¡Ay, mi pueblo!
Timiraos, Ricardo - miércoles, 21 de enero de 2026
A Lili de Covas, que me inspiró el título, con gratitud y deseo de revertir la situación.
Cuando cerró la primera tienda, no sé si de alimentación o ropa, nadie dijo nada; cuando cerró la carnicería de cualquiera, tampoco; después cerró otro cine, el último estos días, y llevó la culpa la televisión y el progreso; pronto aparecieron los supermercados y nos los vendieron como que iban a abaratar los precios y siempre fue una falacia hasta hundir la competencia; después desaparecieron los bares, las tiendas de ropa, zapaterías y así un sinfín de negocios que aguantaron o aguantan, si pueden, hasta la jubilación... Y así van muriendo los pueblos ante la desidia, la indiferencia, el pasotismo y ese individualismo tan de moda que recuerda el sálvese quien pueda.
Y me permite evocar aquel poema del pastor Luterano Niomöller, y tantas veces atribuido a Bertolt Brech, que dice: "Cuando los nazis buscaron a los comunistas/ me callé/ porque yo no era comunista// cuando encerraron a los socialdemócratas/ me callé/porque yo no era socialdemócrata // cuando buscaron a los católicos/ no protesté/ porque yo no era católico// cuando me buscaron a mi/ ya no había nadie/ que pudiera protestar".
Y, aunque el paralelismo es menos trágico, no deja de ser cierto: Cuando dejamos morir nuestro hábitat sin defenderlo, sin luchar por cuidarlo, sin arrimar el hombro para su subsistencia, cuando nos dejamos arrastrar por las plataformas de Internet para compras y otras lindezas, cuando perdemos la confianza de nuestros comerciantes, cuando somos capaces de vivir de subvenciones sin dar palo al agua, cuando no defendemos nuestro puesto de trabajo... entonces me doy cuenta de nuestra indolencia, de la falta de solidaridad, de la apatía tan tremenda con la que vivimos y la poca implicación en el devenir de lo nuestro. Entonces comprendo lo pernicioso del chauvinismo, esa estúpida presunción del ignorante y veo con frialdad la realidad que no me gusta: Mi pueblo se hunde ante la impávida mirada de mis vecinos. Decía mi admirado Saramago: "Hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia". Y hay también una lección que nos dio Unamuno: "El fascismo se cura leyendo y el nacionalismo viajando". Ser humilde y objetivo no hace mal a nadie.
Nuestro pueblo, Viveiro, igual que Europa, languidece viviendo de la Historia. Los pueblos progresan cuando hay actividad, cuando la industria proporciona trabajo a su juventud y ésta encuentran alicientes para formar sus familias en ellos y no cuando son expulsados (permitan me mi reiterada ironía: la mejor industria de Galicia es la emigración, eso sí de calidade). Porque recuerdo tiempos mucho mejores en los que el mar, hasta ahora generoso, era el motor de un pueblo que se complementaba con la agricultura y una amplia gama de servicios que abastecía a una comarca de unos treinta kilómetros alrededor. Entonces la vida, para algunos, tenía sentido y la risa de los niños alegraba las calles. Sin embargo, eso era patrimonio de privilegiados, porque la la realidad tenía su envés: Cientos de familias tenían que emigrar porque no tenían que comer. Se pedía dinero prestado para pagar el viaje a Suiza o a donde fuera. Las "rubias", con escasas maletas, salían todas las semanas para sobrevivir. Y eso no debiera olvidarlo nadie, ni cuando defiende el Franquismo, ni cuando trata con el emigrante. Viveiro, siempre en precario, tenía esas dos caras: la que aquí trabajaba, disfrutaba de sus fiestas, soñaba y criaba mejor o peor a sus hijos y la que vivía en el destierro, no sé si sólo como consecuencia de la Guerra incivil o porque la emigración es el destino de los gallegos. Y que debiera revertir. Decía tristemente un amigo mío: "A terra que non da de comer ós seus fillos, nin é terra, nin a mai que a pareu ("La tierra que no da de comer a sus hijos, ni es tierra ni la madre que la parió").
Hoy Viveiro parece un barco varado en el desguace. Muchas personas y negocios se han ido al traste fruto de la propia evolución de los pueblos y la falta de iniciativas y verdadera voluntad política que lo remedien. Hoy aquí vegetan viejos jubilados sumidos, la mayoría, en la indolencia, el silencio resignado del viejo celta, siempre perdedor a través de la Historia, por más que digan los breoganes. Porque en esta Tierra el hombre se habituó a fabular y crear mitos en vez de buscar una salida al realismo trágico de sus vidas. ¿Dónde está ese espíritu luchador si permitimos tantos agravios como el páramo industrial, la sanidad, la educación, el maltrato a la pesca, la corrupción en todos los escalafones de la vida y el abuso desaforado del capital?. Pero eso requiere otro artículo.
Sin embargo, después de mostrar mi desasosiego, he de reconocer el trabajo de una minoría de personas admirables que defienden el erario público, la sanidad o la escuela pública y las políticas sociales. Su ejemplo me hace recobrar fuerzas para seguir luchando.
Soy muy crítico con todos aquellos a los que se les llena la boca de amor al pueblo en cualquier red social o conversaciones de amigos. No hay mejor ejemplo de ese amor que la implicación en cualquier actividad, ya sea en la política activa, ya en asociaciones diversas, para lograr los fines. ¡Qué ejemplo están dando la Comisión de fiestas, que trabajando fuera del pueblo, siguen activándose para lograr medios! ¡Gracias y bravo, chavales!.
Cuando dejamos morir las cosas por comodidad, cuando rehuimos nuestras obligaciones cívicas, cuando nos negamos a luchar por algo, cuando escapamos de las conversaciones inteligentes para no discutir- sin agresividad también es posible- los problemas que surgen y la búsqueda de remedios, es la meta y a veces se alcanza.
Cuando tenemos miedo a decir lo que pensamos, porque, por ejemplo, el interlocutor se aferra a la ideología, entonces formamos parte de una tragedia. Y callar ni es sano, ni conveniente. Ni tampoco es mejor persona el que pasa desapercibido por su inanición. Y, por último, dejarnos influir por críticas, desprestigios y envidias, es una enfermedad propia de los pueblos, pero en la vida los dolores curten y se curan con verdaderos amigos. Los pueblos, también. Y a Viveiro le urgen.

Timiraos, Ricardo