Cuando un derrumbamiento es una señal de alarma
Dedicado a dos estimados amigos Javier Guimaré y Dolores del Rosario Godoy Delgado, Loly,
canarios que visitaron y disfrutaron esta ciudad romana y sacramental, sintiendo, como cualquier lucense,
honda preocupación ante la noticia del derrumbe de una parte de la Muralla Romana.

La noticia de un derrumbe en la Muralla Romana de Lugo, nos sorprendió y alarmó a los que estábamos lejos.
No es de extrañar, todos los lucenses llevamos la Muralla en el corazón -El muro romano cerca mi ciudad y cerca mi corazón-, escribía mi siempre admirado escritor mindoniense Álvaro Cunqueiro-, y no todos tenemos un conocimiento exhaustivo sobre su estado, sobre su historia en clara referencia a las vicisitudes que ha pasado a lo largo de los siglos y de los apaños que en diferentes épocas se le han hecho sin las garantías exigidas para un monumento de tal entidad.
Pero debemos recordar que la protección a la misma no es tan antigua. Antes que Patrimonio de la Humanidad fue Monumento Nacional, declarado en abril del año mil novecientos veintiuno, tras un salvaje atentado a la misma perpetrado el 23 de enero de ese mismo año, con orden directa del alcalde de autorizar el uso de dinamita ante la solidez y fortaleza que presentaba la estructura de la Muralla. El destrozo de cubos y lienzo pretendía un objetivo: abrir una nueva puerta de acceso a la ciudad, puerta conocida como del Hospital o del obispo Odoario. Siete años tardaría en verse terminada y abierta la última puerta. Fue el inicio de una protección definitiva.
Medio siglo más tarde en 1971, el Proyecto Muralla Limpia inició la recuperación integral de la misma, con la eliminación de todas las construcciones adosadas a la Muralla en su cara exterior. A punto de cumplirse medio siglo más tarde, llegaría el reconocimiento como Patrimonio de la Humanidad el último día de noviembre del venturoso año dos mil.
Un Patrimonio de mil setecientos años que debemos vigilar con mimo, pues múltiples razones nos aconsejan prudencia a la hora de garantizar la seguridad y estabilidad de la misma. Ninguna obra arquitéctonica está garantizada de por vida, de ninguna podemos garantizar su pervivencia de un modo absoluto. Cierto es que se llevan a cabo controles periódicos, que se planifican y efectúan rigurosos análisis con el fin de

preservarla y mantenerla, en la medida de lo posible, muchos años más, pero ha sido una exhaustiva y profesional diagnosis quien nos alerta sobre los peligros que la acechan y que, por consiguiente, la vuelven vulnerable.
No hay un peligro en concreto, lo que existe es una conjunción de riesgos. El desgaste natural de la piedra es uno de ellos. La utilización de diferentes materiales pétreos en la construcción de la misma así como la interacción físico-química existente entre estos materiales, el clima, la humedad, el exceso de agua, la colonización biológica animal y vegetal, los contaminantes y un amplio abanico de acciones humanas aceleran la degradación natural, amplificando los daños estructurales y químicos que ya de por sí son inherentes a toda construcción arquitectónica con el paso de los siglos.
No podemos olvidar que materiales distintos: granitos, esquistos, cuarzos, pizarras
evolucionan de forma diferente. Los procesos de erosión no siguen las mismas pautas en todos ellos y esto es observable en los paños de la muralla y sus cubos.
La climatología agrava la situación en cuanto a la persistencia de episodios lluviosos como el que seguimos sufriendo, con la sucesión de varias borrascas que han descargado sin descanso agua durante dos meses y con el rigor climático del período veraniago y otoñal marcado por las altas temperaturas. Estas diferencias de calor y frío originan dilataciones y contracciones en los materiales pétreos, provocando diaclasas y tensiones que derivan en pequeños arrastres internos, en procesos de degradación de los materiales por alteraciones inherentes a su composición.
