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Buscando vivienda

jueves, 24 de noviembre de 2022
El día después del gran despelote que se armó cuando se separó, Antonio localizó una pensión cerca de Charcas y Uriburu. A media cuadra de la Escuela de Salud Pública, antigua sede de la Maternidad Pardo, donde abrió por primera vez los ojos un bebé que se había empeñado en nacer veintiséis años antes. En la misma sala donde asistiría a las clases había llorado anunciando su llegada al mundo.

En la pensión lo único que tenían libre era una cama en una habitación doble muy pequeña, apenas había entre las camas un espacio del ancho de la mesita de luz compartida. El mobiliario lo completaba un pequeño armario y un estante en la pared donde su compañero de pieza, un vendedor pelado y chinchudo, había marcado la frontera. Estaba muy incómodo y el otro huésped demostraba lo mismo. Aguantó hasta que le pasaron un dato, una pieza a compartir más amplia, en la avenida Corrientes, a unas cuadras del obelisco. Pleno centro y más barata. Le gustó la ubicación, porque con solo atravesar el largo pasillo hasta la calle, se encontraba en el medio de la zona más concurrida e iluminada de la ciudad. Era lo que necesitaba porque por las tardes la soledad le pesaba mucho. Había dejado la esposa, la casa, el trabajo y los amigos. Quedó solo ante la vida. Como Tarzán en la selva, en bolas y a los gritos.

Ya la primera noche que durmió en la nueva pensión se encontró con la cruda realidad, su compañero de pieza era un músico brasileño que roncaba como una motosierra y no lo dejaba dormir. Cuando lo despertaba el ronquido, Antonio encendía la radio portátil a todo volumen logrando el cese inmediato de la emisión sonora. Entre el ronquido y la radio dormía pésimamente mal. Para una pieza individual, ni le alcanzaba y ni tampoco había. La única opción era una cama que habían instalado en el hall de entrada, junto a la puerta. Ahí no llegaban los ronquidos. El único pequeño inconveniente era que cuando oía pasos acercándose, si estaba con los lienzos a media asta, tenía que taparse con la frazada y recién después de saludar y cerrarse la puerta, seguir vistiéndose. Y si en algún momento sentía necesidad de liberar los malos pensamientos digestivos, era conveniente afinar el oído y asegurarse que no se aproximaba nadie, a riesgo de provocar una intoxicación en el que pasaba y no tener a nadie a quien echarle la culpa. Cuando por la noche pretendía leer en la cama, debía interrumpir a cada momento la lectura para saludar e intercambiar algún comentario meteorológico.

Con el paso de los días la situación con la dueña se fue tensando, quizás por ignorar las continuas insinuaciones de su sobrina. Era una mina de buen físico, acentuado por la ropa dos tallas menor que usaba, algo jetona y con la trucha pintarrajeada de rojo intenso (una pinta de puta que rajaba la tierra) que lo miraba provocadora y se le cruzaba cuando iba acelerado al baño en el medio de una emergencia. Felizmente supo resistir y calmar la angustia con interminables caminatas por la avenida Corrientes. Pero no perdió nunca la ilusión y la esperanza de momentos mejores.

Al poco tiempo, con la venta del coche y el cobro de mensualidades atrasadas de la beca, se compró un monoambiente mistongo en el pasaje Seaver, a metros de la avenida Libertador y poco más de un kilómetro del obelisco. Una bicoca. Tiempo después comprendería el porqué del bajo precio, ya que sería expropiado para prolongar la avenida 9 de Julio. Lo perseguía la grúa de demolición y la falta de ética de los escribanos.

Habitaría por fin en su espacio, con intimidad. El sueño sería interrumpido esta vez por el quilombo que se armaba bastante seguido en la puerta del tugurio ubicado justo enfrente de su ventana, llamado Can Can, donde actuaban travestis y se estacionaban coches de lujo con chofer... También en alguna madrugada comenzaron a despertarlo las sirenas de unos coches a toda velocidad que llevaban un tipo encapuchado en el asiento de atrás.

El bulín tenía un baño normal y una cocina que más bien era un pequeño armario. Entraba una persona delgada, pero para darse vuelta tenía que evitar el mango de la sartén. A este espacio llegó Antonio sin saber freír un huevo y salió meses después con la misma ineptitud. Una vez que tuvo una invitada, hirvió unos espaguetis que se los comieron con ketchup. Fue lo más elaborado que hizo. Tenía una heladera enorme, de las antiguas, que la podría haber usado de biblioteca. A pesar de su extrema delgadez, sobrevivió.

Andrés Montesanto. Fragmento de “Buscando a Elena”. (2021).
Montesanto, Andrés
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