Estamos pasando tiempos malos, con fríos y lluvias. El propio de enero y de Lugo. Eso sí, tal vez acentuado. Tiempo de salir poco y revivir tiempos pasados o pensar en sueños futuros. El presente no invita mucho a ensoñaciones.
Dejo pasar el tiempo mirando fotos antiguas y otras que, aunque recientes, representan aspectos de Lugo que ya no veremos. No me refiero a los suelos que nos han puesto, una injuria a la ciudad, hablo de paredes de monumentos que, porque lo mandó alguien, se enfoscaron, quedaron de un solo color, y ocultaron su historia a lo largo de siglos. Hoy quedaron despojadas de personalidad, con un aspecto incapaz de suscitar una pregunta curiosa en boca de un paseante curioso.
Hablo de la torre de la iglesia de San Pedro, tan chiquita, tan sin sobresalir, que tal vez muchos ni la recuerden o, en caso de recordarla, no sepan concretar cómo era.
Era de un tosco aspecto muy rural, como muchas casas de nuestras aldeas. Prismática cuadrada, con paredes de lajas de pizarra y aristas de sillares de granito. A lo largo de su alzado, podíamos ver ventanucos que, desde dentro, nos indicaban el discurrir de una escalera, seguro que sinuosa. También una profunda roza oblicua en una de las caras de la torre, nos indicaba la posición de un tejadillo que posiblemente cubría un zaguán en aquel Lugo del siglo XIV, en el cual aquel convento era un elemento suburbial.
En tiempos posteriores, ya con aires del barroco, se coronó la torre con un campanario y balcones en cada una de sus caras. Los balcones lucieron barandillas de granito con balaústres esculpidos y, coronando el campanario, un tejadillo a cuatro aguas con pequeños obeliscos en las esquinas, tal vez como protección de un posible viento agresivo, que bien sabemos que puede venir en cualquier momento.
Desconozco a quién se le ocurrió enfoscar toda la torre así como la pared lateral de la capilla de la Soledad. No sé si sus decisiones son de obligado cumplimiento, pero sí sé que se puede discrepar de ellas, y yo discrepo.
Pero justifico la causa de mi actitud. En Lugo hemos visto cómo se fue destrozando gran parte de nuestro patrimonio del modo más arbitrario y, en ocasiones, patán. Ahora, que casi todo está destrozado, es cuando aparecen voces lamentando todo cuanto se ha perdido.
En las paredes de esa torre estaba impresa su historia, y habría sido sencillo recuperarla y darla a conocer a todo el que quisiera acceder a ella. Ha sido algo así como borrar con una capa de mampostería un pedazo de historia que nos concierne. Que se quiera conocer o no, es cuestión de cada uno, pero no me gusta que se oculte cuando no hay razón para hacerlo.
También en este tiempo, en la calle de los Clérigos se ha enfoscado un paredón de piedra vista, más bien restos de obra. Al enfoscarla quedó una pared limpia y homogénea. Pero ocultó a los viandantes los restos del claustro románico, el que se desmontó para construir el actual de Casas Novoa. Otro dato histórico visible que se nos oculta.
Repito que discrepo de esas decisiones, me gusta ver en las calles y en las casas testimonios del pasado de la ciudad, disfrutarlos y comentarlos. Parece que no quisieran que se haga esto. Al menos, nuestro mayor dato histórico está visible y cuidado, la Muralla. Pero hay más vestigios y no es cuestión de ocultarlos impunemente.