Opinión en Galicia

Buscador


autor opinión

Editorial

Ver todos los editoriales »

Archivo

Un encuentro Singular

Rivero, Manuel - lunes, 06 de abril de 2026
Do paralelismo entre Rafael e Carlos a fusión de identidade de Cosme e Lino. A ida sen retorno das Grañas do Sor de Lino Novás a finais de xullo do ano 1931, camiño do Barqueiro ou de Ortigueira, onde collería un autobús para A Coruña, e como moito tardar, ao día seguinte o tren para Madrid, onde o esperaba un novo reto profesional, correspondente do semanario Orbe.
A base de breves pinceladas autobiográficas que Lino nos aporta a través de contos, entrevistas, correspondencia, enquisas, relatos da familia, de compañeiros de escola, dos veciños que o trataron, coñeceron ou ben, conservan a memoria oral, transmitida na freguesía das Grañas do Sor, xunto coas investigacións de Cira Romero, Raymon Souza e Lorraine E. Roses, permítemos trazar o perfil do Lino intelixente, traballador, loitador e sufridor, que a pesar das adversidades, en escenarios difíciles, alcanzou a meta soñada tempo atrás, de ser un gran periodista e contador de historias.
Estamos centrados nos tres días que pasou na aldea que o viu nacer, da que non garda gratas lembranzas, que estivo sometido a un control social, que o someteu a unha presión, que a ben seguro, foi a que fixo adiantar a súa marcha.
Neste tempo escribe dúas crónicas para Orbe: “Por la aldea de Galicia” e “Por las Aldeas de Galicia. Las escuelas” (1), que nalgunhas apreciación, semella que non estivo moi afortunado. Nestes relatos, nótase un Lino tenso, frío e distante, as súas razóns tiña, aínda que semella que o momento non era o máis oportuno. En cambio, no relato do conto “Un encuentro singular”, relocen as metáforas, co seu máximo esplendor e ao crear a figura de Rafael, que fai que camiñen xuntos un tramo longo do camiño, vaino colocando diante do espello, e permítelle identificarse a si mesmo, ese proceso de fusión, móstralle outra realidade, ao incluír a dúbida, coa figura do impostor, calma a visión da nai, e entende a súa forma de ser e de actuar. Aquela nai, que ven a ser a mesma ca de Cosme, que a pesar da súa pobreza, entrégalle 500 pesetas, que naquel tempo representaba unha suma considerable, equivalente a varios meses de salario dun traballador medio ou funcionario de carreira.

