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Operación: Cuñada (10)

martes, 21 de junio de 2022
-¡Tú eres parvo, o te haces! En Riós huyen de los sargentos, para cuanto más de los oficiales!
-¡No te creo, por brutos que sean!
-Entonces pregúntale a nuestro cuñado, de cuando fue por primera vez... ¡Si aparezco con un teniente, me echan los vecinos, a cantazos, pues van temer que denuncies sus alijos!
Aquello le hizo gracia al teniente, y se permitió una risotada estrepitosa:
-¿Tan brutos son? ¡A cantazos contra nosotros ni los moros andan, y eso que también se dedican al contrabando con la Zona francesa! ¿Sabes cómo operan con el aceite?
-¿Tan burra me haces? Lo sé, desde el primer día, que nada más llegar a Sidi Ifni le pregunté a mi hermana qué se podía hacer en el Territorio, además de ponerles la red a los mozos. Esos bidones de doscientos quilos los llevan en camiones hasta las cotas más altas, y desde allí los empujan, a rondón, que así, por inercia, traspasan eses surcos que suele haber en la línea fronteriza. Yo no lo hice, que me corría más prisa mostrarme en el Club, en la Casa de España. El contrabando, mi amor, es una cosecha como otra cualquiera, que remedia muchas necesidades; ¡el pecado lo tienen esos gerifaltes que pintan la raya!
Aquí calló, que la lengua es fácil de frenar, pero, ¿el pensamiento...? ¿Quién frena el pensamiento de una persona que se siente insultada, agraviada?
No le voy hacer caso, que menuda vergüenza es llevarle a nuestra aldea, y que vea nuestra pobreza... Para eso nos estamos en la villa, en el mismísimo Verín, de fonda, a todo gas, que de paso se fastidian aquellas señoritingas, aquellas que me hacían de menos en el Instituto; ¡y mientras, ellas, a mear! ¡Por sí mismas, que se van a mear, de envidia! Buen mozo, si señor; alto, fuerte, con el pelo rizo..., ¡y con dos estrellas!
Orlando, con poco mando en aquella plaza, en la matrimonial, sometido, subordinado, a su Sargenta:
-Ruliña, paremos, que me entra el sueño. Para complacerte, no sólo iremos a tu Verín, sino, y también, a la mismísima Fisterra, que desde Coruña..., un paso!
...
¡Ahí lo tenéis! Se tiene por señorito pero ronca como un puerco, nada más pegar los ojos, que ni terminara de hablar conmigo...
-.-

El tercer día de su estancia en Canarias difirió poco de los anteriores: al mozo le costaba adaptarse a la convivencia cotidiana con aquella mujer elegida al socaire de una pasión carnal; amada, deseada, más bien del ombligo para abajo. Ella, por su parte, cumpliera todos los ritos de una "Operación cuñada", tan típica en aquel aislamiento territorial de Ifni, para llevar el agua a su molino, para ligar, indefectible, sacramentalmente, por elevación, a uno de aquellos eremitas castrenses, desconectados por largas temporadas, social y físicamente, de su mundo de procedencia.
Bajaron juntos para tomar el almuerzo en la cafetería, que eso ya fue un paso adelante, ¡un paso al frente! Ocasión que aprovechó Orlando para conectar con Iberia, para solicitar billete, que no pudo ser directo sino a través de Barajas. Se lo dieron para el día siguiente:
-Felisiña, hoy, de tiendas; las mantelerías para tu mamá, y todo eso..., ¡que mañana toca madrugar, rumbo a Compostela, a la Gloria, o por lo menos, a su Pórtico!
-Hombre, eso tiene su aquel, a ver si en la gloria nos entendemos algo mejor, que aquí en Las Palmas hubo de todo! ¿Oyes, y no hay avión para esa Fisterra, para ese Finisterre, que así veníamos de allá para acá?
