Dedicado a quienes disfrutan creando arte, experimentando o, simplemente,
desarrollando actividades artísticas, sean del tipo que sean.
No hace mucho tiempo que llegaron a mis oídos las palabras de Haruka Murakami, eterno aspirante al Nobel de Literatura, reciente Premio Príncipe de Asturias y extraordinario escritor para mí, a quien ya le he otorgado, por su maestría, mi particular Nobel literario.

Sus palabras, sentidas y directas, venían a decirnos que escribir es método. Al parecer, el escritor, octogenario ya, se acuesta temprano, duerme sus buenas siete u ocho horas, se levanta a las cinco de la mañana y con una constancia, fortaleza y tenacidad a toda prueba, dedica al oficio de escribir entre cuatro y cinco horas seguidas.
Es decir, ha desarrollado un hábito de trabajo que le mantiene ante el ordenador un mínimo de cuatro horas diarias. No hay excepción. Para mantener su salud conjuga tal actividad con un diario cuidado al cuerpo. Para ello tiene otra rutina incuestionable: corre varios kilómetros en un tiempo que procura entre una hora y hora y media al que añade una serie de ejercicios complementarios. Una alimentación natural y saludable complementa su quehacer diario.
Lo cierto es que su enfoque vital ningún parecido guarda con el que gustaba llevar a otro genio de la escritura, este sí reconocido con el Nobel literario, Ernest Hemingway.
Para este hombre, la escritura era pasión desbordante y lo reflejado en su producción literaria era fiel espejo de como era su vida.
No había horas ni método, su vida convertida en un ciclón capaz de responder a los apremios de sus editores. Una vorágine de viajes, de lugares habitados, de casas, mansiones, guerras, accidentes, amores, de excesos sin cuento.
Y sí, llevaba una vida donde el amor, la pasión, la comida y la bebida formaban parte consustancial de su yo.
Ambos son, para mí, ejemplos antagónicos de como afrontar la literatura desde perspectivas personales bien distintas. Antagónicos en sus planteamientos pero con un objetivo esencial común buscado desde prismas personales diferentes: la perfección del hecho literario.
Ambos tienen razones para justificar su proceder vital. Se trata de personalidades distintas, cierto, pero también gestadas en tiempos distintos y culturas distintas.
En el arte de las creación literaria, para mí siempre habrá un alto porcentaje de método pero similar porcentaje coloco en el platillo de la balanza donde se encuentra la pasión, el ansia por vivir y un hedonismo que me atrae y cautiva.
No concibo la escritura sin método, sin un hábito diario, aunque en mi caso jamás es rígido en tiempo ni en horario. Necesito de la dedicación que supone sentarse frente al ordenador todos los días, pero considerar el tiempo dentro de un metraje obligatorio, ser reo de un horario inflexible, no forma parte de mi forma de entender el hecho creativo. Necesito aire en mi vida personal. Necesito saberme libre para caminar, para perderme a veces desde la primera hora de la mañana, necesito vagabundear sin rumbo fijo, holgazanear por casa, consultar libros, por ejemplo, sin un interés preconcebido, perder el tiempo en la búsqueda de no se qué, tras un libro que de antemano, ni sé cuál es. Reconozco que siempre con la cabeza en ebullición, cocinando proyectos literarios que pueden quedarse en interesantes y atractivos artículos o en ideas con la suficiente fortaleza como para gestar una futura publicación, un nuevo libro. No puedo ni quiero negarlo, necesito una dosis alta de anarquía.

Respecto a los placeres de Hemingway, comparto algún gusto común, muy lejos de esa pasión desmedida por realizar guiños a la muerte continuamente. Huyo de esa palabra atroz: guerra. No soy de pasiones amorosas ni de grandes insatisfacciones. Comparto su debilidad por las bebidas alcohólicas, no las de elevada graduación sino los vinos de cualquier zona vitivinícola española.
Cierto es que no rechazo los caldos de otras naciones -sé que los hay muy buenos-, pero la variedad y calidad de esta piel de toro que nos vio nacer es incuestionable. Si a tan amplia oferta unimos los extraordinarios malvasías de una de las islas y el agradable y sorprendente registro de selectos tintos isleños, es imposible e impensable no rendirse a sus placeres visuales, olfativos y gustativos.
De un modo siempre comedido, el vino es un placer dionisíaco que comparto desde la perspectiva de otro premio Nobel, Hermann Hesse, cuando en una de sus novelas -Peter Camenzind-, nos relata la complicidad de un padre y un hijo, adulto ya, en la enseñanza del primero a la hora de saborear y degustar un buen vino. Es héroe y mago, seductor y hermano de los hombres.
Y soy amante de los vinos porque amante soy de las tierras donde se cultivan y de las variedades que han dado lugar a caldos extraordinarios desde tiempos imnmemoriales. Todos ellos dan placer a mi paladar.
Palabras como Mencía, Albariño, Treixadura, Boval, Caíño, Listán Negro, Macabeo, Tempranillo
me traen sabores, olores y colores a mi memoria.
Semejantes sensaciones experimento con orujos, licores de hierbas, vodka, ron o wisky. No soy bebedor, ni siquiera ocasional, de ninguno de ellos, pues mi placer se queda en los vinos, pero disfruto de sus aromas propios, de sus singularidades y ocasionalmente, no rechazo en una fiesta popular, en un encuentro colectivo la degustación de una queimada, bajo el hechizo del sonido de una gaita gallega, o la celebración de una buena cosecha de cerveza en cualquier barrio holandés, belga o alemán o cuando, como un honor, te ofertan cualquiera de los wiskys producidos en cada uno de los múltiples valles escoceses, en cualquier aldea o pago de Escocia.
En todos estos casos me siento Hemingway y disfruto al máximo del momento y de la bebida, pero al igual que él, siento a un tiempo la irrefrenable necesidad de volver a escribir.
Método, pasión y vida, una trilogía que me permite disfrutar de lo mejor de cada uno de estos maestros.
José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y de la vida. Lector, escritor y educador ambiental.