La información y sus límites
Silva, Manuel - lunes, 26 de enero de 2026
La información y la comunicación son tan absolutamente necesarias para que la sociedad se desarrolle civilizadamente y para que nuestros espíritus vivan, como necesarios son el aire que respiramos y el alimento que tomamos para que nuestros cuerpos no se mueran.
Porque no vivimos en solitario. Convivimos con los demás. De esto ya nos advirtió Aristóteles al señalar que un hombre que viviera fuera de cualquier comunidad y sin comunicación con los otros sería más o menos que un hombre: sería una bestia o un dios.
Pero, al vivir en comunidad, al convivir con otros, se hace imprescindible estar bien informados de lo que hay, de lo que pasa, de lo que puede pasar, de las causas y consecuencias de esto que pasa o puede pasar. Se hace preciso que establezcamos códigos comunes para entendernos, para comunicarnos, para que las señales enviadas por un emisor sean bien conocidas y correctamente interpretadas por el receptor. Y sin hacer trampas ni artificios.
Cuando, a lo largo del siglo XVII, van apareciendo los primeros periódicos, toda la soberanía, incluida la informativa, residía en los reyes. Eran tiempos de monarquías absolutas. Después, tomaron el relevo los empresarios y los profesionales. Sobre todo, los empresarios.
Pero, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 provocó un cambio radical respecto al pasado, al establecer que "todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión, lo que implica el derecho a no ser molestado por sus opiniones y por buscar, recibir y propagar, sin consideración de fronteras, informaciones y opiniones por cualquier medio de expresión".
Los teóricos de la comunicación suelen coincidir en señalar que, desde 1948, la información no es objeto de una potestad del Estado, ni de apropiación por parte de las empresas informativas o de los periodistas. Subrayan que, desde entonces, hay una conclusión revolucionaria: "La información pertenece al público". La información es el objeto de un derecho humano, y la libertad es el único modo de ejercitar con sentido ese derecho.
Si, como queda dicho, la información es, antes de nada y sobre todo, un deber, para cumplir con ese deber es preciso que quienes se dedican a esto tengan que ser unos profesionales muy bien preparados para responder adecuadamente a la triple finalidad del oficio: "informar, formar y entretener". Y, por lo que respecta al apartado de informar, tener siempre en cuenta el deber de responder correctamente a las famosas cinco preguntas (las 'five W' del inglés): "quién, qué, cuándo, dónde y por qué", formuladas ya en el siglo IV a.C. por Aristóteles en su obra Ética a Nicómaco.
Estar dispuestos a contar día a día con verdad y con rigor lo que ocurre y lo que tiene interés. Informaciones bien contrastadas y sin adjetivos, pues los hechos "son sagrados". Y también, a comentar, a opinar y debatir sobre las causas y consecuencias de esos hechos, teniendo en cuenta que "las opiniones son libres". Y dispuestos, asimismo, a entretener y a hacer pasar ratos agradables con páginas y espacios de prensa escrita, radio, televisión o internet dignos de un ser humano.
Son necesarios periodistas que sepan que la ÉTICA es una ciencia que trata sobre la rectitud de los actos humanos de acuerdo con los principios últimos de "la Razón" -Razón, con mayúscula-, para que puedan hacer frente a un ambiente muchas veces sin principios y sin 'otras razones' -estas razones, co n minúscula- que no sean las de complacer al poder establecido, a la audiencia o al número de lectores a cualquier precio. Periodistas que sepan que la ESTÉTICA es también una ciencia que reflexiona acerca de la belleza, del arte y de lo que tiene sentido. Así se evitará la grosería, el mal gusto, las torpezas y los sinsentidos.
En cuanto a los límites, cabe subrayar que la Constitución española de 1978 y otras leyes que la desarrollan, proclaman y amparan con toda claridad la libertad de información y de opinión, pero también sitúan los límites en las injurias y las calumnias, así como las intromisiones injustificadas en el honor, la intimidad personal y familiar y la propia imagen.
Pero, independientemente de códigos y legalismos -que permiten muchas veces defender una tesis y la contraria, como lo demuestran la disparidad de sentencias sobre problemas similares, según el juez que te toque- a mi modo de ver, para reconocer los límites hay unas características básicas: formación sólida, pasión por la verdad y la justicia, sentido común, ponderación y buen gusto.
Llegados a este punto, creo conveniente aludir a lo que se viene denominando "periodismo basura". El Diccionario de la Lengua Española de la RAE, al definir la palabra "basura" le busca su origen en el verbo latino 'verro, verris, verrere', que significa "barrer".
Y, en sus distintas acepciones, equivale a: suciedad, residuos desechados y otros desperdicios, lugar donde se tiran estos desperdicios, estiércol de las caballerías, y cosa repugnante y despreciable. Y en otra acepción se dice que se usa para indicar que lo designado por el sustantivo al que se pospone es de muy baja calidad: "comida basura, contrato basura...". Y, en el caso que nos ocupa, habría que añadir: "periodismo basura".
