Opinión en Galicia

Buscador


autor opinión

Editorial

Ver todos los editoriales »

Archivo

¿Evidencias de la supraconciencia, señales divinas, sugestión colectiva o singular casualidad?

Espiño Meilán, José Manuel - domingo, 22 de marzo de 2026
Dedicado a todas aquellas personas que han tenido experiencias extrasensoriales,
incomprensibles desde la lógica de la racionalidad.
A Jesús Ruiz Mesa. Buen amigo y persona comprometida que ha seguido a través de
su cámara fotográfica, belleza, vida y cambios en el paisaje teldense con compromiso,
arte y magisterio. Las fotos de aves que ilustran este artículo son suyas.

¿Evidencias de la supraconciencia, señales divinas, sugestión colectiva o singular casualidad?Para empezar, el tema que voy a abordar es complejo. Y lo es porque leerán este artículo personas que han vivido experiencias similares, lo que le da un punto de credibilidad más allá del escepticimo imperante, pero es complejo porque este artículo sorprenderá de igual modo a muchos otros, escépticos convencidos, a quienes todo aquello que se manifieste más allá de la razón y de la coherencia irrefutable de la ciencia, se trata de pura superchería o fabulación, más propio de quienes navegan entre la alucinación y la mente calenturienta, bien se trate de elucubraciones individuales, bien colectivas.
Estas personas, a quienes respeto en igual medida, justifican tales hechos de este modo: si alguien intuye algo sobrenatural en un suceso concreto, obedece a dos razones básicas: primera, el escaso o nulo interés en procurarse una justificación racional y científica y segunda, su mente quiere ver algo más donde no lo hay y, bajo este parámetro imaginativo, cree real aquello que en verdad sólo obedece a aquello que le dicta su imaginación.
Y ahí tenemos dos enfoques encontrados ante cualquier hecho. De ahí el título escogido para el artículo, una especie de comienzo generoso en ambigüedad, un tipo de manga ancha donde cada persona justifique lo sucedido desde sus conocimientos, creencias y pensamientos elaborados.
Una vez hecho este prolegómeno, a todas luces necesario, paso al contenido. El relato de unos hechos, contrastados o no, fieles a lo verbalizado con la firmeza de quien cree firmemente en lo expresado, como sucedido y cierto.
El pasado ocho de marzo me apetecía recorrer el paseo litoral que desde la playa de Salinetas discurre por las costa teldense hasta la playa de La Garita. Hacía tiempo que no realizaba este recorrido y las razones, como siempre, se debían a viajes, caminos, libros y proyectos que me ocupan y me llaman por diferentes lugares de esta isla, de otras ínsulas, y por tierras de esa piel de toro compartida entre España y Portugal.
El paseo tenía dos objetivos, más allá de los estrictamente deportivos y generadores de salud física y mental. Uno de ellos era comprobar "in situ" la explosión de vida vegetal en esta franja costera tras las recientes, cortas pero prolongadas lluvias. El segundo era acercarme al monolito forjado con escorias volcánicas en homenaje a José Luis González Ruano y observar el estado en que se encontraba la siempreviva plantada al pie del mismo, desde la fecha de inauguración del geológico monumento.
Las lluvias, capaces de filtrarse bajo la capa de picón que cubren los terrenos sin ajardinar que encontramos a ambos lados del Paseo costero de Telde, en la zona conocida como El Rincón del Castellano, propiciaron la germinación de varias especies de plantas, algunas precursoras de una futura cobertura arbustiva de la zona. De porte bajo y achaparrado, me sorprendieron los llamativos rodales de las magarzas de costa (Argyranthemum frutescens frutescens), especie subendémica canaria, presente tras la creación del paseo en el barranquillo que desciende hasta la pequeña cala que hay esta zona de la costa. Se encontraba en flor, sus ejemplares presentaban un tamaño inusual, cubriendo una buena zona del talud observable desde el Paseo y su capacidad de expansión le había permitido ampliar su territorio en la zona, observándose nuevos ejemplares en un estado óptimo. El pasado año, la floración había llegado en el mes de abril y aún le quedaban bastantes flores en la primera semana de mayo, pero el presente año está siendo un año irregular, frío y lluvioso, haciendo honor a un invierno distinto y muchas plantas del entorno adelantaron sus floraciones.
Cuando las magarzas lo hacen, sus flores visten de nieve el Paseo, semejando una sucesión de delicados copos que muestran, en su interior, pequeñas pepitas de oro. Así considero yo sus botones florales.
