Aquellas noches de Caracas
Cuando leo las tropelías que han cometido y están cometiendo el gobierno y los invasores yanquis en

Venezuela me acuerdo de mi gente de Caracas, ciudad que visité en los años ochenta y noventa con cierta frecuencia. Es que allí se fueron muchos de aquellos niños de Cudeiro con los que jugué de pequeño y entre ellos mi primo Alvarito, que para mí siempre fue aquel hermano deseado que nunca tuve. Con él conocí mundo y fue él quien me introdujo y me enseñó a disfrutar de la hermosa ciudad que fue por aquel entonces.
Muchos de aquellos amigos han viajado al espacio, otros a Miami, como hicieron los cubanos. Los que pudieron regresaron a Galicia como mi querido Luís Devesa y sus colegas de Celanova, algunos incluso con un poema en el alma por capital. Pero hubo quien no pudo emprender el regreso y aún enciende en la Hermandad Gallega la llama de la galleguidad, esa que Maduro quiso apagar y no pudo; y que espero que respeten por muchos años los que están y los que vengan.
También me acuerdo de mi amiga Carmen Victoria Pérez, La Flaca, de brillante carrera televisiva y a la que

deseo fervientemente que su Dios tenga en la gloria: allá por el 2019 no resistió el chavismo y se nos fue para siempre. Me pregunto que camino tomarían otros amigos de la tele, como Rodrigo, Alex, Orlando y tantos otros que me ofrecieron su amistad y sus programas.
Tampoco puedo olvidarme de los hermanos Piñeiro. Verás porqué.
Mi primo Alvarito me llevó por primera vez a El Portón en el año 86 del siglo pasado. Lo recuerdo muy bien porque esa noche nació la idea del programa DESDE GALICIA PARA EL MUNDO, que hasta hace poco curaba la morriña de los corazones errantes.
El Portón era la auténtica embajada española y en sus noches de arpa y "Alma llanera" mezclada con sabrosas arepas y las mejores viandas, reunía en sus mesas a las grandes personalidades del gobierno de entonces y la oposición, con embajadores, hombres de negocios, periodistas de allá y de aquí, y hasta con los presidentes gallegos. Yo acompañé a más de uno.
Los artífices de aquella cosmovisión nocturna eran los hermanos Piñeiro, Pepe y Ramón; gallegos de alma y vida, gente excelente, de corazón emigrante, que nunca olvidó ni la humildad de sus principios ni el lugar de sus orígenes, Brión, desde donde ambos los dos viajaron prematuramente al Espacio.
Yo les quería mucho y cada vez que fui a Caracas no dejé de compartir mesa con ellos, al menos una noche, en el inolvidable restaurante del que no quedan ni las paredes, porque falleció en el combate urbanístico de la revolución bolivariana.
Pepe era de izquierdas y atendía muy bien a la gente socialista mientras Ramón era más de derechas que Manuel Fraga, ambos presumían de una gran amistad. Cuando Fraga me cesó como director de Televisión de Galicia, Ramón me dijo...
- Yo le pedí a Fraga que tú siguieras, que tenías un gran plan para la emigración, pero me mandó a la mierda, chico...
Yo no sé si fue por Ramón, por Pepe Cuiña, por Diz Guedes o por Pérez Varela, todos amigos a pesar de las discrepancias políticas. Pero lo cierto es que Fraga, en sus últimos tiempos, me tuvo una gran estima profesional, que no es lo mismo que personal.
Pepe Piñeiro era un hostelero inteligente, de esos que sabía llenar el restaurante por simpatía. Porque cenaras lo que cenaras siempre te reías. Una de esas noches me presentó a un gran arpista de apellido Barreiro, gallego de Forcarei; un primo de José Luís Barreiro Rivas que el politólogo no conocía, según me confesó. Fue cuando supe lo afortunado que era por compartir vida y alguna aventura con mi primo Alvarito.
Ramón Piñeiro me presentó a mi querida amiga Carmen Victoria, por entonces la gran estrella de Venevisión. A ella le debo haberme introducido en el ambiente profesional de la televisión venezolana y he de confesaros que a punto estuve, en el año 90, de dirigir Radio Caracas Televisión, pero no tuve el valor que tuvieron los miles de compatriotas que escriben o escribieron su vida en tierra ajena.
Una noche, Ramón y yo fuimos a cenar con el embajador español, que veraneaba en Oleiros. Caracas no estaba ya para pasear bajo las estrellas por la inseguridad y esa vez mi amigo quiso darme una exhibición del poder que tenía un "simple hostelero emigrante gallego" como le gustaba decir.
Hizo una llamada telefónica y al poco rato nuestro coche estaba rodeado de "moscas", como le dicen en Venezuela a los policías motorizados que hacen de escoltas.
La vida de Ramón y Pepe Piñeiro tuvo unos duros comienzos que yo prefiero permanezcan en el olvido, porque es la historia de la mayor parte de los protagonistas del gran éxodo gallego a Latinoamérica. Nadie les había regalado nada y ellos sí fueron siempre generosos con esta Galicia y con Brión que les adeuda un sencillo homenaje.
Ni Pepe ni Ramón Piñeiro se merecían emprender tan jóvenes el último viaje. Yo echo de menos aquellas conversaciones político-lúdicas que bien podrían tener continuidad en la tierra que les vio nacer y también partir...
Te digo que hay una Venezuela que llevo en lo mas profundo de mi corazón, que no es esta en la que el fascismo yanqui se sirve de las marionetas bolivarianas. Cuando aquella Venezuela -dispersa actualmente por la diversidad- llora, yo también. Si alguno de aquellos amigos a los que no he vuelto a ver están por estos predios les ruego me lo hagan saber, no para compartir penas, sino para recordar aquellas alegrías.