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Un paraíso verde en cuatro puertas

Espiño Meilán, José Manuel - martes, 13 de enero de 2026

Dedicado a quienes son incapaces de ver en Cuatro Puertas su importancia como
Parque arqueológico, como el Museo capaz de visibilizar la historia de un guanartemato,
como el centro de interpretación aborigen que Telde necesita.

Un paraíso verde en cuatro puertas
Este año que acaba de iniciarse no pudo ser más agraciado en cuanto a generosidad hídrica.
Tras un diciembre lluvioso donde las borrascas se sucedieron aportando agua a las islas, el mes de enero ha continuado con nuevas borrascas.
No quise vencer la tentación de acercarme a uno de los más emblemáticos lugares donde se siente la profunda pulsión de su pasado aborigen, donde se disfruta, de un modo difícil de narrar, con el tránsito pausado por uno de los mayores y mejor conservado tabaibal dulce de todo el municipio teldense.
Así es Cuatro Puertas a pesar del abandono que sufre. No es ésta una afirmación gratuita, lo cierto es que si existiera un interés manifiesto por poner en valor uno de los más singulares ejemplos de vulcanismo fisural, si existiera un mínimo interés por conservar una formación vegetal en estado óptimo: el cardonal-tabaibal, si existiera un interés decidido en conservar uno de los santuarios y poblados aborigenes más importantes de nuestra historia arqueológica, visitado, tratado y descrito por tantos historiadores y arqueólogos, la montaña de Cuatro Puertas, el cono fisural que dio lugar a la formación de Cuatro Puertas sería ya de titularidad pública, la montaña de Cuatro Puertas contaría ya con el Museo arqueológico que Telde precisa, se pondría en valor la importancia y la riqueza arqueológica de uno de los dos guanartematos en los que, al inicio de la conquista, se encontraba dividida la isla.
Al no ser así, al no encontrarnos con ambiciones tan loables en nuestros representantes públicos, tanto municipales como insulares y autonómicos, la realidad de mi último encuentro con Cuatro Puertas es el habitual en los espacios sin vigilancia, abandonados a su suerte, huérfanos de cariño y protección.
Todos ustedes saben de la importancia e interés de los turistas que nos visitan. En ese interés ha habido un cambio en el consumo de sólo sol y playa para acercarse a la naturaleza y la historia. Es así, las estadísticas lo corroboran tras la pandemia. Tal vez esa sea la razón de que el pasado sábado día diez de enero, decenas de ellos transitaran por todo el espacio preservado con una valla. Y cuando digo todo, soy consciente de ello.
Cierto es que ya desde la misma entrada y luego en el interior de este recinto, encontramos paneles informativos que nos hablan de su importancia, de su reconocimiento como BIC y nos aproxima información básica sobre las interpretaciones dadas por los arqueólogos a cada uno de los lugares presentes en el yacimiento.
Tales informaciones se encuentran escritas en castellano, inglés y alemán y en ellas este singular complejo troglodita aborigen se oferta al visitante un conocimiento básico pero preciso, eso sí, sin la experiencia, la sabiduría y el buen hacer de un guía profesional.
Precisamente en esto radica uno de sus mayores problemas. Al no existir control alguno sobre el visitante, nada orienta hacia la preservación de la vegetación que se encuentra en su interior y así le va, hay visitantes que siguen el camino orientado, utilizando para ello las escaleras de piedra volcánica que se han diseñado para acceder al santuario, pero existe también una horda -juvenil en su mayoría-, que busca el lugar más idóneo para realizar la foto más impactante, más curiosa o más arriesgada.
Un paraíso verde en cuatro puertas Entre estos que no respetan la montaña, me encontré no sólo turistas sino naturales de la isla, pateando cualquier rincón del recinto vallado, ascendiendo hasta la cima de la cueva de Los Pilares, procurando bajadas no previstas, sin diseño y peligrosas, sendas alternativas lejos de la que desde un principio era la recomendada. Esta senda original, definida por una serie de paneles que ya no existen, bien porque han desaparecido, bien porque se encuentran destrozados, ya no señala un camino. Ahora cualquier zona de la montaña es camino y se machaca así la incipiente vegetación que tras las lluvias germinó y luchaba por prosperar, por enriquecer la biomasa del recinto con nuevas plantas, por frenar en lo posible la erosión del suelo. El uso y abuso hasta el último rincón del espacio me llevó a encontrar basura en forma de klinex y toallitas higiénicas en todas y cada una de las cuevas, no sólo las que oficialmente se muestan en la cueva de Cuatro Puertas, la de los Papeles o el conjunto de cuevas de Los Pilares, sino en cualquier grieta de esta zona vallada de la montaña.
No hay duda de que a la falta de un centro de interpretación se le une la falta de vigilancia. El resultado era previsible si tenemos en cuenta la difusión y propaganda turística que este santuario y poblado aborigen tiene.
Es innegable su belleza, su importancia arqueológica y entiendo que se dé a conocer, que se presente como una fortaleza turística en el municipio teldense, pero cuando tal actitud no va acompañada de una labor de control, vigilancia y limpieza, no sólo el recurso pierde su importancia sino que se debilita hasta transformarse en un elemento estético, de interés turístico por su singularidad, pero carente de identidad como valor patrimonial.