Entonces el paisaje se transforma, gana en intensidad cromática y el paseante disfruta de una ruta visual única. Junto a ellas, han conseguido rasgar la innecesaria capa de picón aportada por el ser humano, aislados ejemplares de Schizogyne glaberima, otro endemismo canario, algún que otro ejemplar de espino de mar (Lycium intricatum) y un puñado de aulagas. Quienes experimentaron una explosión de vida sin parangón, revelándose en la presencia de numerosos ejemplares nuevos, fueron las siemprevivas marinas (Limonium pectinatum), que se encuentran también en plena floración. Acostumbrado a que sobre el rojo picón sólo prosperaran las omnipresentes patillas, tebetes, cagaleras y coscos, la presencia de plantas que antaño ocupaban estos ¿Evidencias de la supraconciencia, señales divinas, sugestión colectiva o singular casualidad? espacios cuando aún era una realidad su cubierta de vegetación autóctona, reconforta la vista lo observado, pues no en vano significa una esperanza de futuro. No pongo en duda el valor de las plantas rastreras antes reseñadas, pues precursoras son de una vegetación arbustiva u herbácea que con paciencia y tiempo como estamos viendo, termina recolonizando sus antiguos dominios en la costa.
Reconozco el estado crítico de la escasa población de piñas de mar en esta zona. ¿Acaso alcanzará la media docena de ejemplares?. Eran muy pocos los ejemplares detectados y censados cuando redescubrimos esta pequeña población, no hace muchos años, en El Rincón del Castellano. En una superficie no superior a medio centenar de metros cuadrados podíamos contar una decena de ejemplares entonces, acaso alguno más. Los pocos que quedan los observo ahora en avanzada formación de sus pequeñas piñas de mar.
El Paseo continúa hasta la pétrea roca formada por cenizas volcánicas soldadas. De color rojizo y forma irregular, el bloque escoriáceo guarda en su corazón las palabras del poeta.
A sus pies, surgiendo de una fina capa de picón rojizo, la siempreviva está florecida. Presenta dos inflorescencias de color rosáceo, con tonalidades moradas y blanquecinas en un apretado mar de corolas.
Sorprende que, tras varios años, la siempreviva, única superviviente de una plantación más generosa en su día cuando la inauguración del mirador, siga ahí, con más fuerza y vida que nunca.
Me siento entonces a observarla, a recordar a la persona homenajeada, al escritor, al amigo y una serie de recuerdos me llevan a la reflexión que inicio con el título de este artículo.
¿Acaso fueron o son inequívocas señales de la existencia de la supraconsciencia, acaso señales divinas o tal vez producto de desconocidas energías cósmicas? ¿O será, muy alejado de estas posibles manifestaciones extraordinarias, fruto de una sugestión colectiva o simplemente una singular coincidencia?
El caso es que, tras el desgraciado óbito, un día dedicado a recordar al amigo, la consejería de Medio Ambiente del Cabildo Insular quiso participar en su homenaje con la suelta de una tortuga boba. Pues bien, en su camino hacia la libertad, hacia el océano, el quelonio se paró a medio camino y giró su cabeza a ambos lados, observando a los presentes. No fueron pocos los que entendieron el hecho como una despedida del espíritu a sus familiares y amigos, poco antes de incorporarse al océano, a ese océano que amaba con singular pasión pues siempre se había considerado no sólo un hombre insular sino un hombre azul.
Hubo otro día que, tras un recorrido por el litoral, un paseo que el Colectivo Turcón programó en homenaje a José Luis González Ruano bautizándolo con dicho nombre, culminó el Paseo con una ofrenda floral en el bufadero de la Garita, fenómeno geomorfológico sin parangón en la isla, siempre presente en sus artículos y publicaciones. Mientras la mayoría de los senderistas observaba la escena desde el Paseo, algunos de los presentes se acercaron al opérculo pétreo donde se siente, como en ningún otro lugar, la profunda respiración del océano. Era allí donde iba a realizarse la ofrenda al ecologista, al escritor, al amigo. Y allí estaba yo, testigo fiel de lo observado, de igual modo que lo fue en la suelta programada de la tortuga.
Una nube, nada más que una nube surgió en el cielo. Se trataba de un cielo despejado, con un claro y nítido color azul. No sería equivocado definirla como una nube veraniega. La nube se colocó justo sobre el bufadero e, incomprensiblemente, se puso a llover. La breve lluvia duró el tiempo que duró el homenaje de las flores arrojadas al bufadero. ¿Era lluvia, pensaron algunos, o acaso lágrimas? ¿podría tratarse de otra señal inequívoca de una presencia que a todas luces a todos se nos antojaba inexplicable?
Todos los que asistimos a aquel homenaje, medio centenar de personas entre senderistas, amigos y familiares observaron el curioso fenómeno. Un cielo azul de verano y una única nube que había oscurecido poco a poco, dando como resultado la descarga de aquella breve lluvia.
