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Decameron

Espiño Meilán, José Manuel - jueves, 08 de enero de 2026
El placer de vivir bien, cuando se puede

Dedicado a Ángel Sordo Núñez, por una niñez compartida con bicicletas que nos llevaban lejos,
con juegos de billarda, con juegos del bote, con baños en los ríos y partidos de fútbol...
¡por tantos recuerdos y tantas cosas!, por una infancia que, de un modo u otro, fue feliz.

Tras la lectura de las mil cincuenta páginas que tiene la edición íntegra de esta obra maestra, una reflexión que puede parecer estúpida pues viene acompañada de una lógica aplastante, cruzó mi mente: tanto el cambio climático ahora como la peste en aquellos tiempos afecta de un modo desigual a ricos y pobres, a clases acomodadas y al pueblo llano. No pongo en Decameron duda que sea esta la razón de la sinrazón que lleva a los multimillonarios que, o bien gobiernan países que deciden el futuro planetario o bien lo condicionan con su inmenso poder económico, a trarles al pairo la Agenda 20-30, la reducción de emisiones y la contaminación del planeta.
Puede parecerles una mayúscula insensatez, pero es obvio que la ola u olas de calor que en los meses de agosto y septiembre del pasado año azotaron las islas y amplios territorios peninsulares no la sufren todos por igual. Para unos es imposible mantenerse en su cubículo -la vivienda de muchos de los más desfavorecidos- pues las temperaturas logradas en ellos se encontraron próximas a alcanzar los cincuenta grados. A falta de aire acondicionado, a falta de corrientes de aire, de una buena orientación, etc., etc., las altas temperaturas los desmayan, los conminan a echarse a la calle en un intento desesperado de buscar fuera el alivio térmico que dentro jamás encontrarán.
Lo mismo sucede en este período invernal, tanto en las recientes vacaciones navideñas como en estos inicios de enero donde el regalo de la nieve y las bajas temperaturas nada ayudan a los llamados pobres energéticos, que en palabras llanas no son otros que aquellas personas condenadas a sufrir el insoportable frío en sus propias carnes porque sus viviendas, infraviviendas en muchos casos, se han convertido en verdaderas neveras donde el frío se ha asentado y no hay opción de calefacción ni estufa que puedan alejarlo.
Nada tienen que ver tales situaciones con los que viven inmersos en la bonanza económica. Las casas son frescas a pesar del calor, gozan de buen aislamiento, disponen de una buena circulación de fluídos y el aire se refresca bajándolo de temperatura hasta sentir el placer de encontrarse en la gloria. Esa es la realidad.
El invierno de estos días en estos pisos, casas o mansiones se conjuga de un modo similar. Las chimeneas y las calefacciones permanecen encendidas todo el día, las viviendas bien aisladas y en los agraciados que pueden pagar el combustible, esta Navidad fría y nevada suena a alegría, a belleza en los paisajes y confortabilidad.
Decameron Nada ha cambiado con respecto a la época en que vivió el escritor italiano Giovanni Boccaccio, nacido y muerto en el siglo XIV.
Testigo de la epidemia de peste que asoló Florencia en el año 1348, refleja lo acontecido en el Prólogo de este libro que ahora les recomiendo: Decameron o Decamerone, conocido por nosotros como El Decamerón. Boccaccio lo escribió en Florencia entre los años 1349 y 1351.
Esta reflexión del autor, escrita en el cuento octavo de la jornada primera, lo expresa con absoluta certeza:
“Los cortesanos de nuestos días ocupan su tiempo en sembrar escándalos y cizaña; dejan caer palabras maliciosas, murmuran del prójimo, se echan en cara mutuamente sus excesos, torpezas y maldades; y a tanto se ha llegado, que se recompensa y estima mayormente a aquél que hace o dice las cosas más abominables, lo cual es una vergüenza para nuestro siglo, y demostración evidente de que la virtud ya no habita entre los hombres, habiendo abandonado a los infelices vivientes sumidos en el lodazal de los vicios”.
¡Espera! ¿Pero no es esto lo que está sucediendo ahora mismo en nuestro país, no es lo que está sucediendo en otros rincones del planeta? Han pasado siete siglos ¿para qué? ¿en qué ha cambiado la condición humana? Ahí queda la reflexión. Nada nuevo sobre este viejo planeta.
Pero, mis estimados lectores se preguntarán: ¿cómo es que Espiño abandonó el placer de la lectura y sus valoraciones sobre Premios Nobeles de Literatura para dar un incomprensible salto en el tiempo?
Se lo explico ahora, pues tiene una válida justificación: Conocen mi costumbre de visitar y recorrer los estantes y fondos bibliográficos de todas las bibliotecas públicas, en este caso se trataba de la Biblioteca Pública del Estado de las Palmas de Gran Canaria -jamás olvidaré añadir a esta ciudad el nombre de la isla, una lección aprendida de mi bien querido y y muy añorado amigo, don Jaime O´Shanahan Bravo de Laguna.
Pues bien, en la primera quincena de agosto del pasado año, una exposición de la que algún día les hablaré con mayor profundidad, presentaba cuatro paneles muy interesantes bajo los títulos: “Libros prohibidos”. “La censura de libros: ¿cosa del pasado?”. “De libros censurados a obras clásicas”. “La literatura contra el totalitarismo”.
Y justo al lado, todos y cada uno de los libros prohibidos a lo largo de la historia presentes en el panel, se encontraban allí. Tomé dos, sin dudarlo, y a ambos prometí una lectura pausada y dedicarles sendos artículos.