El sofoco de risa estridente que le entró a Orlando ocasionó que todo el salón girase en dirección a ellos mismos:
-¡Ya estamos con parvadas...! Mujer, está visto que los únicos cabos que conoces son los del cuartel... En un cabo, en una punta de tierra que avanza sobre el mar, que eso es Finisterre, ¿cómo puedes imaginarte que exista un aeropuerto?
-¿Y luego, no lo tenemos en Sidi Ifni, tan estrecho que el propio Sogorb, el Jefe de nuestro Campo, dice que más que un aeropuerto lo que tenemos es un portaaviones?
-Dejemos eso, que no tienes remedio.
-Mira, el mejor remedio es que me lleves a Verín, que es una villa macanuda, y allí nadie se ríe de una contrabandista, por torpe que sea. Y luego que también quiero ir a Chaves, para enseñártela, que es de lo más guapo de Portugal... Queda cerca, que por las Feces de Abajo se llega en un plis-plas. Para mi va tener la gracia de que será la primera vez que pase por la frontera, ¡de señorita, sin contrabando!
Se volvió a reír, de ella y de sus dichos, pero esta vez, de escarmentado, con más discreción:
-Eso es algo más difícil pues, por si no lo sabes, te lo voy a decir: los militares no podemos salir al extranjero sin un permiso especial, pero, ya que te empeñas en eso, lo pediré en Coruña, en Capitanía... A propósito, ¿qué más ordenas, capitana?
¡Chaves es lo que necesitas tú, pero en la boca! Ayer, huyendo de los carabineros, y mañana, dándote de tenienta en ese paso de las Feces... Tenía yo poco con el mandón de mi compañía, con el capitán Valerio, a quien Dios confunda, y ahora fleté una capitana de armas tomar. ¡Dios me ampare! Lo que no puedo es dejar la guerrera en casa, que esta tipa es capaz de ponérsela a los hombros, y con la misma, le ordenará al asistente que le lave las bragas, cosa que, por otra parte, parece ser bastante usual entre las mujeres de mis compañeros...
-¿Capitana, yo? Orlandiño, mi amor, sin chuflas, que yo confío en tus palabras, así que no me recortes aquellas promesas de Ifni, de hacerme una señora..., de complacerme..., de enseñarme la mitad del mundo... ¡Claro que eso fue en lo oscuro..., exactamente por detrás de la huerta de los Tiradores... ¿Es que ya no recuerdas que me prometiste una luna de miel..., en la mismísima luna? Entonces, lo de que me lleves a Chaves, no me parece que sea mucho pedir!
-¡Mujer, aquello de la luna fue cierto..., pero yo me refería a la parroquia de San Martiño de Lúa, que cae cerca de mi pazo de la Olga... En esa "lúa" también tenemos propiedades, y caseros, que son fincas de mi madre..., ahora tu suegra! ¿Verdad que lo sabías, que te lo explicara? Te lo estoy cumpliendo todo, todo y de todo, ¿o no es cierto que me acuesto contigo todos los días, sean o no noches de luna, de luna clara?
-¡Eres un trapisondas, un cuentista! No viene día a este mundo que no me hables de tu dichoso pazo, y de tus caseros...; ¡no sé cuántos! Después resulta que no me quieres enseñar nada de eso..., ¡ni por foto!
Eso, todo eso del pazo, me tiene mosca, que ni siquiera por foto, con lo que le gusta retratar...! ¿No se referirá, de coña, al Pazo de Meirás, al de Franco, que ese sí que es de todos los gallegos, que me dijo mi cuñado que ni de los Francos es..., que lo compraron, y se lo donaron, los nuestros..., obligando a los gallegos a pagarlo, que se lo descontaron del sobre de los sueldos...? ¡Y como este tipo es un cachondo mental...!
