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Me da vergüenza

viernes, 19 de diciembre de 2008
Estamos de rabiosa actualidad. Los mariñanos siempre fuimos gente: dura, noble, con una historia casi mágica, entre balleneros, Reales Fábricas de Sargadelos, Patrones de cabotaje y pesca de bonito y bocarte; capaces de lo mejor ante la furia de la mar y la fuerza del viento. Recuerdo, con nostalgia, aquellos compañeros de la querida escuela, que se sentaban a mi lado en los pupitres de madera con tinteros de loza blanca, que a los doce años, su padre, los enrolaba en un cascarón de madera y algo de hierro, como marmitones, para comenzar una vida de marineros, que era la alternativa, ya que la mar siempre fue horizonte de grandeza, emigración y temor a sus veleidades. Sólo unos pocos, podíamos estudiar, y aun así, sentíamos la atracción por aquella ingente masa de agua que nos hacía libres, y que cuando nos daba en la cara, formando parte del viento que levantaba cortinas de humedad, nos acariciaba la piel, que poco a poco se iba curtiendo, dándonos ese aspecto, que siempre nos ha distinguido a las gentes de la costa más al norte de la península Ibérica.

Luego, cuando la pesca del bonito, permitió comprar barcos de segunda mano en el Cantábrico Oriental, vi a mis compañeros de juventud, irse a las costeras del Gran Sol, en busca del dinero necesario para emprender su propia vida, a costa de trabajar duro, ensanchado sus espaldas y manos, y desde luego, dormir en aquellos ranchos dónde los camastros eran tablas de madera y los colchones, lonas que cubrían hojas de maíz.

Ahora da gusto ver las flotas de Celeiro y Burela. Los artilugios electrónicos que les permiten gobernar el buque de hierro, las condiciones en las que se lleva a cabo cada faena de pesca, los conocimientos de los patrones, las comunicaciones por satélite, sin necesidad de avistar luces o promontorios que permitan saber dónde están las rompientes o las entradas de cada puerto.

Pero aun así, cada año, la mar se traga algún barco, y recuerda a los hombres, que la técnica no puede con la madre naturaleza, que su ímpetu es indomable, y que el ser humano, con toda su sabiduría, es pequeño e indefenso, cuando está en medio de la masa de aguas azotadas por ventiscas o se desencadena lo que por aquí llamamos “unha vaga de mar”.

Los oficios más duros, son aquellos en los que el trabajador, sufre la intemperie. He visto a muchos marineros, envejecer prematuramente, como muchos mineros se hacían silicóticos, o muchos encofradores en la construcción sufrían accidentes laborales e invalideces. Por eso, a medida que nuestro nivel de vida ha crecido, los empleos más duros, han ido pasando a los trabajadores menos cualificados, con independencia de los salarios, que siempre son discutibles.

Centrando la cuestión. Siento vergüenza, al saber, desde hace tiempo, como se constituyen las tripulaciones de muchos barcos mariñanos que navegan por esos mares de Dios. Con armadores que fueron, antaño, marineros, motoristas, patrones, de esa historia, que en los párrafos anteriores he contado.

He visto como en cada puerto de mi Mariña, se habla, como si tal cosa, de “pisos pateras”. Inmundos pisos, en los que se hacinan, seres humanos de otros colores, del tercer mundo, que huyendo del hambre, llegan en busca del Euro, y pasan por lo que se les da, que es casi nada. Sudamericanos y, sobre todo, indonesios. Por si fuera poco, se les pondera. “Son bien mandados, no crean problemas, cobran poco, el negocio es redondo…”. Para el armador, para el que les alquila el agujero, para el que se encarga de hacer llegar el dinero a la familia que lo espera en el país de origen, para el intermediario de allí, para el intermediario de aquí. ¡Qué asco!.

Al fin, puede que algún sindicato de nuestro país se digne a darse por enterado. No se si por solidaridad, o por la propia crisis que obliga a repartir el trabajo con los españoles que pierdan sus trabajos. Pero hasta la fecha, la mayor parte de los testigos, han estado mudos, siendo espectadores de cómo se explota a los pobres parias del siglo XXI.

Yo no se, si cuando cantamos la internacional, sólo pensamos en los blancos. A los de color, no les llega, ni la letra, ni la música. En cualquier caso, yo cuando la canto, se la dedico a un tal Fraga de Celeiro.
Mosquera Mata, Pablo A.
Mosquera Mata, Pablo A.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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