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Patinazo del Rey con el castellano

jueves, 24 de noviembre de 2022
Fue el 23 de abril de 2001. En el acto de entrega del Premio Cervantes a Francisco Umbral. Aquel día me pillé un gran berrinche al oír al Rey Juan Carlos afirmar con rotundidad que "nunca fue la nuestra lengua de imposición, sino de encuentro; a nadie se obligó nunca a hablar en castellano: fueron los pueblos más diversos quienes hicieron suyos, por voluntad libérrima, el idioma de Cervantes".

Esta frase me hizo soltar un taco, en primer lugar, por no ser cierta la afirmación y, en segundo lugar, por la desfachatez o ignorancia de quien la escribió para que la leyera el Rey, pues sabido es que los discursos del monarca suelen prepararlos los ministerios de que se trate, en este caso la de Cultura, cuya titular era entonces Pilar del Castillo.

Esta afirmación podría ser discutible si se hubiera referido exclusivamente a Iberoamérica, pues en mi biblioteca particular está en lugar destacado un facsímil de la 'DOCTRINA CHRISTIANA Y CATECISMO PARA INSTRUCCIÓN DE LOS INDIOS', editado en 1584 y que recoge la doctrina del III Concilio de Lima celebrado en 1583. Pues bien, este catecismo -una verdadera joya bibliográfica- publica de forma sinóptica la doctrina cristiana en tres idiomas: Castellano, Quechua y Aymará, dando la impresión de que, aún siendo hijos de distinto padre, se comportan como buenos hermanos.

Aunque no faltan, y tienen razón, los que sostienen que la conquista y evangelización de América no se hizo solamente con el dulce diálogo del castellano con el quechua, aymará y otros idiomas de los nativos de los distintos países, sino también con la espada y con la cruz.

Y es bien sabido también que en España no siempre fue civilizado ese diálogo entre lenguas hermanas (Castellano, Gallego, Catalán y Euskera).

A raíz de este discurso real, Manuel Vázquez Montalbán llegó a decir que "habría que condenar a cadena perpetua -ya que me opongo a la pena de muerte- a quien escribió el discurso al Rey".

Y el dirigente socialista catalán Pasqual Maragall dijo: "supongo que es discutible si el castellano se impuso en América latina, pero en Cataluña sí fue impuesto, y bien que lo sabemos". En este sentido, citó una frase de un decreto de la época de Carlos III en el que, respecto a la introducción del castellano en Cataluña, ordena que se haga 'con gran esmero y sin que se note el empeño' ".

Y Javier Marías dijo, rotundo, que la afirmación hecha por el Rey "es falsa".
"Lamentablemente -subrayó- el castellano se ha impuesto por la fuerza, y no hace demasiado tiempo. Si se refería a la implantación en América a partir del Siglo de Oro hubiera tenido que especificarlo. Pero yo, que viví en Barcelona entre 1974 y 1977, recuerdo cómo las fuerzas represivas cuando escuchaban a alguien hablar en catalán le decían eso de 'habla en cristiano' ".

(Tanto las declaraciones de Javier Marías como las de Vázquez Montalbán y Pasqual Maragall aparecen recogidas, junto a las de otras personalidades del mundo político y de la cultura en un artículo publicado por el diario EL PAÍS el 25 de abril de 2001).

Pero, como gallego de raíces y de querencia, mi berrinche fue subiendo de tono en la medida que iban pasando los días e iba viendo cómo medios de comunicación de ámbito estatal sólo publicaban reacciones relativas al maltrato dado al euskera y al catalán, pero no publicaban un sola línea referida a la suerte del gallego. Una vez más, se olvidaban de Galicia y de su bello idioma.

Por ello, envié escritos a la sección de 'Cartas al Director' de varios periódicos de ámbito estatal quejándome de este olvido del gallego, pero, para mi disgusto, ninguno de ellos publicó nada.

Y, antes que nada, debo hacer constar mi gran respeto y profundo aprecio, incluso cariño, por el castellano, idioma en el que me desenvuelvo muy a gusto y con el que me entiendo con otros seiscientos millones de seres humanos. Y también, debo decirlo, con el que me he ganado el sustento.