Y eso es lo que me encontré. Personas pateándolo todo, sin mayor respeto porque no hay control. Fotos y más fotos en posiciones inverosímiles, caminando por los canalillos donde hacían libaciones nuestros antepasados, haciendo machangadas en las ventanas más arriesgadas, que en las Cuevas de Los Pilares se abren hacia el sur, orinando en las cuevas pues no hay lugar alternativo que permita a tanta gente aliviar sus vejigas.
Y pisar, pisar, pisar cualquier lugar del recinto. De todo ello dan fe las fotos que les adjunto.
Si ya la erosión es galopante en la subida al yacimiento debido por una parte a los coches -a las diez de la mañana del mencionado sábado había dieciocho vehículos, catorce de alquiler. Cuando abandoné la montaña ya no eran aquellos, pero eran otros tantos ocupando su lugar-, y por otra al trasiego incesante de personas, este fenómeno se ha extendido al interior del recinto.
Entiendo ahora por qué las palomas bravías han abandonado esta zona de cuevas como zona de anidación y ocupado la parte que no se encuentra vallada. Similar proceder habían realizado ya los cernícalos hace años.
Cansado del trasiego humano, del Please, Pardon, Excuse moi, Perdón, Gracias… y mil formas más de excusarse al apartarse uno en el reguero de personas, abandoné el espacio vallado con la finalidad de tomar el pulso a la vegetación presente en la montaña, más allá de aquel redil de ganado antrópico en que se ha convertido la parte supuestamente protegida.
Fue entonces cuando las sensaciones se volvieron diferentes y, por fin, pude escuchar el latido de la montaña.
Allí acuñé, sobre la marcha, el título de este artículo: “El paraíso verde de Cuatro Puertas”.
No se trata de una metáfora, es real. En verdad, la montaña se ha convertido en un paraíso verde. Las lluvias han procurado la savia necesaria para cubrir la montaña de verdor. La ladera norte que comencé a recorrer estaba cubierta por un extenso manto de tabaibas dulces (Euphorbia balsamifera).
Quise gozar al máximo mi estancia en dicho lugar y me dejé llevar por los vericuetos improvisados que permitían el paso entre enormes y frondosas tabaibas.
No sólo me encontraba en uno de los mejores tabaibales del municipio sino que en esta ladera prospera la única población de cardoncillos (Ceropegia fusca).
El tiempo se pausó para mí y disfruté con la presencia de la mayoría de especies botánicas propias del cardonal. La mayoría de ellas se encontraban en flor. Acostumbradas a largas sequías, a períodos en que una gota de lluvia no es más que una esperanza vana, tras este período lluvioso, la explosión de vida se manifestaba junto a mí. Estas plantas no esperan la primavera, ellas se encargan de avanzarla y adecuarla a sus necesidades. El momento propicio era éste. El tan consabido dicho: “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” es, a la hora de la floración, regla de oro para las plantas canarias.
Y así, los bejeques amarillos (Aeonium arboreum arboreum) lucían espléndidos sus inflorescencias doradas con forma de presente floral, los cardoncillos tenían ya formadas las flores, las tabaibnas dulces no sólo presentaban su floración avanzada sino que las más adelantadas estaban formando sus frutos, los azaigos de risco, los picos de paloma, los balillos, los inciensos menudos…todas estaban en flor.
Los espinos de mar comenzaban a mostrar alguna que otra flor, pero iban un poco más lentos.
Los veroles, las cerrajas, balos, vinagreras y cardones se encontraban atareados en desarrollar su masa foliar, dejando para más adelante sus formaciones florales.
Y cuando el paseo se hace sosegado, cuando uno se vuelve parte del paisaje, las sorpresas se suceden, y así, en una de las cinco pequeñas barranqueras que canalizan el agua hacia el barrancuqillo que discurre al pie de la montaña, conocido como baranquillo de Lomo Gordo, un acebuche me sorprende con su presencia achaparrada, recordándome los acebuches agachados de la montaña de Tindaya, escondidos bajo la protección de las rocas. De igual manera se encuentra éste, el único observado en la montaña. Sólo que este es de mayor tamaño, no en altura sino en anchura pues su estructura ramosa y su masa foliar puede ocupar dos o tres metros pegado al risco.
Absorto estaba en mi acebuche cuando los chillidos de una rapaz. Al levantar la vista supe que se trataba de dos, un falconiforme que trataba con éxito de alejar a un aguililla, del espacio de la montaña. Los picados del halcón eran escalofriantes y la aguililla los esquivaba, temerosa de dañar su plumaje. No se trataba de un cernícalo, tan abundante en la cara sur de esta montaña sino de un halcón peregrino o tagorote que, como les había comunicado en un artículo anterior: “Cuatro Puertas en la montaña Berneja”, publicado el miércoles once de enero de dos mil veintitrés, es probable nidificante de la misma, pues la despensa se encuentra bien surtida de palomas bravías.
Si algún peligro se cierne sobre tan espléndido tabaibal no es otro que el descontrol de las motos todo terreno que destrozan este paisaje descarnando el suelo, destrozando las plantas y creando nuevas barranqueras. Este sábado eran cuatro las motos que circulaban por esta ladera del barranco. Si las autoridades no ponen freno a tal ilegalidad, todos los conos volcánicos se verán afectados por esta barbarie -ver fotos-.
No me resta más que invitarles a un paseo verde por una montaña que habitualmente luce los colores grisáceos y negruzcos de la lava. Siguen ahí las tierras amarillentas y rojizas que algún día le dieron el nombre de Montaña Bermeja. Pero ahora, antes de que el sol apague los colores de la esperanza, acudan a la montaña sagrada y déjense perder.

José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y de la vida. Lector, escritor y educador ambiental.
Espiño Meilán, José Manuel
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