Un encuentro singular

Copio literalmente pequenos estratos do texto, a riqueza está en poder saborealo todo enteiro, que aparece publicado en "Maneras Contar" (2).
"Había andado ya algunos kilómetros a lo largo del camino vecinal, y la aldea, la montaña y el gorro frigio de nieve que rodeaba una de sus rocas quedaban a mi espalda, como una pesada mochila de viaje, como algo que se hubiera adherido a mis hombros y que llevaba a rastras. Mi aldea se quedaba allí, quién sabe hasta cuándo. Volvía a ella para descansar de una emigración de veinte años, y a los tres días, en este anochecer, até mi maleta y salí de nuevo por temor a que su laguna me absorbiera. Iba sintiendo que mis pies se hundían en la niñez, que mi ser ahondaba en algo que llegaría a cubrir muy pronto mis veinte años de pugna interior contra la aldea. Sentía que no era posible renunciar ya al papel que me había designado cuando el amor a los míos se había mostrado impotente para regirme en América. Entonces comenzó en mi esa vida de negaciones (...) en esta nueva fuga juega una parte principal desde la sombra. Hasta ahora lo había tenido oculto todo (...).
Preferí salir con la noche para evitar los ojos de los vallados. En la aldea nadie sabe de esta partida. Salvo, claro está, el enterrador, que se pasa las noches arrimado a un Cristo de piedra que hay junto al camino, viendo pasar a la gente. (...). Tuve que ofrecerle un pitillo, meter en su mano una moneda de diez céntimos, y decirle:
- Ya sabes, Benito: tú no has visto pasar por aquí al hijo de la Loca.
El hombre me mostró sus dientes acorazados de tabaco, y yo seguí mi paso en la seguridad de que quedábamos entendidos
La distancia que me separa de la villa, donde podré tomar un coche hacia el mar, es de unos treinta kilómetros. La noche no cierra aquí del todo hasta una hora después de la partida (...) A mi regreso a la aldea volví oír hablar de las apariciones. Lo había olvidado, lo había negado durante veinte años. Antes de entrar ahora en ese camino oscuro, hay algo en mí que vacila, como si las horas brujas que me habían hecho ver las leyendas en la niñez no se hubieran apagado aún en la fantasía. Cuando me ocurre algo semejante, yo digo siempre una blasfemia. Es la única vez que lo hago. Esto me fortalece a seguir.
Claro que en algún sitio del camino hay una taberna donde podré pararme a descansar, (...)
Por una de esas lombrices de caminillos que salen por una muesca a la carretera, ha salido un jinete que, en la sombra, me parece muy voluminoso. Luego me doy cuenta que mis ojos agrandan los objetos en la noche y pronto se desvanecen las mil sospechas que en un segundo se atropellaron en mí. Pienso que puede ser cualquier feriante. El hombre se ha apeado y me pide candela en un tono corriente, en un tono cualquiera. A continuación toma el jamelgo por la rienda y sigue a mi paso. No habla durante un buen rato (...) Por fin me dice simplemente;
- Negra noche, ¿eh? Supongo que vamos a la villa (...) ¿Lleva mucho tiempo por estas aldeas?
- - Sí mucho. Soy de la montaña.
Pero, como a los dos kilómetros echamos otro pitillo a la luz del fósforo vi bien claro el rostro de mi acompañante. Era un rostro pálido que yo había visto en alguna parte (...) Mis ojos insisten que han visto a ese hombre por algún lado. Pienso que tal vez ha trabajado conmigo en algún ingenio de Cuba, o ha sido compañero de cuarto temporal en cualquier calle de La Habana vieja. Desde este momento, menos una, dejo sin control todas mis reservas. Sólo me importa ya guardar en secreto mi nombre y mi huida. (...)
Cada vez que pienso que soy un lírico me rebelo contra mí, pero a la larga no me queda sino admitirlo. Esta insistencia a rebelarme siempre contra lo que soy, a no querer ser nunca lo que soy, me ha conducido siempre a muy funestos resultados.
Mi compañero fue creciendo en palabras a medida que nuestra amistad contaba unos minutos más.
¿Conoce usted la taberna del Camino? –preguntó -. Tenemos tiempo. Supongo que usted no tendrá prisa en llegar a la villa antes del día...
A la bajada medio oculta entre las ramas de hiedras, está la taberna, con un poste vacilante, donde mi amigo amarra con gran trabajo el ramal del caballo. Sólo en esto advierto que no se trata de ningún feriante, que el hombre no está familiarizado con el ramal. (...) - Supongo que no tendrá usted prisa. Podremos entrar a calentarnos un rato (...).
Mi amigo se había sentado frente a mí, muy pegado a la lumbre, y meditaba algo con la cabeza entre las manos. (...) Mi amigo rompió aquella presión diciendo:
¿Quiere usted decirme como se llama? Necesitamos de nombres para entendernos. Por esta noche al menos, vamos a ser buenos amigos.
La lumbre me lo asemejó más todavía al personaje anónimo que conocían mis ojos. Era como si lo había visto en un espejo. Como si aquella expresión hubiera permanecido por muchos años reflejada dentro de mí sin que la hubiera visto de frente sino mis sentidos ciegos. Como si sólo en espejo fuera posible ver su rostro, cuyo sentido trepaba por mí.
- Carlos; ese es mi nombre - le dije al rato bajo la sensación de que descubría un gran secreto.
El hombre me tendió la mano.
- A mí me llaman Cosme; pero he vivido tanto tiempo bajo otro nombre, que prefiero el de Rafael. Llámeme usted Rafael; estoy seguro de que podré responder más íntimamente por ese nombre (...)