Como todas las estructuras realizadas con elementos naturales inorgánicos, se manifiesta sobre ellos una notable biocolonización de todos sus elementos: musgos, líquenes y plantas vasculares inciden con sus raíces y diferentes sustancias agresivas a la composición mineral, generando un ataque y disgregación del sustrato pétreo. No olvidemos que todo elemento vivo ejerce como descomponedor no solo de la materia viva sino de la inerte. Es así como sucede el proceso de formación de suelos. A la acción de las plantas se une la acción de las aves, pequeños mamíferos, reptiles y toda una pléyade de animales invertebrados. Nidos, pequeñas galerías, excrementos y otros restos orgánicos, debilitan la estructura, tal vez no de una manera notoria si nuestra observación se limita a la medida de vida del ser humano, pero sí muy importante cuando la medida del tiempo supera nuestras expectativas vitales y se analiza desde parámetros mucho más amplios: siglos y milenios.
A todo esto, puros procesos naturales, se une los efectos de una contaminación moderna, la expulsión de óxidos de nitrógeno y azufre se depositan sobre La Muralla, generando reactivos químicos que, unidos a la humedad y al agua, afectan a la estructura de la piedra. A nadie se le esconde que uno de los gases que expulsan los automóviles es el dióxido de azufre, pues bien, en combinación con el agua se produce ácido sulfúrico, sustancia química tremendamente corrosiva.
A pie de obra, tras el desplome de un trozo de la Muralla interna en la llamada Rúa do Moucho -calle del Mochuelo-, su interior revela la causa de la caída. Se trata de una de las restauraciones poco rigurosas, que se realizaron en tiempos pasados, cuando la desprotección del hoy en día Monumento Nacional permitía tratar la restauración del paño dañado con una fila de losetas como quien construye el muro de una finca, el relleno interior con materiales sobrantes, restos reutilizados, tierra y arenas, con cachotes pétreos con gran poder de absorción, todos ellos materiales susceptibles de expandirse, de comportarse como verdaderas esponjas y presionar luego sobre el endeble muro recién restaurado de la Muralla.
Cierto es que eran otros tiempos. Sin un control riguroso y una mala planificación a la hora de reforzar el muro inteiror, al modo y forma de ejecución observado en la obra romana, era cuestión de tiempo que el muro fue abombándose y se viniera abajo.
No podemos negar, de igual modo, que hay otros efectos asociados al uso de la Muralla en tiempos pasados como pared de carga sobre la que asentar casas, almacenes y negocios. El rescate y restauración de la Muralla permitió la liberación de la mayoría de estas construciones, pero la rehabilitación y recomposición fue ardua y compleja pues en muchas de ellas había sido dañada la estructura original. Sólo quedan casas adosadas a la misma en la parte interor del monumento, pero se han hecho desmontes en esta larga historia, existen preocupantes fisuras que se vigilan y atienden y algunas construcciones que llegaron a provocar efectos irreversibles y que ahora toca afrontar con el mayor rigor posible. A pesar de todo ello, es excelente el estado en que se encuentra este Patrimonio de la Humanidad.
Hay un dicho que nos asegura que no hay mal que por bien no venga. Pues bien, el daño acaecido no ha sido de grandes proporciones. Apenas un par de decenas de metros, acaso menos, en un paño de poco altura en el interior de la muralla. Tal derrumbe puede convertirse en oportunidad histórica para el estudio a fondo de los errores de la restauracion efectuada a mediados del siglo XIX. Analizar y estudiar el daño de la zona colindante donde muro y relleno se hicieron de igual modo, sin criterio alguno de durabilidad y aplicar rigurosas medidas de estabilidad basándose en los avances arquitectónicos más actuales pero también en los avanzados conocimientos que confirman y muestra la arquitectura romana.
José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y de la vida. Escritor y educador ambiental.