-Mujer, debes decir, del nuestro. ¡¡Del nuestro!! A ver, Felisona, que lo de Felisiña te cae ancho; di conmigo: ¡O-noso-pazo-da-Olga! Santiña, mi reina de la ingenuidad, un pazo, con su circundo, capilla, pombal, ciprés..., ¡no cabe en ninguna foto, salvo que sea aérea! Pero te voy a complacer, que esa foto te la hago yo, aquí mismo, con cuatro pinceladas, y después de eso, pero otro día, te retrato nuestros escudos, las piedras de armas, ¡en granito!, cosa un tanto compleja sin tener mayores estudios porque..., ¡porque tenemos una heráldica intricada, síntesis de una genealogía amplia y muy ilustre, que en mi familia nunca se dio la endogamia, como ocurrió en otras, que así degeneraron...! A ver, rapazuela, cierra esos tus ojos, y no precisamente misericordiosos, que vas a ver mis estrellas, las otras, las de mi progenie:
La Olga, el señorío de la Olga, que no viene precisamente de holgar, ni de holganzas, sino de su abundancia de olgas, o oucas, que es una especie de algas, pero de río, propio de zonas pantanosas, llanas y de mucho regadío, también es conocida como a Casa de Abaixo, de Abajo, y se sitúa en la bisbarra o comarca de los caranicum, que era, nada más y nada menos, que una tribu precéltica, a la que no consiguieron domeñar los romanos... De sus druidas, de sus jefes-santones derivan mis antepasados...; ¡algo así como lo que ocurre allá en el Territorio con el Sidi, con el Santo o Santón Ifni! Pero esto queda para otro día, que no quiero abrumarte. En la misma parroquia existe la Casa de Riba, o de Arriba, que nunca fue competidora de la nuestra, que eran parientes... La de Arriba la fundó, la hizo construir, un curmán, es decir, un primo, de cierto antepasado mío, que vino riquísimo de las guerras de Flandes..., ¡que a saber cuántos pazos, o palacios, asaltó por allá adelante para quitarles sus tesoros! Eso se llamaba botín de guerra..., y era una forma de pagarles a los capitanes, en especie!
Pero Felisa tenía otras filosofías:
-¡Eso, cando es con armas, se llama atraco, so listillo!
Orlando no quiso oírla, y siguió relatando aquellas grandezas familiares:
-Nuestro pariente fue capitán a las órdenes directas del propio duque de Alba, pero de lo que no me acuerdo, a tal momento, sin mirarlo en los papeles, es si los de Alba ya eran entonces, o aún no, Señores de tu Monterrey...
Me tiene dicho mi abuelo que los cabellos de todos los Neiras, de los que él tenía recuerdo, eran completamente rubios porque su tátara era holandesa, ¡precisamente una bastarda del propio Rey de España!
¿Entiendes mi prosapia? ¿Que si? En ese caso entenderás por qué un hidalgo es un ser distinto; ¡otra clase de gente! Para más detalles de nuestra grandeza: En medio de los prados tenemos la casona, el pazo; y un poco más arriba, al otro lado del Camino Real, están las labranzas, las leiras y las carballeiras; seguidamente, vienen las casas de los caseros... Lo único que nos cae algo lejos son las aceñas, los molinos, que los tenemos en una fervenza o catarata del río, en el lugar llamado Carballamarela, porque allí los carballos, los robles, son de una especie que se distingue por el fuerte colorido otoñal de sus hojas, ¡pero al molino llevan la carga en bestias, o en carros del país!
Tanto en la Olga como en sus alrededores, el que no era casero nuestro, lo era de la Casa de Arriba. Tan sólo se libraban algunos vecinos, de los más apartados, tal que los de Cubeiro, que esos eran antiguos foreros, o sea, aforados, del convento de los dominicos de San Cibrao, que se redimieron cuando la Ley de Mendizábal...
Para Felisa aquello abultaba demasiado, así que le insistió en lo de los caseros para ver si lo desinflaba, si lo cogía en un renuncio:
-¿Cantos caseros..., cuantos dices? ¿Y todos ellos a la parte, o en renta sabida, prefijada?