Días después otro hecho, en apariencia incomprensible, daría lugar a nuevas elucubraciones.
En la celebración de la Primera Comunión de la hija de su ahijada, hubo un book fotográfico realizado en el bufadero. La razón de sus padres era doble, por un lado disfrutar la estética de un lugar único que permitía originales contrastes y por otro, realizar un póstumo homenaje al padrino, al familiar fallecido.
El caso es que durante la serie de fotos, mientras duró el trasiego con la niña en las cercanías del bufadero, el discurrir del fotógrafo buscando los mejores planos, los padres y familares pendientes de la niña, sobre ellos y sobre el bufadero, se mantuvo todo el tiempo volando una gaviota.
Fue como si la gaviota fuera un miembro más de la familia, en la celebración fotográfica de la Primera Comunión. Así lo registraron las fotos realizadas como planos generales. Acabado el acto, abandonado el lugar por la niña y la comitiva, la gaviota abandonó el lugar.
¿Simples coincidencias, sugestión de los asistentes a cada uno de estos momentos? ¿Acaso, para los más creyentes, existencia de una supraconsciencia, presencia espiritual de la persona ida, señales divinas?
Lo dejo ahí. Poco puedo aclararles si además uno de estos incomprensibles sucesos forman parte indeleble de mis recuerdos más lejanos. No en vano dicho recuerdo acaecido en mi infancia permanece grabado para siempre en mi memoria.
Mi padre viajaba siempre con un amigo. Su profesión era viajante y mi padre se ganaba la vida como trabajador autónomo.
Una mañana, aún no había amanecido, Pepe que así se llamaba el amigo, le confesó a mi padre su preocupación por un hermano que vivía en Bilbao.
Al parecer, durante la noche, su mujer Esperanza había escuchado fuertes golpes en la puerta de su casa. Asustada se levantó, fue hasta la puerta, observó por precaución tras la mirilla, y no vió a nadie. Tras acostarse, aún no había recuperado el sueño cuando, a los pocos minutos, volvió a escuchar como golpeaban de nuevo la puerta, esta vez con mayor insistencia.
Lo cierto es que escuchó con absoluta claridad la voz de su cuñado llamando a su hermano: ¡Pepe, Pepe!
Asustada e incapaz de volver a la puerta de entrada, zarandeándolo despertó a su marido, un marido a quien ni un terremoto sería capaz de sacarle del sueño profundo en que se encontraba, y le contó lo sucedido, obligándole a levantarse e ir a mirar tras la puerta. Ella no podía, se sentía presa de pavor y de un miedo irracional. Pepe se levantó, fue a la puerta, la abrió y nadie estaba allí, sin embargo sintió un frío atroz. Entró enfadado, le dijo a su mujer que le dejara dormir que eran las tres de la mañana y tenía que descansar pues al día siguiente había quedado con mi padre a las seis para coger el coche, hacer muchos kilómetros visitando clientes y trabajar toda la jornada.
Mi padre escuchó a Pepe y se mantuvo en silencio. Luego, tras tomar los cafés solos que les permitían iniciar el duro trabajo diario, intentó tranquilizarlo
- Un mal sueño, Pepe. Eso es lo que tuvo Esperanza, nada más -le dijo.
- Sería un mal sueño, Jesús, pero a mi me jodió la noche -respondió.
A las once de la mañana, en una tienda de comestibles de una aldea lucense, viejos clientes de Pepe y de mi padre, había una llamada pendiente para él. La llamada, al parecer, era de la Guardia Civil y era urgente. Pepe solicitó del dueño permiso para hacer una llamada -eran tiempos de teléfono fijo-. Llamó al número indicado. Tras escuchar, el rostro le mudó de color.
Juró como juraban antes las personas acostumbradas a dejarse la piel y la vida en su lucha diaria por la comida. Luego, rompió a llorar como un niño. Miró a mi padre y le dijo:
- Jesús, hace un par de horas encontraron a mi hermano muerto en León, despeñado, en un accidente de carretera. Al parecer ocurrió de madrugada a eso de las dos y nadie lo encontró hasta las nueve.
Que cada uno analice lo sucedido como quiera. ¿Supraconciencia le llaman ahora? ¿Estados de conciencia capaces de abandonar el cuerpo físico, alejarse y solicitar socorro a sus seres queridos? ¿Estados de conciencia o de energía capaces de interaccionar con otros seres vivos: plantas, tortugas, gaviotas..., o inertes: rocas, nubes, agua...?
Yo lo dejo ahí, y sigo observando la siempreviva que, lozana y hermosa, parece alimentarse de la escasa agua que le proporciona el cielo y la poesía.

José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y de la vida. Lector empedernido, escritor y educador ambiental.
Espiño Meilán, José Manuel
Espiño Meilán, José Manuel


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


PUBLICIDAD
ACTUALIDAD GALICIADIGITAL
Blog de GaliciaDigital
HOMENAXES EGERIA
PUBLICACIONES