Este es el primero. Decameron de Boccaccio. Deka, hemera, los vocablos griegos que conforman el título se traduce como: diez días. Esas son las jornadas relatadas en que sus protagonistas viven alejados de la epidemia mortífera.
Cien cuentos o pequeñas narraciones conforman esta obra. Diez días, diez protagonistas que cuentan un relato cada día, cien obras donde se muestra el arte literario del inigualable Boccaccio.
En sus argumentos, el amor, la inteligencia, la discreción, la prudencia, la fortuna que vencen a los celos, la avaricia, la indolencia, la cobardía…
Esta publicación fue prohibida a mediados del siglo XVI por atentar contra las buenas costumbres e incluída en el Índice de Libros Prohibidos -Index Librorum Prohibitorum- de la iglesia católica. Más tarde fue tachada de pornográfica en varios países del mundo y quemada en otros como China y Estados Unidos. En realidad se trataba de ocultar la realidad que en él se manifiesta y que no era otra que la corrupción e hipocresía de una buena parte de los miembros de la propia iglesia católica, de negar al hombre más allá de las normas sociales imperantes, de los estamentos establecidos, presentando las tentaciones, la satisfacción y el placer del sexo como parte esencial de la vida, desafiando de tal manera los tabúes sexuales imperantes en la Edad Media.
No estamos hablando de un gran escritor, nos encontramos ante un referente de grandes escritores. Estamos ante una obra estelar. Cierto es que puede la subjetividad pero para mí se trata de una obra extraordinaria, una obra estelar.
Lo más curioso es que el ejemplar de una cuidada edición lo tengo ahora en mis manos. Se trata de un ejemplar de tapa dura, cubierta de cuero verde y letras repujadas en oro. En ellas se lee el nombre del autor, el título de la obra y la colección tratada: Obras estelares.
Antes del prólogo leo: “Esta traducción del Decameron ha sido efectuada de la segunda edición en folio, publicada en Venecia en 1471”.
Y tras terminar el epílogo leo: “Terminado de imprimer en diciembre del año 1964 en los Talleres de Gráficas Diamante en Barcelona. Por editorial Maucci”.
¡Asombroso! Había leído una pequeña selección de cuentos escogidos de esta publicación hace tantos años que no tengo recuerdo claro de fecha alguna, pero supera el medio siglo. En aquel entonces, la recomendación de su lectura me había llegado de un amigo, ávido como todos en consultar lo prohibido, en una época oscura donde el control sobre los libros y una supuesta moral lo envenenaba todo. Se buscaba la transgresión en cualquier revista o imagen -era el momento de las portadas de los calendarios que o bien mostraban una de las variopintas imágenes de cualquiera de las Vírgenes y Santos o bien mujeres de esculturales formas con los pechos al aire, más habituales éstas en talleres mecánicos, bares y lugares donde el hombre era habitual cliente o visitante. El erotismo, la literatura erótica, prácticamente inexistente, suponía un diamante en bruto, ansiada por la mayoría de los jóvenes. Y eso era lo que significaba para nosotros en los años setenta la lectura del Decameron. Recuerdo leerlo una y otra vez y pasaron décadas en las que sólo recordaba esta obra como un libro de cuentos eróticos capaz de excitarme en mis años adolescentes. Aquella edición prestada y de reducido contenido, había sido concebida de tal modo.
Ahora, tras leer y disfrutar de la obra completa, no dejo de reconocer su mensaje, su valía extraordinaria, el encuentro con un gran escritor. Boccaccio me sorprende.
El escenario escogido no podía ser otro que la egregia ciudad de Florencia y el año 1348. El motivo la mortífera peste que diezmaría su población.
Un grupo de siete jovénes damas y tres apuestos caballeros, todos ellos miembros de la burguesía acaudalada florentina, acompañados por un séquito de sirvientes: criadas, mayordomos y otro personal de servicio.
No faltarían las mesas bien organizadas, las viandas abundantes y exquisitas, y un elenco de placenteras actividades de ocio que incluyen canciones, bailes y juegos.
Un lujo de reclusión voluntaria en un paraje idílico, un placer de vida. Cierto que eran otros tiempos, donde la esclavitud -pues no podría llamarse de otra forma a las obligaciones contraídas de por vida por la clase servil-, formaba parte del servicio y ésta era intrínseca a la clase alta.
Las primeras líneas del Prólogo son las primeras palabras del autor y ya en ellas percibimos el dominio del lenguaje, la belleza de la expresión, su riqueza lingüística.
"Humano es apiadarse de los afligidos, y si cierto es que a todos conviene hacerlo, más cierto es aún que la piedad ha de ser mayor en aquellos que en alguna ocasión necesitaron ayuda y la encontraron en los demás. Si alguien alguna vez precisó de conmiseración, o la recibió con gran consuelo y de ella gozó, ése soy yo".
En esta época de calores extremos, bien a la sombra de un frondoso árbol, bien al abrigo de un acantilado en una playa perdida, Boccaccio no sólo nos acercará los vericuetos que vicios y virtudes nos ofertarán a lo largo de la vida, a través de la lectura de su Decameron, sino que lo hará siempre de un modo muy particular, provocando con su lectura que aflore en nuestros rostros una permanente sonrisa.

José Manuel Espiño Meilán, amante de los caminos y de la vida. Lector, escritor y educador ambiental.
Espiño Meilán, José Manuel
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