Dedicado a quienes no ven más allá de su ombligo a la hora de mancillar, destrozar,
humillar la belleza y la poesía, entristecer el corazón de sus creadores: poetas y poetisas.
Dedicado al amigo que, justo a finales de este mes de enero, hará seis años que se ha mudado
al monte Parnaso, especie de Olimpo para escritores y poetas.
Intento descifrar lo escrito, una pintada realizada con rapidez y arrogancia. No es fácil, pues a estas actuaciones irreverentes, carentes del más mínimo respeto, siempre les ha acompañado una alta dosis de incultura e ignarancia.

Después de fotografiarlo, lo aproximo con el móvil para procurar su lectura. Creo distinguir una palabra inglesa y, bajo ella, un esbozo de firma, supongo que el grafismo de guerra del autor en el submundo de la estupidez. Difícil asegurar lo escrito, hasta en esto demuestra su autor desidia y abandono.
Intuyo que la palabra es DEAD y no me es preciso buscar su significado en un diccionario. Muerto es la primera acepción que surge en mi mente, pero yo deseo rastrear otras, pues sé que tras este vocablo muchas otras en castellano prestan significado a este término inglés. Me quedo con vacío, una de las acepciones registradas por el Cambridge Dictionary, pues vacía se encuentra la cabeza de su autor, la persona o personaje que escribió sobre la poesía de Jose Luis González Ruano esta palabra, mancillando el monolito de escorias encendidas que observamos junto al Paseo Costero de Telde, justo enfrente del bufadero de la Garita.
Cierto es, también, que muerta se encuentra la mente del agresor, muertas su ideas cuando de un modo deliberado y consciente, con un objetivo claramente manifiesto, se detiene en el paseo a la altura de la piedra hincada, abandona el paseo, salvando para ello las piedras que protegen la obra artística, avanza un par de pasos y con el bote de spray dirigido a la placa donde se encuentra la poesía, rotula sobre la misma, esa palabra: DEAD.
Me llegaron los avisos de tan incomprensible agresión por boca y wasaps de múltiples amigas y amigos. Todos lamentaban lo sucedido, muchos habían llamado al ayuntamiento de Telde y a su policía municipal para notificar este atentado patrimonial.
Lo cierto es que aquella palabra: DEAD, sin él saberlo, el irrespetuoso grafitero la había rotulado en el corazón de cada uno de ellos.
Me acerqué ese día a valorar el daño, realizando un paseo pausado desde la playa de Salinetas. Lo cierto es que el Paseo Costero teldense permite tomarle el pulso al litoral cada día, gozarlo, disfrutarlo, sentir como despierta nuestros sentidos, nuestras emociones, pues cierto es que por muchas veces que lo recorramos, jamás nos encontraremos ante un mismo paisaje.
Fue así como, mucho antes de alcanzar la zona del Bufadero, en el Paseo mirador de Melenara, justo donde se encuentra un texto de Luis León Barreto dedicado a la obra escultórica del dios Neptuno surgida de las manos del artista Luis Arencibia, el panel informativo se encontraba lleno de pintadas. Éstas, más primarias aún, vulgares, realizadas bajo la insana intención de dañarlo, emborronaban los textos arruinando el mural. Me asaltaría más tarde la duda de si no sería la misma persona, la autora de ambos atentados culturales y patrimoniales.
Extraje un paño húmedo que, dentro de una bolsa impermeable, siempre llevo en la mochila. La razón era simple: limpiar, si era posible, la placa donde se encuentra escrita la poesía de José Luis. También portaba un bote con alcohol, capaz de diluir las tintas empleadas. Vertí en el paño una cantidad generosa de alcohol y probé a limpiarlo. Sin dificultad alguna, la tinta azul desaparecía, dejando no obstante, el paño inservible para la siguiente limpieza.
La limpieza de este panel no era mi objetivo y deseaba conservar parte del paño limpio para paliar en lo posible el destrozo acaecido en la placa en homenaje a mi amigo, en la Garita.
Seguí la marcha satisfecho, esperando que el personal de limpieza del Ayuntamiento hiciera desaparecer esta pintada con un poco de alcohol y algunos paños.
Mientras continuaba mi camino por el Paseo de Taliarte, El Castellano, Playa del Hombre, Hoya del Pozuelo me preguntaba qué pensamientos podía albergar una persona capaz de llevar a cabo actuaciones de este tipo.
¿Qué placer le podía proporcionar? ¿Qué vacío existencial encontraba en su interior para impulsarle a garabatear palabras y firmas a sabiendas del daño procurado, del malestar que generaría en los caminantes a la hora de encontrarse con el patrimonio mancillado, con una poesía herida?

En plenas elucubraciones, alcancé el monolito. Me alegró ver que la siempreviva que se encuentra a sus pies, planta ornamental que desde la inauguración del monumento prospera exitosamente, capeando y resistiendo duros períodos de sequía, continuaba con vida, creciendo y floreciendo, desarrollando su ciclo vital año tras año.
Y recordé entonces mis libros queridos, un centenar de ejemplares que la Dana del pasado año había humedecido en las cajas almacenadas en un garaje que sufrió sus efectos, libros que, una vez secos y útiles, había depositado a los pies del monolito, regularmente, durante varios meses, con la intención de que los caminantes y habituales del Paseo, los hojearan y, si los encontraban de su interés, se los llevaran.
Elevé la vista para precisar el alcance del desaguisado. Volví a leer los versos del amigo:
Sobre la costa humilde
arde una estatua de salitre
para los pájaros pacíficos
que me piden palabras
con su aleteo humilde.
La piedra no estaba pintada, sólo la parte superior derecha de la placa donde se encontraba la poesía. Cogí el paño e intenté limpiarla. Se eliminó un poco la intensidad del color negro de sus letras, pero la porosidad del material plástico de la placa no permitía una limpieza profunda de la misma.
Nada tengo que decirle al sujeto que, ajeno al respeto y al cariño a los demás, fue incapaz de mostrar la más mínima empatía, exhibiendo en cambio su ordinariez e ignorancia. El silencio será mi respuesta.
No obstante, deseo hacerle un regalo inmerecido, responderle con una dádiva poética, la estrofa con que inicia el poeta mancillado, José Luis González Ruano, su canto a la montaña sagrada -siempre lo consideré un poema épico-, titulada: El cuaderno de Tindaya. Tal vez así, pero lo dudo, comprenderá que la poesía va dirigida al corazón de las personas y que la negritud provocada por el spray no ocultará jamás la belleza y el mensaje de la misma. Tal vez su lectura le ayude a mitigar el vacío interior que manifiesta su agresión, un vacío al que le es extraño el amor, el respeto y la tolerancia hacia los demás.
Acaso yo también soy un salvaje
y es así como entiendo las cosas.
He visto la montaña sin ojos
para mirar la paz azul
que derrama el horizonte.
Y he visto el Sol y la Luna
iluminando a la vez
su corazón geológico.
José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y de la vida. Lector, escritor y educador ambiental. Miembro del Colectivo ecologista Turcón. Activista de la Plataforma por la Defensa del Litoral canario.