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La princesa y el Belén de Begonte

lunes, 28 de septiembre de 2009
En un país muy remoto vivía una princesita quien, por su belleza, parecía la protagonista de un cuento que aún nadie hubiera leído. Esta joven poseía de todo, incluido, por supuesto, la deslumbrante belleza y encanto personal, pero lo que no sabían muchos es que gozaba de un corazón muy grande, tan inmenso que casi no le cabía en su pecho, pues siempre estaba ayudando y haciendo obras benéficas en favor de los desfavorecidos. Nunca la encontraban en lugares de evasión y siempre estaba paseando por su jardín o recogida intramuros en sus aposentos, cuando estaba encerrada en sus estancias, en las suntuosas habitaciones de su mansión, se dedicaba a rezar, a pedir al Todopoderoso que solucionara los males del mundo y a mirar por la celosía de su ventana buscando en el firmamento a la estrella que nunca se oculta. Sus padres estaban muy preocupados porque pensaban, dada su mentalidad áulica y cortesana, que su hija estaba sumida en una profunda depresión de tristeza.

Pasaron los años y la niña se hizo una moza por la que suspiraban jóvenes herederos de otros reinos vecinos y no vecinos, pero ella era muy poco aficionada a frecuentar fiestas y lugares de esparcimiento. Sus progenitores se lo recriminaron en más de una ocasión, pues les gustaba verla acompañada de alguno de aquellos galanes y que llegara a contraer nupcias con alguno por el que su corazón llegara a enamorarse, pero la chica truncó esas esperanzas de los padres diciéndoles que no eran esas sus aspiraciones que ella quería ser libre para servir a todos, para que su corazón pudiera estar a disposición de todo aquel que necesitara ayuda y que su fortuna, cuando la heredara, pues era hija única, sería exclusivamente para el bien común, para colaborar en intentar hacer un mundo más solidario y no tenerla sin servir al prójimo y creando más división económica en este planeta. Esas palabras dejaron atónitos a sus mayores, pero no les quedó más remedio que acatar la decisión de la joven, decisión que no les parecía mal pero que ellos, dadas sus costumbres y formas de vida, la creían descabellada, no concebían el que se entregara en cuerpo y alma en pro de los demás y que dejara de vivir como ellos creían que debía vivirse: cacerías, fiestas y saraos. Esta forma de evadirse de la realidad no era la que buscaba nuestra singular princesa.

No pasaron muchos años y sus padres, puede que extenuados por tanto jolgorio, se bebieron sus vidas y la chica quedó convertida en heredera de aquella inmensa fortuna.
Entonces, nada más ser sabedora de ello envió a un mensajero por todos los confines de su reino anunciando lo siguiente:
“Nuestra princesa, hoy ya reina, recompensará a quien le de noticias de obras o empresas humanitarias y de carácter espiritual”.

Fueron muchos los que leyeron aquellos pasquines colocados en diversos lugares, pero entre ellos sería un gallego, no es de extrañar que en cualquier punto del orbe haya personas de esta nacionalidad, este hombre, natural de Ourense, y no sabemos si era canteiro, afilador o ambas cosas a la vez, lo cierto es que presto solicito audiencia ante la princesa y cuando se encontró ante aquella mujer no pudo mirarla de frente, no por la belleza que irradiaba pero si porque en sus ojos creyó ver dos deslumbrantes luceros.
Una vez postrado a sus pies le dijo lo siguiente:
“Señora, yo soy gallego, natural de una comunidad de la lejana España, Galicia, y allí, en una comarca que se conoce como Terra Chá, en un pueblo denominado Begonte, llevan más de treinta años haciendo un belén extraordinario, pues ese Belén electrónico que se inaugura a primeros de Diciembre, una obra hecha por unos pocos, es un ejemplo para todos, ya que en él está representada toda la tradición, riqueza cultural del pueblo gallego y, sobre todo la espiritualidad que emana de nuestras gentes. Nadie en mi tierra es ya ajeno a la valía de ese belén, una verdadera estrella que ilumina esa Terra Chá y a Galicia. Ahí, en el ubérrimo suelo que ha sido regado por el sudor del esfuerzo de nuestros antepasados se levanta cada Navidad el más grande Portal. Sus muros de piezas de altruismo y solidaridad son sólidos pero muy transparentes porque ellos son el fiel reflejo de la verdad. Su techumbre es de madera de la más sólida tradición y su cubierta toda ella es de “lousa” de la esperanza. Abierto a la esperanza y animando a continuar en la laboriosidad y haciendo del medio rural el más eficaz epicentro de los valores más nobles que, con el movimiento que les imprime el sentimiento, hacen que una cosa que parece sencilla sea grande y admirada por todos; precisamente en esa humildad reside su mérito, pues solamente los pobres y marginados, los buenos de espíritu, fueron los que supieron reconocer en la noche de un día de invierno a la Luz de la Luz; por ello, señora, Begonte es, desde ha una treintena de años, un sitio donde los que caminamos ayudados por el adminículo de la fe tenemos una cita y, participando de una u otra forma, con nuestra visita, colaborando en sus certámenes, estamos contribuyendo y aportando nuestro minúsculo grano sentimental para divulgar a los cuatro vientos lo que ya es una realidad universal. Los que aún, por diversos motivos no tienen este apoyo, si consiguen hasta allí llegar, lo logran para siempre. Lo natural, autóctono y rural si tiene el pedestal de la creencia encumbra a todo. Nuestro belén begontino goza de todas esas cualidades y es el hilo conductor el que sirve de fusión entre lo terrenal y lo espiritual. Es gratificante ver como las personas se vuelcan en hacer que ese “fio” de espiritualidad sea fuente de energía para que las vidas tengan un sentido…”

