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Viejos principios y normas de conducta

lunes, 23 de enero de 2023
Recuerdo de mis años jóvenes cuando nuestros padres y profesores nos enseñaban pautas de comportamiento que nos sirvieron para la vida y que echo de menos en la sociedad actual. Eran unas directrices de civismo que nos enseñaban cosas tan elementales como el aseo personal, la actitud en clase, el comedor o en cualquier otro lugar. Hoy me avergüenza observar el lenguaje soez que muchos hombres utilizan con sus mujeres, me produce repugnancia el olor de algunas personas, entrar en baños públicos... y nunca comprendí utilizar el mobiliario público o privado para desfogar nuestra rabia. Todos tenemos nuestro mayor o menor grado de rebeldía, pero sigo sin comprender qué tiene que ver mi cabreo con una bombilla de la calle. Puede ser un problema de la bombilla del individuo que todavía esté apagada.

Recuerdo como nuestros educadores nos inspeccionaban nuestro aseo personal; como nos aleccionaban para cuidar nuestro entorno; como nos avisaban para decirnos como debíamos comportarnos en todo lugar; como nos inculcaban que había que hablar bajo para no molestar... y ante cualquier duda, nos aclaraban que siempre había que ponerse en el lugar del otro para saber si era adecuado nuestro comportamiento o no... Cientos de pautas que hoy apenas utiliza la gente en sus relaciones con los demás. Cierto es que todavía quedan personas que ceden su asiento a un anciano o a una embarazada; pero, por lo general, se ha degradado aquella educación porque ceder el paso a las señoras, por ejemplo, dicen es una estupidez. Estupidez es confundir galantería con vulgaridad.

Lo que parece cierto es que ha desaparecido la Edad de la Pobreza Solidaria y hemos entrado en la Edad del Egoísmo Displicente. Son los tiempos del Yo... y los demás que se jodan. Y esta expresión, que aparenta también ser una vulgaridad, no es nada más que el reflejo de un pensamiento o actitud de muchos ciudadanos. Hemos llegado a un estado de autoestima y autocomplacencia que parece que sólo tenemos ombligo nosotros y nos cuesta horrores valorar lo ajeno sin poner alguna pega. Somos excesivamente autocomplacientes e incorregibles detractores de la valía de los demás.

Si, hablo de la edad del Egoísmo tan en boga y de la descalificación de los demás sin otro argumento que la altiva displicencia y la tan cacareada autoestima. Parece ser que aquella humildad, aquel respeto por las ideas ajenas, aquella consideración por los demás por encima de clasificaciones sociales, aquel respeto por ancianos, pobres, enfermos... era una cursilería que había que erradicar y, según parece también, la causa de nuestra frustración y nuestra infravaloración. Otra vez, joder, ¡cómo cambia la película!.

No, por pensar así nosotros no nos sentimos frutados, sino que nos educaron en la valoración de unos principios, por encima de consideraciones mundanas tan absurdas como clasificaciones sociales o bobadas de dinero; nos marcaron unas pautas de consideración con el trabajo propio y ajeno; nos recalcaron que hay que procurar no ser una rémora social y vivir de nuestro esfuerzo; nos inculcaron la solidaridad en toda circunstancia y lugar, lo que no implica ser banquero de vagos y maleantes; nos fomentaron la consideración con los realmente menos favorecidos; nos dijeron que hay que luchar y no desfallecer en la tarea, y caer y levantarse, y seguir adelante y, si perdemos, que también forma parte de la vida, al menos queda hecho el camino de la constancia y el esfuerzo por aquellas metas; nos dijeron cada cual ocupa el lugar que le corresponde en la vida y que se puede aprender mucho del tonto; nos hablaron de que nuestras capacidades son limitadas y que con ellas hemos de remar en las tinieblas de la vida; nos enseñaron que la felicidad existe y consiste en una pequeña cosa que es vivir acorde a nuestra conciencia; que la generosidad es el valor que más satisfacción reporta; que lo importante no es conseguir el poder, ni la consideración social, ni los logros que reportan los éxitos, sino el trabajo personal y colectivo en pro de un mundo mejor; Si, nos hablaron del pudor, no del que implica recato mojigato, sino del humilde consejero para evitar la propia vanidad; nos hicieron hincapié en el valor de la opinión ajena y en la necesidad de abrir la mente como un abanico para acoger otras filosofías; nos aleccionaron para la búsqueda de la verdad sin renunciar a nuestra cultura, pero aceptando a las demás sin perjuicios; nos educaron en el esfuerzo, la constancia, el valor del saber sin alardes ni ostentación... Nos alentaron a vivir sin comodidad, luchando siempre y a no dejarnos caer en la apatía, en la desgana o ese tan socorrido mantra de de que "es lo que hay", que no es otra cosa que la versión moderna de la indolencia, del fatalismo, de la negatividad que supone la frustración. Ese sólo es el camino de los cobardes y pusilánimes.

Si, cierto hemos perdido mil batallas, otros muchos han perdido el norte atraídos por modas pasajeras, por ilusiones tan mezquinas como el dinero, la fama, la vanidad... o se han subido a pedestales varios, al vez que absurdos, en la búsqueda de un santo Grial, que sólo existe en el ingenio de los fabuladores.

Pero los tiempos cambian... y las ideas y las modas. Por eso, mientras algunos pensamos que la solidaridad es mayor en la casa de los pobres, también podemos creer que ha crecido la avaricia. En la pobreza tiene poco sentido, en la opulencia es nefasta.

Es por ello que lo que observo en las nuevas generaciones es el culto al ego; a la competitividad, a alcanzar el número uno, a ser distante de las personas, sobre todo si es de otro estatus económico inferior; a vivir para la imagen y enfocar las relaciones sociales a la consecución de las metas; a ser fuerte e indolente con sus semejantes; a admirar a los "influencers", aunque digan auténticas barrabasadas, y, sin embargo, menospreciar el consejo sensato del abuelo; se dedican a crear castas elitistas y sentirse superiores y más listos; a vanagloriarse de sus éxitos sin pudor alguno; a mirarse el ombligo sin la valentía de reconocer los méritos ajenos; crean caminos superficiales y de cartón piedra sin saber andar siquiera por senderos donde el bache y la el charco acompañan a zarzas y maleza.

Mil veces nos avisaron del futuro poco halagüeño que nos espera, pero todavía estamos en tiempos de guerras, desequilibrios económicos frutos de nuestro egoísmo, destruyendo la Tierra, hemos fracasado en la educación de nuestras generaciones, seguimos cómodos en el artificio... por consiguiente, querido lector, no nos extrañemos que cualquier día ese caterva de iluminados que nos gobiernan lancen un petardazo y allá se vaya el quiosco.
Timiraos, Ricardo
Timiraos, Ricardo


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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