas riquezas,
la quiero pisando el suelo
para cuidar la pobreza.
Quiero que su luz ilumine
a quien implora consuelo,
no hay vida sin nubarrones
ni persona sin su duelo.
Los clavos de tu cruz
son los faros del sendero
¡y pensar que muchos hombres
sólo ambicionan dinero!
Y ahora en esta vorágine
de fantasmas y postureo
los héroes son asesinos
¡pobres gentes!,víctimas de bombardeos.
Y mi Dios en los escombros,
malherido y desangrado,
me pregunta: ¿ qué será del hombre
tan voraz y desalmado?.
Mi Dios es cualquier hombre
que trabaja y se desloma,
no tiene color de piel
ni laureles ni corona.
Mi Dios es un marinero,
Un albañil o un pastor,
un hombre que con su vivir
va sembrando amor.
Mi Dios es una mujer
Verónica eterna de tu sudor,
madre tierna de los hijos
miel que calma tu dolor.
Y Cristo camina sólo,
ultrajado y masacrado,
si sólo sembró amor,
¿Por qué muere en el calvario?
Enigmática respuesta que jamás comprenderemos. Así que seguiremos caminando, dudando- recuerdo a Benedetti-, intentando sembrar aquella su mies, estrujando nuestra humilde inteligencia, buscando la paciencia del santo Job para comprender este mundo absurdo y vacío que nos toca vivir, creyendo en el hombre y en los valores que nos inculcaron de niños. Tratando de reclinarnos y buscando razones para la espreranza, sabiendo siempre que Cristo y su mensaje nos esperan. Nada me parece más hermoso que el Amor. Y si es cierto que Dios es amor, alabado sea.
Después está el mundo real y nuestros defectos vestidos de mil formas.

Timiraos, Ricardo