Iba a continuar, no se cansaba el gallego de ensalzar, merecidament al belén de Begonte, pero le interrumpió la joven dama con su voz angelical y dulce diciendo:
“Caballero, no siga, esta misma noche ordeno que se hagan los preparativos para nuestra marcha, pues si usted desea, y nunca en condición de lacayo pero si de guía- amigo, condúzcame a ese paraje donde está un reflejo del Edén. Pero antes tengo que llamar a un notario y testar, pues no sé si a esta tierra volveré, ya que el ir a tan ignoto lugar debe ser como pasar de una vida a la otra”.

A lo que el buen hombre repuso: “Mi señora, yo la única pena que me atormentaba era que ya van muchas Navidades y tengo que vivir del recuerdo de mi tierra y de aquel Belén, pero si usted me sufraga el viaje ya me ha hecho el ser más feliz, ya que, con lo poco que ganaba en mi trabajo difícilmente a mi patria podría algún día volver”.

En pocos días estaban hechos todos los preparativos y la dama con aquel viajero emprendieron su periplo muy ligeros de equipaje, pues ella dejó escrito que no quería nada en vida solamente lo suficiente para poder subsistir en la ruta y todas las riquezas, el día que ella faltara pasarían para sufragar todos los gastos materiales que conllevaba el mantenimiento de un evento tan importante.

El periplo fue muy difícil y largo. La joven enfermó y ya pensaba el gallego que no llegaría hasta Begonte, pero como Dios y la Sagrada Familia siempre protegen a los que van por el sendero de la bondad la joven, de puro milagro llegó en un día frío de Diciembre a Terra Chá. Cuando entraron en el lugar donde está el belén, el gallego miró para ella y no la encontró. Salió hasta la puerta buscándola y cuando volvió a entrar miró de nuevo para el belén y vio que había otra nueva figura, una pastorcilla que antes no estaba y que era idéntica a aquella princesa. Al fijarse en ella leyó en lo labios un mensaje que solamente pudo él descifrar y que decía: “Gracias, amigo, usted me trajo al paraíso ya he dejado aquel castillo donde estaba encerrada y acosada por lo material y ahora que vuelvo a ser barro es cuando encuentro mi identidad. Regrese y comunique que he muerto para el mundo egoísta y ambicioso pero que encontré otra vida siendo una humilde pastorcilla que para siempre adoraré a mi Dios hecho hombre. Pida que se cumpla lo que dejé reflejado en mi testamento y que den al belén de Begonte todo lo allí estipulado".

Marchó el hombre a cumplir lo ordenado pero cuando allí llegó los súbditos de la princesa lo acusaban de ser él quien la había matado para quedarse con su fortuna y que todo eran patrañas y que no existía tal belén, pero cuando ya estaban a punto de condenarle a la pena capital se oyó la voz de la muchacha que gritaba: “Bien he hecho con renunciar a todo, pues estáis tan pegados a lo material que no pensáis en que pueda existir un lugar donde los seres humanos se consagren a obras que honran al señor. Dejadle en libertad y vosotros seguid viviendo en la mayor perdición, ahogados en las riquezas y los placeres”.

Dicho y oído esto por los presentes una densa niebla envolvió todo y cuando el gallego volvió a abrir los ojos se encontró en Begonte en otra Navidad mientras la pastora aquella le volvía a dirigir su tierna mirada y su palabra solamente inteligible para él trasmitiéndole lo siguiente: “Tú te crees humano pero eres un ángel que me salvó a mí de la angustia en que vivía y me has traído al belén que es el reflejo del Edén”.

Esta historia parece un cuento pero hay cuentos verdades que en las noches de invierno de la vida nos abren los ojos a la más grande de las realidades, aunque algunos piensen que soñamos nosotros, los creyentes, bien sabemos que la Navidad es la puerta a la más grande felicidad y los cetros, coronas y poltronas muchos los quisieran cambiar por el mandil de pastora o el zurrón de pastor del Portal.
Pol, Pepe
Pol, Pepe


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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