Y, evidentemente, la basura hay que barrerla, quemarla, destruirla o enterrarla. Y, a poco que prestemos atención, observaremos que solamente las moscas, los gusanos y los cerdos se encuentran a gusto en la mierda y la basura.
En el Informe Mundial que sobre la Comunicación publicó en 1999 la UNESCO, en el apartado referido a la 'Comunicación y problemas éticos' también se subraya que "mientras que en la mayoría de los países industrializados la democracia parece progresar espectacularmente, los medios de comunicación son objeto de duras críticas por su tendencia a lo espectacular, a la exageración o a la superficialidad".
También precisa que "el fenómeno de los grupos multimedia -que reúnen en sus manos el conjunto de medios de comunicación y de producción de imágenes, sonido y texto-perjudica al pluralismo e incluso puede ser un freno para la implantación de la democracia".
Otro problema, según la UNESCO, se refiere al uso abusivo del marketing político y de la televisión en la actuación política porque, para muchos, las elecciones ya no se ganan en función de un programa, sino de la imagen pública que sepan dar los líderes. También cabe preguntarse por el uso abusivo de los sondeos de opinión".
Asimismo, agrega el Informe, "es preciso interrogarse sobre las consecuencias éticas del desarrollo de las nuevas tecnologías y, en particular, de la realidad virtual. Las imágenes virtuales y de síntesis que, utilizadas con fines perversos, pueden inducir a error y engendrar peligros que la reglamentación actual no ha previsto. Con imágenes que son más reales que la propia realidad". Y es que, efectivamente, en muchas ocasiones resulta muy difícil distinguir lo verdadero de lo falso.
Igualmente, subraya, "la creciente ola de violencia en los programas de televisión, en los videojuegos, así como en otros medios y la influencia que ejercen sobre los niños y adolescentes, es un tema controvertido que inquieta sobremanera a padres, educadores y políticos".
Estoy seguro de que nunca como hoy hemos tenido a nuestro alcance unos medios tan potentes y tan extraordinarios. Las llamadas 'Redes sociales' (Instagram, Facebook, Tik Tok, X (antes Twiter), LinkedIn, You Tube, entre otros) pueden hacer una labor extraordinaria en beneficio de la humanidad prestando unos enormes servicios, pero, a la vez, también nos pueden sembrar basura, violencia, bulos, mentiras, calumnias, sin que jueces o gobernantes sepan, quieran o puedan ponerles freno.
Todos conocemos los efectos sumamente dañinos de las drogas como la cocaína y la heroína, la marihuana o el fentanilo, y miedo me dan las adicciones a ellas por las funestas consecuencias que están causando en jóvenes y mayores, pero todavía mucho más miedo me da ver a niños de 7 a 10 años 'enganchados' a Internet a través del móvil, de una tablet o, incluso, del ordenador. Y miedo me dan también los adolescentes de entre 10 y 18 años embarrándose dócilmente en la inmensa basura y porquería que también abunda en las redes sociales que -además de ofrecernos contenidos útiles, prácticos y muy interesantes- también nos 'regalan' mucha pornografía infantil y de adultos, así como abusos sexuales, etcétera.
Creo que tanto las administraciones públicas como los padres, profesores y los mismos abuelos tenemos la gravísima obligación de redoblar nuestros esfuerzos en estos tiempos de tantos y tan interesantes avances científicos y técnicos para que nuestros hijos, nietos y alumnos crezcan sanos, cultos y libres, y no se vean 'prisioneros' de tantas redes y de tantas cárceles que, aunque no se vean sus barrotes, sí se ve con total claridad que anulan toda esperanza de libertad, puesto que, ya desde la infancia y la pubertad, se les ve adictos a programas absolutamente rechazables.
En este sentido me alegró leer en la prensa que el Ministerio de Juventud e Infancia anunció a principios de este mes de enero que está elaborando una norma para combatir la sobreexposición de los menores en las redes.
Estoy convencido de que nunca como hoy hemos tenido a nuestro alcance unos MEDIOS tan potentes y tan extraordinarios y que, por ello, se hace necesario que aprendamos a utilizarlos para mejores y más altos FINES, al objeto de construir o reconstruir un mundo un poco más habitable.
Creo que no debemos entregar el poder al 'Gran Hermano' electrónico ni, como papanatas dar audiencia a quienes nada tienen que decir, excepto ofrecer violencia, bulos y basura.
Conscientes de nuestro deber y de nuestro destino, hemos de hacer todo lo posible para que el hombre, autor de tantas maravillas, no conduzca borracho, drogado o enloquecido por las autopistas de la Comunicación sin saber a donde se dirige. ¡Probablemente al abismo!, cayendo por un terraplén.
Ha de agarrar el volante con responsabilidad y abrocharse muy bien los cinturones de seguridad, usando adecuadamente el acelerador y el freno, para controlar la situación y reinar sobre su obra, y no tener que lamentar un accidente en el que el inventor pueda morir aplastado por sus inventos.

Silva, Manuel