-Mujer preguntona, que ya te dije que te asemejas al capitán Valerio... Eso nunca lo supe, que para esas minucias están los mayordomos! Desde que murió mi padre, víctima de un atraco de aquellos de los huidos, después de la Guerra de España..., que yo era un crío, mi madre contrató un administrador, un Bachiller, que es el que se ocupa de esos detalles. Lo que te puedo decir, que eso lo sé de cierto de tanto oírselo a mi madre, es que, triangulando cara a Lugo, desde Pol a Castroverde, tan sólo nos ganaba en pradería el pazo de los Osorio, que ahora llevan por delante el apellido Rancaño, por el valle del río Azúmara, arriba, junto a sus fuentes.
Esta propiedad, la que acabo de mencionarte, fue a menos, ¡y gracias que apareció por allí un hermano, uno que se hizo multimillonario en dólares, allá en Cuba!
-¿Cómo? Siendo Cuba una isla, como dicen que es, ¿qué clase de contrabando podía hacer para medrar tantísimo?
-Su contrabando fue de salón: mulatas, mulatas de postre, para los gringos, incluidas en la cuenta do hotel... ¡Muchos, muchos hoteles, no sé cuántos, mayormente en el Vedado!
Felisa se llevó las manos a la cabeza ante aquella revelación:
-¡Santo Dios! ¿Sabes que te digo? ¡Pues, que, por lo que me llevas explicado de los pazos, esa gente, por no llamarle gentuza, en mi carro a Misa no van! ¡Y luego que digan de los contrabandistas...!
-.-

De hechas las compras, bordados para doña Marisa y ropa para ellos mismos, apropiada a la estación invernal norteña, que la hicieron enviar al Hotel Madrid, la feliz/infeliz pareja gozó de una excelente mariscada en el Puerto de la Luz, donde Felisa, de paso que degustaba con cierto recelo aquellas novedades, aprendió a pronunciar, como los señoritos, caviar, chatka ruso, angulas..., ¡y cuatro cosas más!
-¡Carajo con la fiesta! ¿Así que esto es un yantar de hidalgos? Con lo que ya sabía, y con lo presente, empiezo a dudar si iréis al Cielo..., ¡y menos mal que a mí sólo me toca de nesgo, de consorte! Oyes, esos que dijiste que tienen tantos lameiros, tantos prados..., ¿también viven así, de esta manera? Entonces, ni se te ocurra llevarme a comer con ellos, que ni sabría coger los garfios...
Orlando, en esta ocasión, non se rio de su mujer, que más bien le dio pena.
-Tranquila, mi niña, que antes de eso precisas cuarenta lecciones... ¡Qué digo lecciones, un curso, entero! De momento te iré familiarizando con ciertos datos para..., ¡para que no huyas de ellos, cuando te los presente!
Ahora volveré a los Rancaño. Su pazo también es conocido como la Casa Grande de Sarceda; o también, la de las Fuentes del Azúmara. Este río, el Azúmara, es un afluente del Miño, ¿sabes? De la Olga a Sarceda, por travesío..., ¡no llega a dos leguas, diez o doce kilómetros! Esa propiedad vino a menos por las francachelas del morgado, un tal don Darío, el hermano mayor del Cubano..., ¡pero eso es otro tema!
Mas, para que no me sigas teniendo por soberbio, te he de confesar que esos Rancaño aún nos ganan en blasones, pues ellos proceden, o estuvieron emparentados, con ciertos Reyes de Castilla, con los que procedían de la Casa de Trastámara..., que les venía ese nombre por tener sus tierras, sus dominios, para allá del Támara, que ahora viene en los libros como Tambre, río Tambre... ¿Entiendes algo de esto..., o estoy hablando para las palmeras?
-¡Maldito cosa! Pero tú sigue, que yo también voy a Misa, y de los latines del cura sólo entiendo lo del Amén.
