No he podido dejar de fijarme, desde mi especial dedicación durante años a la dieta y el riesgo vascular, en las nuevas recomendaciones sobre alimentación publicadas por la Administración norteamericana, englobadas bajo la representación que se ha denominado pirámide invertida de Trump. Reconociendo que existe un gran problema de alimentación no saludable en EEUU, especialmente mediado por el consumo de comida rápida ultraprocesada, y motivos para intentar cambiar las recomendaciones alimentarias, me he acercado con interés a conocer la propuesta (
https://www.dietaryguidelines.gov/). No pierdo al hacerlo una de las perspectivas principales que me condujeron a empezar a escribir en GD: reflexiones bioéticas sobre la actualidad. En este caso recordando que, al analizar un potencial conflicto ético, siempre debemos empezar por identificar bien los hechos, la evidencia científica.
Recuerdo que la pirámide tradicional situaba en la base, como alimentos básicos, los carbohidratos, como el pan y el arroz. Los alimentos proteicos quedaban en la mitad y las grasas en la punta de la pirámide, como indicación de que deben consumirse con moderación.
Esta nueva pirámide alimentaria recomienda incluir alimentos ricos en proteínas en cada comida, priorizando las de origen animal, como la carne roja, frente a la vegetal, como legumbres y frutos secos. En la parte superior izquierda de la pirámide invertida coloca un filete o chuletón, mientras que las nueces, avellanas y legumbres quedan perdidas en el interior de la figura. La parte inferior de la pirámide, ahora paradójicamente su vértice, es ocupada por los cereales. El énfasis en la carne, los lácteos enteros e incluso mantequilla como fuente de proteínas es inadecuado por ser perjudicial al superar tanto el límite de grasas saturadas como ir contra el consejo científico de aumentar el consumo de proteínas de origen vegetal, dos de las bases para reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares. El aumento de carnes rojas, lácteos enteros y el consumo de mantequilla contradicen la recomendación que cuenta con más respaldo científico en cuanto a protección de enfermedades cardiovasculares que es la reducción de grasas saturadas. Se puede plantear mantener una alimentación más rica en grasas si éstas provienen del pescado o son vegetales, especialmente aceite de oliva, como propugna la dieta mediterránea.
Aunque no aparecen bien representadas gráficamente, sí son recomendaciones adecuadas, en cuanto al respaldo científico de una alimentación saludable, el que los lácteos sean sin azúcares añadidos, el consumo de verduras (cuanto menos procesadas, mejor), de cereales integrales y de grasas saludables. También es adecuada la recomendación de priorizar la comida real frente a los productos ultraprocesados y no añadir sal, azúcar o grasas.
Al desentrañar tanto la figura propuesta como la letra de las recomendaciones que pretenden ser representadas me he sentido confundido. La esencia de las pirámides nutricionales, por ejemplo la de nuestra clásica dieta mediterránea, con amplio respaldo científico en cuanto a protección frente al desarrollo de enfermedades no sólo cardiovasculares, es colocar en su base los alimentos que se recomiendan consumir frecuentemente y en el vértice superior los de consumo infrecuente (en el caso de la pirámide mediterránea carnes rojas y dulces). Por tanto, pierde el sentido gráfico invertir la figura y colocar la supuesta base en la parte superior. Por otro lado, hay incongruencias entre la descripción y el gráfico. Por último, pero más importante, hay recomendaciones no respaldadas por la evidencia científica como he tratado de describir.
Todo esto sin entrar en las críticas basadas en la sospecha de que estas recomendaciones pueden tener su base, al menos parcialmente, en intereses económicos o empresariales. Probablemente no es lo más adecuado que sea el Gobierno el que dicte recomendaciones alimentarias en lugar de dejar que sean las instituciones científicas más independientes económica e ideológicamente las que lo hagan.
La consolidación en nuestro entorno geográfico y cultural tanto de la dieta mediterránea como de la atlántica, ésta con énfasis especial en proteínas y ácidos omega-3 procedentes del pescado y en vegetales de hoja verde, hace que estas recomendaciones estadounidenses afortunadamente no nos afecten directamente. Pero, tras lo revisado, no puedo evitar la tentación de incluir estas recomendaciones en esa inversión del orden mundial, incluyendo la alteración de la escala de valores, que Trump ha ido consiguiendo en este primer año de mandato y que sí nos está afectando. Al igual que ante otras medidas que cuestionan la evidencia, como la puesta en duda del beneficio de algunas vacunas y la limitación del calendario vacunal, la comunidad científica debe pronunciarse.
Juan Antonio Garrido, médico internista y especialista en bioética