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1929 a 2009

martes, 03 de noviembre de 2009
El 29 de Octubre hizo ochenta años del famoso crack de la bolsa de Nueva York. Aquella crisis que vino dada por una burbuja en la que el modelo financiero permitía comprar y especular con toda suerte de artificios en los que había más aire que dinero contante y sonante, algo parecido al pelotazo globo inmobiliario que ha sido y sigue siendo la causa de que nuestro país haya pasado de las mayores tasas de crecimiento a las peores en cuanto a deuda y paro, incluso con las máximas dificultades a la hora de superar el ciclo a la baja.

La pregunta es doble. ¿Sirvió la guerra para salir de la crisis del 29?, en cuyo caso, ¿que papel tiene las guerras en los ciclos económicos? ¿Hemos aprendido la lección para diseñar modelos financieros que huyan de la especulación y terminen por llevarnos a la depresión?

Mientras, hago un análisis intergeneracional. Soy de la generación de la posguerra y la dictadura. Me siento orgulloso por dos motivos. Hemos sido capaces de adaptarnos a una ingente cantidad de cambios tecnológicos que van, desde la pizarra y la enciclopedia Álvarez, hasta los actuales instrumentos informáticos de última generación, sin titubear. Quizá lo más complicado, y lo mejor. Fuimos capaces de transformar un país instalado en el autoritarismo político y religioso en un país de libertad y conquistas sociales, sin necesidad de rupturas traumáticas, más allá de vergüenzas como la de la persistencia de ETA en Euskadi, a pesar del nivel de autonomía y bienestar de la comunidad vasca.

Llevo muy mal los retrocesos en la generación de mis hijos. La generación que les toca dirigir y organizar el país. Incluso defender nuestras pensiones de jubilación. Trabajan catorce horas diarias. No tienen derechos sociales y laborales consolidados. Viven con sueldos que apenas son compatibles con los precios del mercado para poder acceder a los bienes y servicios de un ciudadano de la clase media que ha logrado la cualificación que tienen. Creo que las desigualdades y desequilibrios en la sociedad en la que desarrollan sus derechos ciudadanos, son mayores que la que construimos sus padres, por lo tanto, algo está fallando, a pesar de vivir en democracia, y tener consolidado el Estado de Derecho.

Mi hija Blanca, no puede comprarse una vivienda, y se pasa la gran parte de su juventud, dedicada a trabajar para una empresa que factura ingentes cantidades de euros. Ya no existe la economía social. Aquella que generaba beneficios en forma de empleos y salarios capaces de permitir la independencia de los trabajadores.

Mi hijo Antón, no puede vivir en el lugar del país en el que desea hacerlo, ya que el Estado de las Autonomías, se ha convertido, en un país con fronteras idiomáticas y competenciales, en las que cada comunidad mira de reojo al vecino y no está dispuesto a que le lleguen nuevos ejecutivos. Prefieren a los de las pateras, que a los universitarios con conocimientos.

Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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