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Maragatos, hasta debajo de las piedras.

Vaamonde Rodríguez, Jacobo - martes, 03 de febrero de 2026
Cuando, por casualidades de la vida (y obligaciones académicas), empecé a investigar sobre los movimientos comerciales que afectaban al interior de Galicia, y sobre todo a mi pueblo, Melide, no pensaba toparme con la palabra "maragato". No obstante, desde que un día se vino a la retina esa palabra, ya no salió de mi cabeza (y sigue sin hacerlo).

No estaba entre mis planes publicar un artículo sobre la amplitud de este campo de investigación. Es más, pensaba hablar sobre los problemas que nos afectan a los jóvenes en la actualidad. Pero, hay ocasiones en las que lo planificado se rompe totalmente por la llegada de una nueva historia, mucho más intrépida o, al menos, interesante.

Y sí, me volvió a pasar. En medio de una agradable comida con allegados, se pronunció la siguiente frase: "se decía que mi abuelo era maragato".

Desde aquel momento, empecé a hacer muchas preguntas, a interesarme aún más por la conversación e incluso a apuntar ciertos datos y nombres. Y sí, estaba ante una nueva y desconocida familia de posibles maragatos asentados en Melide.

Pero lo que pasó ayer me sonaba repetido, y es que, dentro de la complejidad de una estirpe como la maragata, tan repartida en el territorio y con vínculos en numerosos tipos de comercios, investigar sobre los arrieros de las tierras de La Somoza es bastante sencillo.

Tras la primera frase, mencionada anteriormente, se pronunció otra de igual importancia, o quizás mayor: "porque además, se dedicaban al comercio de telas". Ya no hacían falta muchos más datos para confirmar el relato.

Aun así, averiguar más detalles sobre esta familia me fue muy sencillo, puesto que al relatarme donde vivían esos posibles maragatos, se desbloquearon las pocas incógnitas que existían. Y es que hablaba antes de la facilidad del estudio sobre la maragatería. Pues sí, y no solo por sus formas de vida, comercio..., sino por su estilo arquitectónico.

Al igual que se reconoce de una forma muy sencilla una casa de familia indiana, con los astorganos ocurre algo muy similar. Una casa, con dos o más puertas de entrada, una más grande que la otra (para el trasiego de mercancías o animales), numerosos ventanales y un pequeño patio interior o exterior, es símbolo de maragato.

De esta manera, pude comprobar la amplitud de un estudio que nunca acaba, ni aburre, sino que enseña a valorar todos los detalles, y como un apellido, una vivienda, una tienda, o incluso, una cuadra, puede tener detrás tantas historia y tan bonita.

Los maragatos buscaron oportunidades en su territorio ante la poca fertilidad de sus tierras, que conllevaba la escasez de cultivos, y por lo tanto, la nula prosperidad económica.

Y así, de una tierra pobre como era La Somoza, salió una figura muy poco reconocida pero de vital importancia para el noroeste peninsular, una estirpe que abrió caminos, por los que ahora circulamos con nuestros vehículos a 120 km/h, que creó comercios, que ahora son casas, pero sobre todo, que dio vida a muchos pueblos de Galicia, en los cuales se crearon tiendas de ultramarinos, telas, pescaderías, almacenes... inexistentes en aquellos momentos.

Pues sí, los maragatos salen hasta de debajo de las piedras, porque cada una de las piedras que componen nuestras casas, nuestros pueblos, y en definitiva, nuestra vida, son historia, una historia que muchas veces desconocemos pero que hizo posible llegar a ser como somos hoy en día.

Conozcamos y sobre todo, valoremos nuestra historia, porque, nunca habrá presente sin pasado y tampoco sin el esfuerzo de nuestros ancestros.
Vaamonde Rodríguez, Jacobo
Vaamonde Rodríguez, Jacobo


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