Pergeñando por lo bajo
Alén, Pilar - jueves, 01 de enero de 2026
Hay personas que, por lo que sea, prefieren pasar desapercibidas entre sus iguales. Se dice de ellas que tienen 'perfil bajo'. Lo mismo parece ocurrir con algunas fechas señaladas que apenas son festejadas entre gran parte de conciudadanos. Una la hemos celebrado ayer en Compostela sin que casi nadie se enterase, y no es por no ser importante. Es la del 30 de diciembre, festividad de la «Traslación del Apóstol Santiago». Entre que no aparece en el calendario señalada en rojo, coincide en medio del fin de semana posterior a la Nochebuena y un día antes de la Nochevieja y primero del nuevo año, pasa sin muchas alharacas, cuando no debería ser así de modo alguno.
Son tres las conmemoraciones dedicadas a la figura de nuestro Apóstol, hecho inusual en el santoral cristiano: el 25 de julio recordamos su martirio; el 23 de mayo, su legendaria y mítica intervención en la Batalla de Clavijo; y, en pleno fin de año, en el más crudo invierno, la 'Traslatio'. El relato ya lo saben: después de regresar a Jerusalén, tras no haber tenido mucho éxito en su predicación en España, es decapitado por orden de Agripa I (en torno al año 44) y sus discípulos deciden llevar su cuerpo hasta el 'Finis Terrae'. Las variaciones sobre los percances ocurridos son de lo más variados. Salen de Jafta en una barca (¡se dice que de piedra!); conducidos milagrosamente por ángeles, llegan a Iria Flavia, en la confluencia de los ríos Sar y Ulla, donde en una gran piedra atan la frágil nave. Se entera la reina Lupa, les ayuda y, después de todo tipo de insólitos acontecimientos, llegan a lo que hoy es Compostela, lugar donde es sepultado con sus discípulos Teodoro y Atanasio. No será hasta principios del s. IX cuando se descubra el enterramiento por el monje Pelayo. De este modo da comienzo el culto y el peregrinaje a este lugar, considerado desde entonces como apostólico y, por tanto, sagrado, protegido por la corona, personificada en cada uno de sus monarcas. Se inició la celebración de ese hallazgo en toda la península por los mozárabes hispanos entre el 29 y 30 de diciembre, al tiempo que, como señala F. J. Buide: «el estudio de los calendarios litúrgicos siríacos, palestinos y armenos ha revelado que ya ellos, antes de descubrirse la tumba de Santiago en Occidente, celebraban a los apóstoles Santiago y Juan, los hermanos zebedeos, y a los grandes Pedro y Pablo, justo después de la fiesta de la Navidad, en que Cristo y el rey David compartían fecha». En el s. XIV se hacía una solemne procesión, costumbre que aún se mantiene, al igual que la de realizar una ofrenda en agradecimiento. De ahí el papel de la monarquía o del delegado regio dentro de la preceptiva Misa.
Como decía al comienzo, esta fecha, que pasó a ser festiva no solo en Santiago sino en todos los reinos de España y ultramar, gracias a un decreto de Benedicto XIV del 8 de enero de 1752, tiene Oficio y Misa propios, pero fue perdiendo peso por la popularidad de la del 25 de julio, más atractiva por coincidir en verano. Como dato singular y nada divulgado comparto esta curiosidad: puede verse el retrato de dicho pontífice miniado en un libro de liturgia. Perteneció al Chantre Canónigo de la catedral Andrés Gondar, quien, según reza en un texto bien legible, lo donó precisamente en 1752. No es de extrañar tal acto, conociendo a este personaje que se volcó con denuedo en la promoción y difusión del culto jacobeo. ¡Si levantara la cabeza y viese que ahora, aún en Santiago, son pocos los que de estos fastos se percatan! Haciendo de abogado del diablo, propongo por lo bajo que pase a ser día feriado, creándose así un macro puente, del 24 de diciembre al 2 de enero. ¿O quizás sea demasiado?

Alén, Pilar