-¡Tienes razón, mujer, por esta vez la tienes, que para la Historia, y de la Historia, sólo vivimos los militares!
Felisa tenía la sed de un beduino con respecto al abolengo de su chico, aquel teniente de tan rotundos hablares, ¡aquel de los apellidos intrincados!, así que siguió exprimiendo, inquiriendo:
-¿Quién, quién es, o quién era, ese tal don Darío, ese de las francachelas?
-Pues...; ¡ni sé cómo decírtelo! ¿Leíste el Quijote?
No, no lo leyera, pero algo oyera al respecto:
-¡Claro que sí! ¿Ese señor no era el protagonista de una película en la que la chica de la taberna se enamora de un boxeador, uno que saltaba en la manta, un tal Sancho, y en eso vino un tío con una espada, en un caballo flaco, de esos de los gitanos...?
En este punto Orlando sí que fue incapaz de disimular, y gracias a una servilleta, que le ayudó a taparse la boca.
-¡Estamos bien contigo...! ¡No sé si será mejor decirle a mi madre que eres muda...! ¡En fin, Dios proveerá!
-No te enfades conmigo, amor, que si no se hablar, por lo menos sabré acariciarte, y te haré feliz..., así que, sigue con esa Olga, sigue con tu rollo, pues cuanto más sepa de vosotros coido que menos meteré la pata!
-¡Te lo acepto! Pero en cuanto a nuestra Olga, de momento sólo te diré que para mí los mejores recuerdos están en las carballeiras, ya que por sus espesuras me tengo perdido, a veces, muchas, de niño..., ¡y esa emoción de encontrar los caminos, las salidas, es lo mejor de este mundo! ¡Fíjate cómo serán de grandes! Pero a fuerza de perderme, acabé conociéndolo todo, como la palma de mi mano, incluso donde tenían sus toberas los golpes, los zorros; y también los conejos...
Allí, en esas carballeiras, me entró la vocación militar, que me veía rodeado de moros, ¡cada carballo, cada roble, un moro!, y yo, con una aguijada, tal que si fuese una lanza, arremetía contra ellos, tan torpes de movimientos que ninguno fue capaz de herirme. ¡Algo así como el Cid Campeador!
Figúrate que largas son, eso, las carballeiras, que ese plantío llega hasta el lugar de Fontao, que está como a dos kilómetros por la estrada do Rioxoán. En el Fontao también hay un pazo, más bien reducido, que es otra propiedad de las de mi madre, pues los casorios de la nobleza siempre se hicieron con intención de arrimar, de acercar, de sumar propiedades...
-¡Lo que es conmigo..., te salió el tiro por la culata!
Orlando le dio un pellizco en las nalgas:
-¡Chata, estas, ahora, son tus propiedades, y aquí estoy para ponerles un marco...! ¡No hay arma sin culata, y una buena ama de cría también puede considerarse leira, una leira de trigo!
Ella se dejó querer, que si algo sabía hacer era facilitar el débito conyugal.
-Para ir rematando con el tema de esta conversación, sólo te voy a decir que mira si tendrá nombradía nuestro Pazo, el de la Olga, que en Lugo, en la capital, si preguntas por nosotros ya te dicen la carretera que debes coger, y donde tienes que apartar... Te doy palabra de llevarte en la próxima colonial, y en esa ocasión vas con el niño, con nuestro primer hijo, con el primogénito, ¡para enseñarle su heredad, su vínculo, su morgadía!
Ni sé para que entré en detalles, que esta pobretona nunca distinguirá un pazo de una choza...
-Orlandiño, nuestro bebé no tiene prisa en venir, que ya te dije que no me quedo a parir en un hospital militar, en ese de Sidi Ifni, y para venirme a las Palmas aquí no tengo confianza con nadie para que me cuiden mientras tú sigues mareando en la tropa, ¡que si "derecha", que si "izquierda"...! Este niño será mejor traerle a un mundo de cristianos, quiero decir, en Madrid, o en Coruña..., ¡cuando te destinen, que aún somos jóvenes!
