Nuestros cánceres
Alén, Pilar - jueves, 05 de febrero de 2026
«Por San Blas la cigüeña verás». Sin pensar en este refrán ni en qué fecha estábamos, pocos días hace le comentaba a una persona lo extraño que me parecía no ver niños pequeños en un entorno que no sea un colegio o una escuela de primaria. De los bebés de 0 a 3 años ya no digo nada: brillan por su ausencia o, en el mejor de los casos, invernan por tanta agua y son rara avis en esta civilización con una sociedad tan avanzada. Sin decirle ni una palabra de este tema a una amiga, esta, como si fuera lo más normal del mundo, me confesaba que todavía recordaba la sonrisa complacida de su fallecida madre tumbada en una playa mirando a sus siete hijos como si no hubiese un mañana; eran cinco niñas y otros dos críos que habían llegado rezagados casi de milagro; entre la mayor y el pequeño apenas diez años distaban; con sorna apuntaba que cuando la primera hermana se jubilara irían todos en ristra de achaque en achaque y que entre todos tendrían que ayudarse si el espinoso tema de las pensiones no se aclaraba; observaciones, sin duda, oportunas y atinadas.
Querer retornar a seis o siete décadas atrás es soñar en balde. De ahí a que nos falten criaturas que nos alegren la vida con sus correrías, más parece ser una anormalidad o, incluso diría, una realidad desafortunada.
Aun así, algunos propietarios se quejan de la presencia de niños en sus negocios. Hoteles, balnearios, cafeterías o restaurantes ya marcan sus normas: nada de ver por el interior de sus estancias, ni zonas ajardinadas, rapazas ni rapaces. Más allá de sus razones -como que hacen ruido o que no son sitios para personitas de edades tan tempranas- me asombra que señalen que lo grave es que sus padres no les tengan o sepan controlarles. La educación es clave -no solo debe ser básica- pero pretender que los infantes sean como estatuas, es despojarles de su esencia y condición innata.
¿Deseamos que se callen? No les impongamos silencio con un dedo en los labios, ni les chillemos por todo lo alto. Esperemos, a poder ser, mirándolos detenidamente hasta que se percaten de que estamos intentando meter baza en esa tropelía de voces arrebatadas. Y lancémosles el mensaje, tal cual, sin segundas partes, como que habrá castigo o reprimenda si no retorna la calma.
Como contraste a la algarabía que los niños y la juventud transmiten, aun con molestias de variado tipo y calibre, en este último mes de enero hemos sufrido situaciones y momentos de inmenso desconcierto, sin poder evitarlo cargados de desazón en no pocas ocasiones. No vuelvo sobre ello para no añadir más tormento. Y suma y sigue, porque hoy, en concreto, es el Día Mundial contra el Cáncer, fecha que a todos debería servirnos de despertador pues no hay persona que no tenga un afectado por él a nuestro alrededor. A veces se presenta sin apenas síntomas y otras con inmenso dolor, sobre todo cuando, ya avanzado, se manifiesta como fuera de control. Evitar ese padecimiento es lógico, sobre todo cuando llega -digámoslo coloquialmente- en dosis sin medida, como si fuese administrado al por mayor. Remedios hay que lo parchean, pero no siempre son eficaces ni duraderos en el tiempo como para decir que estamos ante un mal llevadero en general.
Uniendo una y otra idea podría concluir la reseña con un par de ideas. Por una parte, que la bulla que generan los infantes son una minucia comparada con las muestras de malestar de los enfermos de cáncer. Por otra, que no saber o querer acoger a quienes nos alegran la vida correteando a sus anchas con algarabía es hoy en día otra enfermedad -que más allá de ser conocida como 'niñofobia'- es un sinsentido que nos pasará factura. ¡Cigüeñas de altos vuelos lleguen que el panorama renueven!

Alén, Pilar
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