A finales del mes de febrero, por fin lució el sol tres días seguidos en Galicia.
Tras la sucesión de tantas e interminables borrascas, dedico este artículo a todos los habitantes
de esta tierra fecunda en lluvias, pues saben que el agua es bosque y pastizal, es fuente y río.
Jubilosos sonríen porque la vida no existe sin su presencia.

En el Génesis, capítulo siete, versículo doce, leemos: "Y llovió sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches", en clara referencia al Diluvio Universal.
Ustedes saben que las borrascas que denominan de gran impacto son bautizadas con nombres propios. Así, desde finales de septiembre del pasado año se sucedieron Alice, Benjamin, Claudia, Davide, Emilia, Franci, Goretti, Harry, Ingfrid, Joseph, Kristin, Leonardo, Marta, Nils...
Nils ha entrado a finales de la primera quincena de febrero. Me cogió en Galicia. Quería confirmar si era cierto aquello de que el Diluvio Universal había sido un juego de niños a la hora de valorar la cantidad de días de lluvia continua que estaba afectando a Galicia sin parar, semana tras semana, mes tras mes, desde mediados de diciembre.
Los chistes, a propósito del agua, invadían las redes sociales. Algunos habían incorporado peces, centollos y pulpos como animales de compañía para salir a la calle, otros aseguraban que si cuarenta días y cuarenta noches fue el Diluvio Universal, en Galicia tan pocos días de lluvia suponía que nos encontrábamos en primavera.
Mi llegada a Lugo se tradujo en varias jornadas de paraguas, ese apéndice que ya forma parte del lucense como una extensión del brazo, que casi siempre llevamos abierto y que cerrado bien puede ir sujeto en la mano, en el brazo al estilo inglés o colgado a la espalda de la chaqueta o el chubasquero, al estilo Pelúdez.
Galicia siempre supo de diluvios que se extendían en el tiempo mucho más que el que había durado el famoso universal. Eran diluvios eternos pero de desarrollo suave. El gallego sabe de agua y raro es que sus ciudades se inunden, pues aceras, vías y saneamiento están dispuestos para aliviar los excesos de tanto superávit hídrico.
Son los arroyos y riachuelos los que revelan con su número y volumen hídrico que las aguas son constantes, que las lluvias pueden durar veinticuatro horas sin dar tregua y que las nubes no se cansan de enviar tan preciado elemento.
Tras una borrasca, otra, y así sucesivamente hasta la llegada de Nils. Hastiados están los gallegos. Es cierto que tanta agua cansa, como es cierto que la lluvia incesante afecta al estado de ánimo de quienes la sufren jornada tras jornada. No es extraño que jóvenes entrevistados en diferentes ciudades gallegas reconocieran que, un tiempo así, les vuelve más irritables, cansados, apáticos.
El caso es que leo la prensa y tengo que reconocer que ha caído una barbaridad de agua. Un diario, El Progreso o La Voz de Galicia, nos sorprendía con este titular: "La lluvia caída en mes y medio daría para cubrir durante 113 años el consumo de agua de toda la población gallega". No dudo que el cálculo realizado es correcto, como lo es el hecho de reconocer que ha caído muchísima agua del cielo.
Bajo hasta el río, deseo ver en el puente romano hasta donde alcanza el nivel de sus aguas. Sé de los desbordamientos, de los prados inundados, de los molinos, pero las casas y las viviendas se han fabricado siempre a un nivel más alto, alejadas de las grandes crecidas.

Desciendo de la ciudad por la Vía XIX romana, la calzada por donde discurre el Camino Primitivo de Santiago, que unía en tiempos imperiales Braga (Bracara Augusta), Lugo (Lucus Augusti) y Astorga (Asturica Augusta) hasta alcanzar el río Miño. Como no podía ser de otro modo, llevo el paraguas abierto, como protección ante un chiri-miri constante.
Mientras camino, pienso en un hecho que justifica tanta familiaridad con la lluvia. Puede resultar curioso, pero los gallegos utilizamos abundantes vocablos para referirmos a la lluvia. Choiva y chuvia son los más habituales, pero hay muchos más.
