Vida y muerte
Alén, Pilar - lunes, 30 de marzo de 2026
Llegan días llenos de eventos, con acontecimientos -no bélicos- sin tregua. Muy esperados, sin duda. Han sido preámbulo de la Semana Santa algunos pregones que ya se han proclamado este fin de semana. Al hilo de esto, una pregunta que lanzo: ¿por qué una celebración tan importante, capital en y para la fe cristiana, no tiene su merecido seguimiento en Santiago? Cofradías no faltan. Ensayos hacen. Patrimonio hay a mansalva. Abundante gente impulsa procesiones y pasos. Y, pese a todo, no destaca entre las de otras ciudades cercanas.
Más novedades. El retorno del ciclo «De Lugares e Órganos» (28 de marzo al 5 de abril). Un deleite para los amantes de la música contemplativa por antonomasia. Casi coincide con el recordatorio del nacimiento -el 21 de marzo- de un organista y maestro de talla: Johann Sebastián Bach (Eisenach, 1685-Leizipg, 1750). No me resisto a proponerles alguna audición, sin que les resulte obligada: no dejen de escuchar su «Tocata y fuga en rem, BWV 565», banda sonora de múltiples pasajes, imponente e inquietante. Y ya que está finalizando la Cuaresma dando así paso al Triduo Sacro, tener a mano una de sus «pasiones» es altamente recomendable: más larga y valorada la de S. Mateo, buena es, en versión de Jordi Savall, la de S. Marcos. Para quienes quieran una opción diametralmente opuesta, a tiro de piedra y en recinto ferial, la ciudad olívica les ofrece una programación alternativa en «Os Sons de Vigo» (27 de marzo al 4 de abril): música electrónica, DJs, reguetón y demás géneros, en atmósfera sicodélica.
Mientras, unos han visto abortadas sus expectativas de viajar en estos días. El panorama no lo propicia, sea por la crisis o por miedo a quedarse atrapado en cualquier esquina.
Terminaba mi última columna proponiendo que buscasen un Requiem ante tanta noticia nefasta. Hago los deberes para los más rezagados: atrévanse, por ej., con el de Benjamin Britten, compositor británico del que este año conmemoramos el 50 aniversario de su fallecimiento. Es potente, brillante, impactante. Pero antes de entrar en faena, déjenme que les diga que esta guerra - ¿petrolera? - ya me está pesando; es patético ver cómo que se estira al antojo de unos cuantos. No hace tanto que ha comenzado (aunque no deja de ser demasiado), pero desgasta y cansa. Entre los relatos de reporteros locales o desplazados, comentarios de geopolíticos y politólogos, resabiadas reflexiones de escritores, columnistas e historiadores y de los que se suben al carro porque de todo saben, apabulla tanta labia, tanto dato enrevesado, tanta batalla contada por adelantado. Poco parece quedar a la improvisación y azares del destino, que sí existen pese a que se tiende a ignorarlos.
Todos se escandalizan -con razón- ante las imágenes de violencia de unos adolescentes peleándose a la entrada de un colegio, entretanto unos no hacen nada y otros graban la escena (con tirón de cabellos y revolcones por el suelo), y pocos se extrañan observando cómo impúdicamente se lazan bombas sobre campos o ciudades enteras. Un espanto, fruto de la incongruencia de una sociedad que poco a poco se va insensibilizando.
Vemos banderas, comunicados, ruedas de prensa. Centrales de refinerías torpedeadas. Y también escombros, nubes de polvo, fuego. Gráficos y mapas: cantidad de ellos. Baile de precios del Brent. Números de cómo fluctúan los mercados con subas y bajas de grandes pérdidas y pocas ganancias. Memes y vídeos trucados en redes, con recreaciones obscenas que van de lo escabroso a lo que no hace ni pizca de gracia.
Una contienda televisiva y televisada que puede seguirse con comodidad desde el sofá de casa, mientras muchos tristemente sufren, desfallecen... cuando no mueren.

Alén, Pilar