Ahora sé "manera", como dicen los moros, que mi hermana me puso al corriente de eso del calendario, lo del Ogino, así que, cuando no sea, no es, o de ser, será con el profiláctico, como aquel día de los arganes..., que este tipejo siempre los llevaba en su bolsillo...; ¡pues que siga con su invento!
-Para esto del niño igual te mando a París, ¡que dicen que es la mejor de las fábricas! Es más, tenemos el caso del capitán Valerio, que estuvo en la Legión Francesa, y dice que todos los franceses son maricas... Nunca se me ocurriera pensar en eso, pero si tal es, ello explica muchas cosas, ¡entre ellas, el motivo por el que esas gabachas de la Zona rabian por nosotros, por los españoles!
-¡Calla, tarabelo de los nabos, mayormente de los de Lugo, que con eso de los niños no caben bromas, que es mucha responsabilidad de Dios traerlos al mundo.
Este bobo, o lo es, o me considera así. ¡Venga meter bromas de por medio, en todo, y yo sin saber gran cosa de cierto! Dicen que sólo los curas entienden a los hombres, pero, ¿con que cara le pregunto yo al páter de Tiradores?
-¿Tarabelo, yo?
-Sí, no me caben dudas; un tarambana, un cuentista, que sueñas con una gata, que no trajiste a tú madre para nuestra boda, que te vas de la habitación y no te acuerdas de volver; y que no piensas llevarme al dichoso pazo... Lo de nuestro casamiento me va pareciendo una inocentada..., ¡y menos mal que hubo testigos!
-¿Inocentada? Mujer, no digas necedades; y en eso de mi madre bien te llevo explicado que no quiere saber nada de aviones...
-¡No me líes, no me líes, que no hay madre en este mundo que no sea capaz de ponerse en peligro de muerte por un hijo! En Sidi Ifni me dijiste que le dieras la noticia algo tarde, y que engordó, y que no tenía ropa apropiada, ni le daba tiempo..., ¡y ahora me sales con el cuento del avión...! ¡Mira que antes cae un mentiroso que un cojo!
-Mujer, eso también, que me he atrevido a casarme pero no a decírselo. La verdad, toda la verdad, es que no he sido quien de escribirle..., porque se iba enfurruñar, porque ella, ella misma, ya me tenía otra chica de ojo, casi comprometida. ¡Cosas extrañas, algo así como el complejo de Edipo, que dicen que también lo tenía Franco! Son cosas propias de hidalgos, algo sutiles para una moza de la raya, para esta violadora de fronteras, una hembra acostumbrada a engañar a los carabineros, a guiñarles el ojo, como ofreciéndoles una mordida..., ¡pero más tarde! Con la señora de un pazo las trolas, los engaños, tienen más dificultad... ¡Y calla con eso, de una vez, que por favor te lo pido!
-¡Ay, luego...! En ese caso va estar enfadada conmigo; ¡de mal fario, y yo sin conocerla! ¡La hiciste buena, Orlandiño!
-¡Hice, mujer, hice! El colmo de la prestidigitación es lo que estoy haciendo contigo, que canté las cuarenta delante del páter, pero de trampa: ¡Un caballo con una sota! Bien lo decía mi madre por cualquiera de nuestros caseros: "El que lejos se va a casar, o tacha lleva, o la va buscar".
Fue la única risotada de Felisa en toda la tarde:
-Mira tú por donde en eso estamos de acuerdo, que también la mía dice: "Cases bien, cases mal, casa con gente de tu igual". Yo tendré que estirarme para dar la talla, y tú te rebajarás para que ambos cojamos en la misma cama, en el mismo hogar. ¿Vale?
-.-
Gómez Vilabella, Xosé M.
Gómez Vilabella, Xosé M.


Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad de los autores y no reflejan, necesariamente, los puntos de vista de la empresa editora


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