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En vía recta

Alén, Pilar - jueves, 22 de enero de 2026
Si alguno de los muchos presentadores de noticieros que en estos días conducen programas de radio o televisión me pidiesen que diera un titular ante la reciente tragedia vivida en España, lo tendría claro: quedaría muda, pensando, buscando algunas palabras que resultasen adecuadas. Es difícil articularlas sabiendo que se quedan cortas, que pueden no ser del todo atinadas y que, seguramente, poco o nada añadirían a cuanto ya se ha manifestado desde distintos ámbitos.

En verdad, me siento sin fuerzas, e incluso sin ganas de decir ni de escribir ni una frase. Es más, tentada a sucumbir por momentos ante una desgracia y un dolor, ligados para siempre a un pueblo andaluz del que muy pocos habíamos oído hablar: Adamuz. Sus habitantes, los accidentados y sus familiares, así como toda España, no olvidaremos esa tarde de apacible domingo cuando, en un santiamén, allí de pronto la noche se impuso a la luz.

Aunque ni de lejos es comparable a lo que estamos viviendo, padeciendo o al menos lamentando, todos hemos atravesado situaciones difíciles que nos han afectado en lo personal, en lo profesional, en las mismas entrañas. Y las hemos atravesado, como es natural, de manera dispar. Normalmente, suelen llevarse mejor con apoyo y gestos de cariño, aunque sean expresadas desde la distancia. Aun así, creo que, por mucho aliento externo que se tenga, no hay modo de transitar por ellas sin sentir que casi todo resulta insuficiente para llenarnos y evitarnos un desgarrador sufrimiento interno, una turbación, un trance que, queramos o no, nos sobrepasa y altera el buen ánimo que quisiéramos mantener en alto.

Quizás no entiendan que saque a relucir aquí los efectos de la música, yéndome por la tangente ante un nuevo desastre, pero si a algunos les ha servido en un momento dado escuchar unas simples notas, confío en que ayuden también ahora algo. En sí misma la música no es la panacea que todo lo calma; puede ser incluso molesta, además de resultar un estorbo por instantes. No es la primera vez que lo digo, pero lo recuerdo: cuando era niña y había algún problema en mi entorno solían decirme: “no está para músicas la casa”. Me costaba comprenderlo, pero optaba por acatarlo. Al cabo de los años sostengo que es una apreciación un tanto errónea. Sin duda, sé que en circunstancias adversas no toda melodía es adecuada. Hay que hallar aquéllas que apacigüen, que no crispen y que, en medio de suspiros y lágrimas, no solapen ni entorpezcan, para así dar espacio a los sentimientos que a cada cual le embargan. No es una idea propia. Cualquiera puede corroborarlo a poco que lea, por ej., los filósofos de la Grecia clásica.

Decía un compositor decimonónico: “No hay nada más odioso que la música sin un significado oculto” (Chopin, 1810). Enigmática sentencia para meditar mientras la mente sigue involuntariamente el ritmo de su singular pieza con tintes graves: la solemne “Marcha fúnebre” de su Sonata n. 2 Op. 35. Prueben a escucharla.

Para los que prefieran melodías más tiernas, pero con mensaje, quizás les venga mejor un réquiem, como el de Fauré, que eleva el alma y es pura esperanza. Él mismo declaraba: “Para mí (…) la música existe para elevarnos tanto como sea posible por encima de la existencia cotidiana” (1908). Su ‘Pie Iesu’ sumerge a uno en un consolador remanso de paz, un estado que todos quisiéramos poder alcanzar.

Tras estas líneas puestas en letra de imprenta, con o sin notas musicales, toca volver a la realidad. Cuesta, pero es lo que corresponde: meterse en ella y dar la batalla, consciente/s de que, para mí y para alguna gente que lea esto, pese a que pueda parecer lo contrario, no es esta nuestra última morada. En vía - ¿recta? – estamos.
Alén, Pilar
Alén, Pilar


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