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O Caurel. Bajo el imperio del agua.

Espiño Meilán, José Manuel - viernes, 23 de enero de 2026
Dedicado a su gente que, generación tras generación, ha sido fiel a una tierra, paraíso o infierno,
según soplaran los vientos migratorios, el éxodo de sus hijos y la soledad de sus mayores.
O Caurel. Bajo el imperio del agua.
Y de pronto el caos y la muerte. La sinrazón y la locura.
Los últimos días de septiembre del pasado año me encontraron en el Camino de Santiago. Siempre es una buena manera de iniciar el otoño. Reviso ahora, en mi ordenador, algunos artículos pendientes, artículos que no tuve ocasión de publicarlos en su momento por razones varias, siempre apremiantes: devastadores incendios, contaminación marina, playas cerradas, gozosos encuentros con escritores y sus recientes publicaciones, unos conocidos, otros no, nuevas reflexiones sobre Premios Nobel de literatura...
Y es ahora, desde la perspectiva que da el paso de diez meses, cuando constato, una vez más, la enorme capacidad de destrucción que el ser humano posee sobre la naturaleza, pues aquello que en marzo observé multicolor, pleno de belleza y armonía, unos meses más tarde, culminado el verano, era negritud y cenizas, desolación y silencio.
Permítanme tirar de nostalgia, una nostalgia reciente ante tan sangrante resultado, nostalgia que denuncia la interminable insensatez del ser humano. Aquello que van a leer a continuación es el texto del artículo que deseaba publicar en marzo del pasado año. Por respeto a la belleza, no le he cambiado una sóla línea. Deseo que comprendan ustedes la dimensión del naufragio. Que lo comprendan y sufran pues, de un modo u otro, todos somos partícipes del desequilibrio existente en esa relación, díficil por ambición humana, difícil por egoísmo humano, que mantenemos con la naturaleza.
Una buena parte del paisaje que paso a describirles, de las vidas de animales observados, de la ancestral cultura de sus pobladores, poco o nada queda tras los voraces incendios, tras el pavor del fuego que todo lo arrasa, tras la muerte del campo, bosques y aldeas. Y eso fue lo que sucedió en el verano del pasado año en Castilla León, Galicia, Extremadura y Andalucía.
"Marzo marzán, cara de can. Abril, augas mil. En maio, ainda a vella queima o tallo"... son refranes que muestran la sabiduría popular, acuñada para los meses primaverales en Galicia. Frío y agua son reminiscencias del pasado invierno que, en esta estación de las flores, ralentiza la floración de las plantas y se vuelve remolón a la hora de marcharse.
Y precisamente, esta ralentización en su marcha, estos fríos que acompañan la primavera, a veces hasta mayo, las lluvias que riegan montañas, valles, bosques y praderas son las que alimentan los riachuelos, llenan las presas y desbordan los ríos, son las que permiten el buen estado de la masa boscosa en Galicia, masa forestal que supera -superaba pues algo ha perdido tras el escalofriante y devastador verano- el millón cuatrocientas mil hectáreas de superficie arbolada, lo que supone el 48 % de la superficie total de Galicia, convirtiéndose así en una de las masas forestales más grandes de Europa.
Y fue a finales del mes de abril del pasado año, tras la lluvia continua que afectó a la Semana Santa, cuando, aprovechando un pequeño receso en la inestabilidad atmosférica me acerqué a un paisaje ancestral de la montaña lucense, a valles tranquilos donde reinan las cabras enanas y donde ranas, salamandras y tritones están presentes en sus arroyuelos.
O Caurel. Bajo el imperio del agua. Desconocía todo de este paraíso forjado por las morrenas de antiguos glaciares. Y, añoré tiempos de antaño, en los que recorría los valles tras los gráciles saltos de los corzos, intentando descubrir el rastro de las silenciosas nutrias e identificar las huellas de cánidos salvajes, los lobos y de plantígrados viajeros, los osos pardos.
Pero mi tiempo es ahora, galopando hacia los setenta sin el deseo expreso de que el tiempo transcurra tan rápido, con mucha menos vitalidad pero con la misma ilusión de aquellos tiempos y los sentidos alerta. Fue en estas circunstancias en las que dejé que la serranía me hablase.
Y me habló con la elocuencia de sus silencios.
Y me cautivó con los sonidos de aves que jamás había escuchado.
Y me embrujó con las cantarinas voces de sus ríos, riachuelos y fervenzas.
Aún ahora, cuando estoy escribiendo este artículo, a punto de transcurrir un año desde la emoción de un viaje que se me antoja reciente en la memoria, soy incapaz, por su número, de recordar la cantidad de fervenzas observadas.
Relataré el viaje, tiene que ser ahora, antes de dejar de sentirlo, por la tragedia de los incendios, como una herida abierta.
Siempre la pasión supone dolor y goce y así percibí yo la serranía.
Veintiuna mil hectáreas tiene la sierra del Caurel. La mayor parte de su superficie cubierta de montañas y valles fruto de antiguas glaciaciones.