Pero también debo hacer constar que el aprecio y el cariño por el castellano no debe conllevar el desprecio y la persecución de otras lenguas, en este caso, el gallego.

"El genio de Castilla ha creado obras inmortales, pero la inhibición o impotencia del genio gallego y catalán no acrecienta los méritos de la región dominante", afirmó el ilustre gallego Alfonso R. Castelao en una conferencia que pronunció en La Habana en enero de 1939, bajo el título "Galicia y Valle-Inclán".

En esta conferencia -editada en Lugo en 1971 por 'Ediciones Celta', con un prólogo y tres apéndices de Xesús Alonso Montero- Castelao recordaba cómo el gallego "llegó a ser la lengua lírica por excelencia en la Corte de Castilla", puesto que "en gallego escribió Alfonso X, Alfonso XI y otros ingenios castellanos".

Al preguntarse qué había sucedido para que el idioma gallego dejara de escribirse, Castelao respondió que "los Reyes Católicos ordenaron 'la doma y castración de Galicia' (éstas son palabras del cronista Zurita) para castigar la rebeldía de los Señores gallegos, partidarios de la Beltraneja".

Y Castelao subrayó que esta política centralizadora "imponiendo el castellano", logró que durante tres siglos no se produjera en Galicia ninguna obra literaria. "Galicia -como Cataluña- quedó muda, pero tampoco habló la lengua de Castilla (…) y el fracaso de la violencia uniformadora representa una merma considerable en la vida espiritual de España".

"Galicia -que hablara y cantara mejor que nadie- se calló de tal modo que todos llegaron a creer que era muda de nacimiento. Así, Lope de Vega no ha tenido reparos en decir: 'Galicia nunca fértil en poetas, pero sí en grandes capitanes' ".

Y explica que "un pueblo sometido a la lucha de dos idiomas termina por no saber expresar lo que siente. Cuando a un pueblo que canta y habla en una lengua creada por su propio genio se le impone la obligación de adoptar un idioma extraño a su personalidad afectiva, se produce un derrumbamiento del lenguaje, que comienza por la inhibición y termina por la impotencia".

Tras señalar que el verdadero pueblo gallego, el que vivía trabajando apegado a la tierra, no sufrió los trastornos bilingües, porque no dejó de hablar su lengua, dijo que "las víctimas del bilingüismo, los que callaron y enmudecieron para el arte, han sido las capas altas de la sociedad, porque no estimaban las palabras vivas de su hablar y admiraban las palabras muertas de su escribir".

Para Castelao, "el silencio literario de Galicia -como el de Cataluña- no es el resultado de una resistencia pasiva, sino de un efecto natural del bilingüismo, por hablar en una lengua que no se escribía y escribir en una lengua que no se hablaba".

Tras estas bellas y esclarecedoras palabras de este ilustre gallego universal, como lo ha sido Castelao, sólo me resta lamentar, una vez más, que el Rey Juan Carlos haya tenido que leer, en la entrega del Premio Cervantes 2001, ese infausto y desafortunado texto porque, si bien me he sumergido con gran placer en el idioma de Cervantes, yo mismo, adolescente en 1959, fui castigado por hablar gallego en el centro religioso en el que estudiaba.

Y es evidente que amar la lengua de Cervantes no significa que haya que sancionar y perseguir a quien quiera hablar y amar también el idioma del rey sabio Alfonso X, el de Rosalía, Curros, Pondal y Castelao. Ambos idiomas son hermanos y deben convivir complementándose y enriqueciéndose, nunca asesinándose como hizo Caín con su hermano Abel.

Sin duda alguna, fue un error de lamentables consecuencias la lucha fratricida del castellano contra el gallego, pues ambas lenguas son hermanas, hijas del mismo padre: el Latín.

Pero, afortunadamente, y aunque resulte un tanto paradójico, he de confesar que me alegro muy sinceramente de que ciertos personajes que, a mediados del siglo pasado, despreciaban y perseguían el gallego, desde mediados de los años ochenta se hayan ido subiendo al carro y trabajaran o sigan trabajando en la normalización lingüística de esta fermosa lingua, na que miña nai -dende o berce- me ensinou a falar, a rezar e a querer.
Silva, Manuel
Silva, Manuel


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