Es la existencia de la lluvia un fenómeno intrínseco a la realidad climática gallega, a su persistencia, a la razón que hace decir a los gallegos: E se chove que chova una sentencia identitaria de la vida en Galicia. No asusta el agua a los gallegos y utilizan un refrán para justificar el porqué de ello: Nunca choveu que non escampara Nunca llovió que no escampase.
Razones son de la existencia de casi un centenar de términos utilizados a lo largo y ancho de la geografía gallega para referirse a la lluvia, bien la suave y fina, bien la majadera y persistente, la intensa y de corta duración, aquella que cae de repente durante unos minutos y nos empapa, la que apenas es bruma condensada y nos moja de igual modo, o la que cae, como precursora de un diluvio de verdad, torrencialmente.
Babuxa, babuña, barbaña, barbuza, barrallo, barrufa, barruñeira, barruzo, barruzada, borrallada, borralla, boubizo, breca chuvisca, chuviñada, chuviscada, froallo, lapiñeira, marmaña, mexadeira, mocalleira parrumada, patiñeira, poalla, poalleira, zarzallo, morriña, morriñada, pallada, zarapallada, zarzallo, orballo, orballada, orballeira, orballiscada, xarrea, chove a cantos, chove a cachón, chove a ferve, dioiva, dioivo
¿Entienden ustedes porqué la lluvia, en cualquier época del año, es para nosotros seña de identidad? No hay Camino de Santiago que se precie si no la han gozado los peregrinos al menos una jornada, pues raro es, en el periplo gallego, que la lluvia no se haya presentado. Pues bien, ahora, en este preciso instante en que febrero termina y la Primavera llama a la puerta, la lluvia aún nos recuerda que aquí en Galicia, hasta en abril, aguas mil.
He llegado a la orilla del río. Poco le falta al agua para alcanzar los históricos lavaderos donde las mujeres se dejaban los riñones y las manos se mostraban enrojecidas y yertas, heladas de tanto frío. Un pájaro me saluda con vuelos cortos, como mostrándome el camino del agua. Se trata de una lavandera, un grácil pajarillo de plumaje a dos colores: blanco y negro, que mueve incesante, arriba y abajo, su larga cola. Se trata de la avecilla que en Canarias conocemos como una alpispa, sólo que la canaria es a color y ésta es blanco y negro.
Respiro hondo. Soy lucense y soy de agua. He vivido mi infancia bajo el amparo y la serenidad de la lluvia. He leído mucho y estudiado más, mientras escuchaba, tras los cristales de las ventanas el golpeteo de las gotas de lluvia, arreciando contra las mismas, sintiendo el correr raudo del agua sobre la calzada en busca de los aliviaderos, amplias rejillas pluviales que comunicaban con una extensa y holgada red de saneamiento que funcionaba con precisión calculada.
He dormido muchas noches arrullado por la lluvia y, ahora, junto al padre río Miño, el río de la vida donde este atardecer las nutrias volverán a patrullar su riberas, respiro hondo, sereno porque es esta agua mi razón de ser, la vida que corre por mis venas y cierro los ojos y encuentro tranquilidad y sosiego.
A mi mente acuden infinitos recuerdos infantiles y escucho, sin nadie que los verbalice, la musicalidad, y el sentimiento de las poesías de Rosalía de Castro, de Uxía Novo Neira, de Manuel María, hablándome del agua.
Arrecia la lluvia y entro en el vehículo. En la radio del coche se escucha la canción: "Vai chover, carallo". Cierro la ventanilla, los limpiaparabrisas barren con su máxima velocidad la cortina de agua que está cayendo y, sin arrancar aún, canto con Sorge García, un músico venezolano que se autodenomina: Te lo digo cantando. Al parecer popularizó esta canción que se atribuye a la electrónica, el ordenador y la inteligencia artificial. Sea como sea, escuchen este tema que se ha vuelto viral y entenderán un poco más del humor, la filosofía y la retranca de los gallegos.
...Vai chover, carallo, vai chover outra vez...
Arranco el motor, las ruedas patinan con el agua, salgo a la carretera. La música me envuelve, me reconforta, me alegra...
...vai chover, carallo, vai chover sen parar, as nubes estan fartas de tanto mexar...
Sigo cantando. Reconozco que con la música, la lluvia se lleva mejor.
... Se chove bebemos, se para tamén, porque en Galicia sempre se está ben.
José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y de la vida. Escritor y educador ambiental.