Usted no ha estado nunca en América, ¿verdad?
Al llegar a la aldea me había despojado de toda vestimenta tropical. En mi casa me encontré un viejo traje de pana que había pertenecido a mi abuelo y unas botas. En seguida me busqué una manta y un sombrero de fieltro, de modo que mi apariencia no disonara allí. (...)
- Y usted, ¿usted ha estado en América? – le pregunto.
Me contestó en voz baja, apenas audible:
- Yo soy americano (...)
Todo el mundo dice que yo soy cubano. La verdad es que hace veintitantos años que salí de estas tierras. Mi familia, mi madre no me conocía, naturalmente, y durante los días que estuve con ella permaneció en duda. ¿No ha oído hablar nunca de una clase de hombres que se dedican a presentarse en las aldeas fingiendo ser algún indiano, ausente por muchos años? Mi madre, ya le digo, estaba desconfiada. (…)
• Pero, ¿qué le importa a usted esto? ¿Quién es usted, quién? Puede seguir su camino. Yo no lo conozco (…) creo que yo no voy a pasar de aquí.
• Comprenda usted, señor Carlos, que no puede uno contar sus cosas a cuanto ser humano se encuentra en el camino. Yo comenzaba a confesarle a usted intimidades que no me atrevo a referirme a mí mismo. – Sonrió mirándome a la frente -: Perdone usted (…)
• Tenga usted valor – le dije, sencillamente -, Aunque sea consigo mismo, uno debe comunicar siempre sus emociones.
Le hablé así porque sólo muy pocas veces había tenido yo ese valor. (…). Más tarde me he dado cuenta de que nuestras voces tenían una tan íntima semejanza en el tono, que el diálogo hubiera parecido desde afuera un soliloquio. Rafael me miró entonces vengativamente. Su deseo de comunicarme algo que por otro lado una parte de su ser se esforzaba contener, (…) Su expresión se cambió muy pronto por otra mucho más tierna y amigable.
Iba a hablarle de mi madre y, de pronto, me pareció que no debía hacerlo. ¿Se da cuenta de lo que es volver a la casa de uno, ver los rostros que uno conoce desde el fondo de los años y hallarse entre seres que no lo comprenden? Usted ha sido traído a mi camino en un momento feliz, y se lo voy a decir: salgo huyendo, ¿sabe de quién?, de mi madre. Es el único familiar que me queda, que yo sepa.
Rafael se levanta, dio unos pasos (…) y me dice:
• Voy a soltar el caballo para que se vuelva, la pobre vieja lo va a necesitar para llevar sus quesos a la feria.
En los pocos minutos que permanece fuera me pongo a imaginarme mi historia. Decido ante todo ocultar mi identidad: Si le digo que también yo vengo de América y que voy huido, el drama quedaría roto. El fresco del camino lo empujó hacia el fuego. Yo finjo sentirme amorrado, por el vino, y lo miro a través de las pestañas, a fin de no encontrarme muy de frente con su mirada llameante. Rafael se frota las manos y comienza a hablar como consigo mismo.
• Es milagroso cómo a pesar de estar desconfiada me recibió en sus brazos. Ahora yo pienso que sería si realmente no fuera yo. Si fuera un impostor que se presentara en su casa estando yo ausente. Comprendo que el nombre, el largo anhelo de espera de verme, la soledad en que ella vive… Pero, ¿y si no fuera yo? ¿Tiene uno la culpa de que ciertos sentimientos, ciertos egoísmos perduren sobre la tierra? La pobre vieja me recibió, es cierto, con la mayor compostura posible; pero también con el mayor cariño, y esto es lo que no perdonaría si se tratara de un impostor.
- - Justamente –digo- , usted estaría también tan ansioso de verla...
- -Mi madre es tratanta de quesos, no sé si se lo he dicho. Al morirse mi abuelo, el último de la familia, le dejó una huerta y cuatro paredes con techo muy bajo, y allí vive sola desde hace varios años. Yo no la hubiera vuelto a ver si no fuera porque... Pero tendría que hacerle una larga historia. ¿Tiene usted alguna idea, alguna noción honda de lo que es un escritor, poeta?
- Rafael ignora, claro está, que también yo escribo, que también yo vengo de América y que he venido a ver a mi madre. Le contesto afirmativamente. (...) Ciertamente, yo no podría permanecer con mi madre siendo yo mismo un impostor. Para estar tranquilo tendría que decirle muchas cosas, contarle mi vida. Como no puedo hacerlo me voy.
- Pero Rafael, bastaría con que usted mismo olvidara esa vida. ¿Qué se gana con volver sobre lo andado?
- ¡Imposible! Eso, ¡imposible! ¿Cree que no he tratado de hacerlo? No podría sostener por más tiempo la mentira de llegada, que yo había venido tan solo por verla a ella (…) Pero yo sabía que sólo había venido huyendo de otras cosas… (…) Fue al cuarto, bajó una almohada, y de entre el relleno sacó cinco billetes de cien pesetas y me los dio (…) pasan dos días y yo palpo los billetes en el bolsillo, sin saber que hacer, y por fin decido irme. Siento que la aldea se iba ablandando bajo mis pies; que mis pies se hundían en la niñez, que mi ser se ahondaba por minutos, en algo que llegaría a cubrir muy pronto mis veintitantos años de pugna interior contra la aldea”.

NOTAS:
1. España Estremecida, pp. 44-59.
2. Novás Calvo, L.: Maneras de Contar, Madrid: Las américas Publishing Company - New York, pp. 249-262.
Rivero, Manuel
Rivero, Manuel


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


PUBLICIDAD
ACTUALIDAD GALICIADIGITAL
Blog de GaliciaDigital
HOMENAXES EGERIA
PUBLICACIONES