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La costa azul (1971)

jueves, 04 de agosto de 2022
Se acercaba Semana Santa y una compañera argentina, becada por la Secretaría de Salud de Salta, llegó muy emocionada con un folleto de un viaje a Italia, de una semana de duración y en micro. Le picó la envidia a nuestro personaje, siempre atento a las noticias de posibles viajes ya que su espíritu aventurero lo desbordaba. Consiguió unos folletos en las embajadas de Francia e Italia, unos mapas, y el viernes anterior a esa semana, bien temprano, arrancó la yunta para Zaragoza.

De ahí a Seu de Urgel y Andorra. La aventura se internacionalizaba. Antonio lo único que conocía de este pequeño país eran las coloridas estampillas para coleccionistas que veía en las vidrieras de ciertos negocios del centro de Buenos Aires. Invento que también aprovechaban Mónaco, San Marino, y otros miniestados para rascar unas divisas.

Entrando en Andorra comenzó a nevar. Los levantó un francés en un Peugeot 404 azul con patente de Andorra, y el becario se quedó hipnotizado mirando el limpiaparabrisas barrer los copos de nieve que se estrellaban contra el vidrio. Lo había visto sólo en las películas. En la mitad de la ciudad el frachute tuvo que parar a poner las cadenas porque la nieve acumulada era mucha y el coche derrapaba, y ahí apareció el argentino como ayudante inexperto. El problema era que el pasajero no tenía cadenas en los pies, porque usaba unos mocasines que resbalaban un montón y le dejaban las pezuñas heladas. El único abrigo, la campera finita, era insuficiente para el clima de esa zona. Puestas las cadenas en las ruedas traseras del Peugeot pudieron descender la impresionante cuesta del lado francés, y llegar a Carcasone, donde encontraron una pensión barata y limpia.

En la mañana un café con leche calentito, al mediodía un sándwichque preparaban en la pieza la noche anterior, y en la cena repetían el menú del mediodía. Tenían un presupuesto que hoy las Naciones Unidas lo calificaría de "extrema pobreza", unos cinco dólares diarios. Si comían un plato caliente, no alcanzaba para el hotel. Si pagaban el hotel, no comían. Bueno... se tendrían que saltar algo.

Hacer dedo en Francia les resultó más fácil que en España, el guía y responsable del tour dejó de hacer señas a los camiones y solo activaba el dedo cuando veía un coche, que seguramente paraba. Al poco de recorrer la autopista, no muy lejos de Carcasone, no terminaron de bajar de un Renault 12 cuando paró un coche. A veces ni siquiera hacían la señal, al ver a una joven pareja al costado de la ruta algunos se paraban sin pedírselo. El autazo que se detuvo delante de los turistas argentinos era un Citroen conocido como "sapo" por el perfil, el más lujoso y el utilizado por el presidente De Gaulle para sus desplazamientos.Tenía patente de Paris. Manejaba una mina joven, una rubia buenísima. Preguntó el flaco si iba hasta Montpellier,en su recién estrenado francés. La rubia le hizo un gesto con la cabeza y en el mismo idioma los invitó a subir. Antonio se acomodó a su lado, pispeando de reojo un par de gambas de película enfundadas en unos pantalones recontraajustados. De tetas, lo justo, como le gustaban. Se dejaban imaginar debajo del pullóver también ajustado. La mina no abrió la boca en todo el viaje. El copiloto le hizo algunas preguntas que fueron contestadas con desgano y monosílabos, así que se dispuso a disfrutar del viaje. Como no hablaba, no tenía que traducir a sujermu que dormitaba en el asiento de atrás.

El coche era un sueño, y la rubia le metía pata, lo llevaba almango. Pasaban a los demás coches como alambre caído. En un momento entró a una estación de servicio, y les dijo algo como que iba a descansar unos minutos y se tenían que bajar. La francesa se fue al bar (el porteño aprovechó para disfrutar del espectáculo: unas piernas largas que convergían en un espectacular culo, un ballet el andar). Cuando volvió del bar hizo un gesto con la cabeza, semioculta por unos anteojos grandes como palanganas, y subieron los tres al coche. Otra vez el paisaje desde una butaca anatómica, que entonces solo tenían los coches de lujo.

Como ella seguía para Lyon, los dejó en la salida de la autopista de Niza. Antonio calculó que Juana de Arco desayunó en su casa de París y salió a dar una vuelta en coche para relajarse, se distrajo y apareció en la Costa Azul. Y ahora volvía a cenar a su casa, después de chiquicientoskilómetros de autopista recorriendo toda Francia. Caprichos de ricos aburridos.

Pasaron por Cannes, Niza, Mónaco. Cuando oscurecía, trataban de quedarse en algún pueblo donde siempre encontraban untelo barato. En las ciudades grandes estaban surgiendo los albergues, nenas por un lado y nenes por otro, pero Lidia, esposa ante Dios y las leyes, no quería dormir separada de su dorima. Quizás por miedo que al levantarse comprobara que el pájaro había volado. Algo de razón tenía la chica.

Andrés Montesanto. Fragmento de "Buscando a Elena" (2021)
www.andresmontesanto.es/literatura
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