Viejos puentes de madera tapizados de musgos, salvando ríos; albarizas en las pendientes de las montañas, ideadas para preservar las colmenas de la gula de los osos, saltos y más saltos de agua, todos sonoros y todos distintos, aguas bajando escalonadas por la montaña, bravas a veces, dejándose caer decenas de metros con rugidos ensordecedores, tanta altura que a sus pies llega pulverizada, formándose una gratificante y fresca neblina; aguas frías y aguas puras, fuentes, manantiales, lavaderos; nieves en sus cumios hasta avanzada la primavera, retamares donde el amarillo, el lila, el rosa y el blanco modelan paisajes de cuentos de hadas…
Sendas donde el agua comparte con el viajero el mismo camino. Uno la sortea o la pisa o la evita o la salta, pero el agua sigue ahí pues es la montaña, el sustrato de la montaña una esponja embebida en ella y rezuma por todos lados formando a tus pies arroyuelos que alimentan ríos y dan sonoridad al fragor de las cascadas.
Incorporo fotos a este artículo pero apenas dicen nada. No se puede sentir en ellas el contacto del tacto, no se escuchan los sonidos asociados a las imágenes, ni se huele la fragancia de las orquídeas salvajes y de las olorosas retamas. Ni siquiera veo la imagen del ave en vuelo y su majestuosidad, ni percibo, extasiado, el agua explosionando en espuma y vapor en la caída de las fervenzas.
No habrá nombres en este artículo porque es imprudente e innecesario, porque el paisaje se descubre caminándolo, porque la belleza se preserva silenciándola. La naturaleza se siente formando parte de ella. Por eso, si existe interés notable en descubrir el paraíso, con el nombre dado es suficiente y las redes sociales y las plataformas de contenidos saciarán, a veces lamentablemente, las ansias de conocimiento, descubrimiento y aventura de cualquier mortal.
Yo puedo hablarte de sensaciones percibidas al observar pueblos centenarios cuyas casas, cuadras y alpendes son de piedra seca, sin apenas argamasa, donde las paredes presentan un grosor notable. Losas de pizarra negra cubren los techos de las mismas. Pueblos negros les llaman. Pueblos deshabitados la mayoría porque la despoblación de los pueblos de montaña es un cáncer imparable. Muere el último cantinero, el último tendero, la última casa de comidas y el pueblo, sin lugar de encuentro, sin la socialización necesaria que trae el bar y quien lo regenta, sufre en silencio y agoniza el ambiente, se vacían las pocas casas habitadas y el caserío se pierde.
Recorro sus calles de pizarra, entre muros de pizarra y techos de pizarra. Y veo elevando la vista, desde abajo, los armazones de balcones y tejados, realizados con incorruptibles vigas de viejos carballos.
Silencio hay en el espacio no habitado y es que sus únicos habitantes ahora, son los pájaros. Sólo quedan los cantos de los pájaros y cuando no se escuchan, silencio.
Hubo osos y lobos en un pasado no tan lejano. Luego el ser humano les llevó hasta el borde del exterminio. Algunos regresaron de las serranías circundantes, de los montes de León, de los montes portugueses y de los asturianos y alguno se ve, pero muy de cuando en cuando. Hay inquina en nuestra relación y, en cuanto la especie recupera un poco sus poblaciones, la caza y muerte del lobo es nuestra respuesta.
Tras largos paseos entre hayas interminables en altura, cuyas cortezas rezuman el agua que conservan los musgos adheridos a ella, abrazando con la imaginación robles imposibles de abrazar por su diámetro, caminando castaños sobre su hojarasca otoñal, cierro los ojos y me pregunto cuánto tardará en sucumbir este último paraíso.
Lo pienso ahora, tras leer los artículos de El Progreso -un periódico lucense- de los días uno, ocho y veintidós de abril del pasado año, en que revelaba la situación de las lagunas glaciares y de sus rojizas aguas, del bosque encantado de la Devesa da Rogueira, de la aldea de cuento de nombre A Seara, de rincones mágicos en el municipio de Quiroga.
El diario no es más que otra puerta abierta a una difusión masiva a millones de usuarios, usuarios ávidos de una foto, de un hollar sin estar, de un paso rápido, de un visitar sin comprender nada. Es este el potencial riesgo que todos los medios de comunicación, impresos y digitales así como las plataformas de contenidos y redes sociales tienen con la divulgación, pero es también una oportunidad al encuentro con lo mejor del ser humano.
Los últimos pueblos, las últimas aldeas, las últimas casas abandonadas de pizarra convertidas en fenómeno visitable en las redes sociales, en un nuevo producto apto para ser consumido, usado y abandonado, pero también, acaso, apto para ser puesto en valor.
La palabra glaciar es el término mágico que permite comprender este paisaje y entroncarlo con la eternidad del pasado. las palabras: educación, sensatez y respeto los valores necesarios que el ser humano necesita para disfrutarlo y amarlo.

José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y de la vida. Escritor y educador ambiental.
Espiño Meilán, José Manuel
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