Hace dos mil años, estas aves ya estaban ahí
Dedicado a las plantas y animales que siempre estuvieron ahí,
en el cielo y en las paredes de la muralla lucense.
Dedicado al compañero de estudios en la infancia, Antonio Callejo Rey, por su exquisita sensibilidad
hacia los seres vivos y su inestimable trabajo en la defensa de los ecosistemas y su biodiversidad.

Siempre me llamaron la atención los vencejos, desde muy pequeño. Siempre me cautivaron sus chillidos, sus vuelos rasantes, su seguridad y quiebros vertiginosos durante el vuelo.
Ahora, ya adulto, he seguido visualmente sus vuelos, observado cazando insectos voladores pegados a la muralla, emparejándose también aunque yo no lo supiera. La zona de caza está bien definida, se trata del espacio aéreo que por los lados definen las casas que bordean la muralla y la muralla misma, por su parte inferior, el asfalto y el tránsito continuo de vehículos y en el cielo, el espacio que se sitúa justo sobre la muralla. No mucho más, la razón es sencilla, gran parte de la biomasa alada invertebrada se encuentra en esa franja.
Y así, decenas y decenas de vencejos comunes, a partir de la segunda quincena de abril, llegan a Lugo para nidificar y lo hacen en los lienzos exteriores de la muralla, en su parte intermedia, ni cerca del suelo ni cerca del adarve , en el espacio existente entre unos dos metros, más o menos, de ambos lugares.
Esta especie migratoria tiene en Lugo una de sus mayores colonias de nidificación, nidos que ubican entre las milenarias piedras de la muralla, entre sus lajas pizarrosas, en los espacios que procura una obra realizada piedra sobre piedra sin aparente argamasa.
Disfruto observando sus vuelos, bien a primera hora de la mañana bien al atardecer. Son vuelos vistosos por la perfección de los mismos, por la seguridad manifiesta en sus quiebros. Sus chillidos, que al parecer tienen que ver con técnicas de caza, son indicadores de su presencia en nuestra tierra, aves procedentes de sus cuarteles de invierno en Africa central, capaces de recorrer unos nueve mil kilómetros para alcanzar tierras lucenses, y que aunque no figure en el catálogo español de especies amenazadas, si los encontramos en el Libro Rojo de las aves de España como especie vulnerable.

Entiende uno entonces por qué los trabajos de restauración de la Muralla se paralizan durante sus meses de estancia, por qué se realizan las limpiezas de vegetación antes de su llegada y por qué se respeta durante la etapa de nificación. A veces, ésta es una de ellas, la estética y la pulcritud que demandan algunos ciudadanos al ver la vegetación crecida, no van parejos con la conservación de la naturaleza y los ritmos biológicos de sus seres. Por eso es tan importante la divulgación y el conocimiento.
Alegra saber de esta sensibilidad por parte de las instituciones locales, provinciales y autonómicas a la hora de proteger la biodiversidad. Alegra saberlo, con el deseo expreso de que se trate de un protococlo consolidado, de una práctica indiscutible y garantista y no de un momento dulce que depende de los munícipes y responsables públicos que lleven las riendas de esta bimilenaria ciudad.
Es posible que cuando los romanos estaban construyéndola, los vencejos ya estuvieran ahí. Lo único que hicieron fue aprovechar la oportunidad de unas paredes idóneas para nidificar, habitarlas y hacerlas suyas. Así pues, permítanme ver la Muralla y los vencejos como elementos vivos patrimoniales. Vivos porque los vencejos no precisan justificación alguna, y la Muralla debemos sentirla viva porque sobre ella se desarrolla un ciclo biológico anual donde la cobertura vegetal y animal la redefinen en cada estación, la hacen diferente cada mes, día, hora, minuto y segundo pues conforma un hábitat específico donde se diferencian múltiples ecosistemas diversos.
Son estos hirundínidos aves que se alimentan, duermen y copulan en el aire, Sólo se posan para poner sus huevos, incubarlos y criar a los polluelos. Al parecer, de noche, los vencejos se elevan hasta los dos mil metros de altura y duermen en el aire reduciendo el aleteo durante el sueño.
Un millar y medio de ejemplares fueron censados en los paramentos de la muralla el pasado año. A esta población ornítica hay que añadir la propia de otra avifauna frecuente en la Muralla y su entorno, bien anidando, como es el caso de los gorriones, bien alimentándose en las zonas ajardinadas con césped que se encuentran entre los cubos del monumento. Es el caso de las palomas, las lavanderas y los mirlos.
Está claro que los vencejos traen uno de los sonidos característicos con que se anuncia la primavera en nuestra ciudad y, en este caso, en el entorno de la Muralla romana, como bien apunta el biólogo Antonio Callejo Rey, Jefe de la Sección de Biodiversidad del Servicio de Conservación de la Naturaleza en Lugo y sus incesantes chillidos forman parte del comportamiento social que les permite formar parejas.
Para mí, en cada regreso a mi ciudad natal, visualizarlos y escucharlos supone el reencuentro con vívidos recuerdos de tiempos infantiles, adolescentes y juveniles, de camino al colegio, al instituto y a la universidad, bajo resistentes fríos primaverales de un invierno que se negaba a irse, de ilusiones y deseos compartidos con los amigos, de amores adolescentes, de pandillas juveniles, de sueños de futuro que, cumplidos o no, eran presentes en aquel entonces.
Su estampa es, en suma, un encuentro permanente con la fugacidad de la vida.
José Manuel Espiño Meilán, miembro fundador del Grupo Naturalista Turcón, en la actualidad Presidente Honorífico del Colectivo Turcón - Ecologistas en Acción, socio de honor y miembro del mismo. Activista en la Plataforma por la Defensa del litoral canario. Divulgador y defensor de la vida a través de la docencia, la ecología, el senderismo, la escritura y el compromiso. Agradecido con las personas que han hecho de sus vidas una entrega en pro de la defensa de cada especie vegetal y animal. Crítico con aquellas otras capaces de provocar desatinos mayúsculos a la Naturaleza, ya sea por insensibilidad, egoísmo o desconocimiento de los ciclos y valores que la rigen.